Los tres cerditos
Tres cerditos construyen casitas de paja, ramas y ladrillo. Solo la de ladrillo resiste al lobo, y dos hermanitos tienen que volver a construir.
- Un poco de miedo
- Un poco peligroso
Había una vez tres cerditos: el mayor, el mediano y el pequeñito. Cuando se hicieron grandes, le dijeron a su mamá:
—Mamá, ¡ya somos mayores! Vamos a construirnos una casita cada uno.
—Id, pues —sonrió su mamá—. Pero construidla bien fuerte.
El cerdito pequeñito se puso en marcha. Y, mira por dónde, se encontró con un señor que llevaba paja en su carro.
—¿Me da un poco de paja?
El señor se la dio. El cerdito, fris, fras, levantó una casita. ¡Qué fácil, qué rápido! Y se echó a descansar.
El cerdito mediano se encontró con un señor que llevaba ramas.
—¿Me da unas ramitas?
El señor se las dio. El cerdito, toc, toc, levantó una casita de ramas. Y se fue corriendo a jugar.
El cerdito mayor encontró ladrillos. ¡Y cómo pesaban! El cerdito los cargaba, los colocaba bien rectos y los pegaba con barro. Trabajó el día entero. Pero la casita le quedó... ¡guau! Con su ventanita, con una puerta de roble y hasta con chimenea.
Al caer la tarde, el lobo llegó a la casita de paja. ¡Toc, toc!
—Cerdito, cerdito, ¡déjame entrar en tu casita!
—¡No, no y no! ¡Por mi hociquito rosa, que no te abro!
—¡Pues soplaré y sopla-a-aré, y tu casita derriba-a-aré!
El lobo llenó bien los carrillos y... ¡fuuuuu! La paja salió volando por todas partes. Y el cerdito, ¡hop!, cruzó el campo corriendo hasta la casa de su hermano.
El lobo fue detrás. ¡Toc, toc!
—Cerditos, cerditos, ¡dejadme entrar en vuestra casita!
—¡No, no y no! ¡Por nuestros hociquitos rosas, que no te abrimos!
—¡Pues soplaré y sopla-a-aré, y vuestra casita derriba-a-aré!
¡Fuuuuu! ¡Fuuuuu! Crujieron las ramitas y la casita se vino abajo. Y los cerditos, pat, pat, pat, corrieron a casa del hermano mayor. ¡Pum! Y echaron el cerrojo.
El lobo fue a la casita de ladrillo. ¡Toc, toc!
—Cerditos, cerditos, ¡dejadme entrar en vuestra casita!
—¡No, no y no! ¡Por nuestros hociquitos rosas, que no te abrimos!
—¡Pues soplaré y sopla-a-aré, y vuestra casita derriba-a-aré!
El lobo sopló hasta ponerse colorado. Sopló hasta que le temblaron las orejas. Pero la casita seguía en pie. Ni siquiera tintineó la ventanita.
—¡Pues entraré por la chimenea! —gruñó el lobo, y se subió al tejado.
Ras, ras, oyeron los cerditos encima de sus cabezas.
—¡Ay! ¿Y ahora qué hacemos? —chilló el pequeñito.
El mayor, sin decir nada, colgó sobre el fuego una olla grande llena de agua. Echó un poco más de leña, y el agua empezó a hervir: ¡blub, blub, blub!
Y el lobo, ¡zas!, bajó por la chimenea y... ¡chof! ¡Derechito a la olla!
—¡Ay, ay, ay! ¡Que quema! ¡Mi cola! —aulló el lobo.
Saltó fuera de la olla y volvió a subir por la chimenea, soltando hollín por todas partes. Rodó tejado abajo y salió pitando detrás de la colina. Corría y se soplaba la cola: ¡fuuuuu! ¡Fuuuuu! Y nunca más se le volvió a ver por allí.
Por la mañana, los cerditos salieron afuera. Donde antes estaba la casita de paja, el viento jugaba con unas briznas. Donde antes estaba la casita de ramas, solo quedaba un montoncito de palitos rotos.
—¿Y ahora dónde vamos a vivir? —preguntó el pequeñito, sorbiéndose la nariz.
—Donde vosotros mismos construyáis —dijo el mayor—. Junto al río todavía quedan muchos ladrillos.
Los dos hermanitos suspiraron y se fueron, arrastrando las patitas, a por ladrillos.
¡Ay, cuánto pesaba cada ladrillo! Lo llevaban entre los dos, y les temblaban las piernas. Lo colocaban torcido, y vuelta a empezar. Lo pegaban con barro, y acababan embarrados hasta las orejas. El sol ya se estaba poniendo, y la casita nueva apenas llegaba a la altura de la ventana.
Esta vez nadie dijo: «¡Qué fácil, qué rápido!». Construyeron despacio y con mucho esfuerzo. Pero bien fuerte.





