La gallinita Riaba
La gallinita Riaba puso un huevo de oro: el abuelo y la abuela no lograron romperlo, pero el ratoncito movió la colita y todo el pueblo se entristeció.
- Un poco triste
Había una vez un abuelo y una abuela. Y tenían una gallinita llamada Riaba: gris, con motitas blancas y una cresta roja.
Un día la gallinita se sentó sobre la paja, en su rinconcito, y de pronto se puso a cacarear:
—¡Coc, coc, cocorocó! ¡Coc, coc, cocorocó! ¡He puesto un huevo!
Llegó corriendo el abuelo, llegó corriendo la abuela. Miran, y el huevo no era un huevo cualquiera, sino de oro. Brillaba tanto que había que entrecerrar los ojos.
—¡Qué maravilla! —dice el abuelo—. ¿Qué habrá dentro?
El abuelo cogió una cuchara y dio golpes: ¡toc, toc! Golpeó y golpeó, pero no lo rompió.
—Déjame a mí —dice la abuela. Cogió el rodillo y dio golpes: ¡toc, toc! Golpeó y golpeó, pero no lo rompió.
Pusieron el huevo sobre la mesa y se sentaron en el banco a descansar. Y de pronto, ¡zas!, llega corriendo un ratoncito. Cruzó la mesa corriendo, movió la colita, y el huevo rodó, cayó, ¡clin!, y se rompió.
El abuelo llora, la abuela llora, la gallinita cacarea, y el portón, ¡cric, cric!, chirría.
Llegó volando una urraca y se posó en la cerca:
—Portón, portón, ¿por qué chirrías?
—¿Cómo no vamos a chirriar? La gallinita Riaba puso un huevo de oro. El abuelo golpeó y no lo rompió, la abuela golpeó y no lo rompió. Y el ratoncito pasó corriendo, movió la colita, y el huevo cayó y se rompió. El abuelo llora, la abuela llora, la gallinita cacarea, el portón chirría.
Cuando la urraca lo oyó, esponjó las plumitas y se puso redonda como un ovillo: ¡cre-ke-ke!
Y el viejo roble, junto a la cerca, pregunta:
—Urraca, urraca, ¿por qué te has esponjado?
—¿Cómo no voy a esponjarme? La gallinita Riaba puso un huevo de oro. El abuelo golpeó y no lo rompió, la abuela golpeó y no lo rompió. Y el ratoncito pasó corriendo, movió la colita, y el huevo cayó y se rompió. El abuelo llora, la abuela llora, la gallinita cacarea, el portón chirría, y la urraca se esponja.
El roble suspiró, ¡shu-shu-u!, y tiró todas sus hojas. Ahí se queda, con solo las ramitas al aire.
Pasa un carnero y se extraña:
—Roble, roble, ¿dónde están tus hojas?
—¿Cómo no voy a tirarlas? La gallinita Riaba puso un huevo de oro. El abuelo golpeó y no lo rompió, la abuela golpeó y no lo rompió. Y el ratoncito pasó corriendo, movió la colita, y el huevo cayó y se rompió. El abuelo llora, la abuela llora, la gallinita cacarea, el portón chirría, la urraca se esponja, y el roble tira sus hojas.
El carnero agachó la cabeza y bajó los cuernos hasta la hierba: ¡be-e-e!…
Llegó al pozo a beber, y el pozo le pregunta:
—Carnerito, ¿por qué agachas la cabeza?
—¿Cómo no voy a agacharla? La gallinita Riaba puso un huevo de oro. El abuelo golpeó y no lo rompió, la abuela golpeó y no lo rompió. Y el ratoncito pasó corriendo, movió la colita, y el huevo cayó y se rompió. El abuelo llora, la abuela llora, la gallinita cacarea, el portón chirría, la urraca se esponja, el roble tira sus hojas, y el carnero agacha la cabeza.
El pozo se quedó callado: ni un chapoteo, ni un plaf. El agua quieta, muy quietecita.
Llegó una muchacha con sus cubos a por agua:
—Pocito, ¿por qué estás tan callado?
—¿Cómo no voy a callarme? La gallinita Riaba puso un huevo de oro. El abuelo golpeó y no lo rompió, la abuela golpeó y no lo rompió. Y el ratoncito pasó corriendo, movió la colita, y el huevo cayó y se rompió. El abuelo llora, la abuela llora, la gallinita cacarea, el portón chirría, la urraca se esponja, el roble tira sus hojas, el carnero agacha la cabeza, y el pozo se queda callado.
Cuando la muchacha lo oyó, ¡cataplán!, soltó los cubos en la hierba y echó a correr hacia el pueblo.
Corre y grita por toda la calle:
—¡Ay, gente, escuchad! ¡La gallinita Riaba puso un huevo de oro!
Se juntaron los vecinos, escuchan, suspiran, y alguno ya se suena la nariz. Y el ratoncito asomó la naricita por su agujero, movió los bigotes y pensó: «Vaya, vaya. Si ellos mismos golpearon y golpearon para romperlo, ¿por qué lloran ahora todos?»





