La zorrita y el lobo confianzudo
Una zorrita astuta cambió un ternerito por un pastel vacío, pero el lobo confianzudo le rompió el trineo, se comió al ternero y lo pagó con la punta de su cola.
- Un poco triste
- Un poco peligroso
Érase una vez una zorrita que vivía en una casita pequeña al borde del bosque. Cuando llegaron las heladas, en la casita hacía tanto frío que hasta las orejitas se le helaban. Así que la zorrita corrió al pueblo a buscar lumbre.
Entró en casa de una abuelita, y allí la estufa zumbaba y toda la casa olía a pasteles de amapola recién horneados.
—Abuelita, ¿me deja calentarme un poquito?
—Caliéntate, zorrita —dijo la abuela, y se fue al pozo a por agua.
Y la zorrita, ¡zas!, agarró el pastel más doradito. Se comió las semillas de amapola y por dentro lo rellenó de basurilla. Y ¡zas!, se escurrió por la puerta.
Corre que te corre, y por el camino unos pastorcillos llevaban su rebaño.
—¡Niños, cambiadme el ternerito Tercerito por un pastel de amapola! Pero no os lo comáis ahora, sino cuando hayáis pasado el pueblo.
Los pastorcillos aceptaron. Cuando llegaron al final del pueblo, la cola rojiza de la zorrita ya había desaparecido tras la loma.
La zorrita construyó un trineo, enganchó al ternero y se puso en marcha. Y de frente apareció el lobo confianzudo:
—¡Llévame contigo, hermana zorrita!
—¿Adónde vas tú, lobo? ¡Me vas a romper el trineo!
—Solo una patita…
El lobo puso una patita. Iban andando cuando el trineo hizo ¡crac!
—¿Qué es lo que cruje, lobo?
—Estoy royendo una nuez.
—¡Hermana zorrita, deja que ponga también la otra patita!
—¡Pero si lo vas a romper!
—Solo una patita…
Puso la segunda, ¡crac! La tercera, ¡crac! «Estoy royendo una nuez», decía el lobo. Y de pronto se subió entero, ¡crac-cras!, y el trineo se deshizo en astillas.
—¡Ay, lobo confianzudo! —se enfadó la zorrita—. Ahora corre al bosque a por leña y haremos un trineo nuevo. Y di allí: «¡Córtate, árbol, tanto el recto como el torcido!».
El lobo corrió al bosque, pero se hizo un lío con las palabras:
—¡Córtate, árbol, el torcido y el torcido!
Arrastró un montón de puros palos torcidos. La zorrita los miró: no servían para nada. Hizo un gesto con la patita y fue ella misma a por leña.
El lobo se quedó con el ternero. Allí sentado, relamiéndose, con las tripas rugiendo… Lo que pasó después, nadie lo vio. Solo que el lobo se comió al ternero, rellenó la piel con gorriones, la tapó con paja y se marchó al bosque.
Volvió la zorrita, hizo un trineo nuevo, se sentó y gritó:
—¡Arre, ternerito Tercerito!
El ternero estaba quieto, sin moverse. La zorrita le dio con una varita, y de él salieron, ¡frrr, frrr!, gorriones por todos lados.
—¡Ya verás, lobo! —dijo la zorrita, entornando los ojitos.
Salió al camino y se tumbó como si estuviera muerta: las patitas estiradas, los ojos cerrados. Pasaron unos carreteros llevando pescado.
—¡Mirad, una zorra! Echémosla al carro, nos servirá.
La echaron en el último carro y siguieron. Y la zorrita, muy despacito, tiró un pescado a la nieve, ¡paf! Otro, ¡paf! Luego saltó ella misma, se sentó junto al camino y se puso a saborearlos.
Llega corriendo el lobo:
—¡Hermana zorrita, dame también un poco de pescado!
—Pesca tú mismo.
—¿Y cómo?
La zorrita se acordó del ternerito Tercerito y dijo con voz dulzona:
—Corre al río, mete la cola en el agujero del hielo y ve diciendo: «¡Pica, pececito, pequeño y grande!». Ellos solos se agarrarán a tu cola.
El lobo se sentó junto al agujero, metió la cola en el agua negra y murmuró:
—¡Pica, pececito, pequeño y grande! ¡Pica, pececito, pequeño y grande!
Y la zorrita se escondió tras un montón de nieve y susurró:
—¡Hiélate, hiélate, cola de lobo! ¡Hiélate, hiélate, cola de lobo!
La noche era helada, las estrellas brillaban y la cola pesaba cada vez más.
—¡Zorrita, algo tira!
—Es que se han enganchado muchos peces. ¡Quédate un ratito más!
Y entonces la cola se quedó helada en el hielo, bien firme. Y la zorrita corrió al pueblo:
—¡Venid, gente, a pegar al lobo!
Se juntó la gente: unos con escobas, otros con horquillas, otros con atizadores. El lobo tiraba y tiraba, ¡y el hielo no lo soltaba! Pegó un tirón con todas sus fuerzas, se arrancó la cola, dejó la punta en el hielo y salió corriendo al bosque, levantando una nube de nieve.
Desde entonces el lobo confianzudo no le pide nada a la zorrita: ni que lo lleve ni un pescado. Recuerda bien con qué pagó el ternerito Tercerito ajeno. Y la zorrita sigue viviendo en su casita.





