El gato que paseaba solo
La Mujer domesticó al Perro, al Caballo y a la Vaca, pero el astuto Gato pactó tres elogios para sentarse junto al fuego, y aun así sigue paseando solo.
- Un cuento tranquilo
Escucha, oh mi queridísimo, porque esto ocurrió hace muchísimo tiempo, cuando todos los animales aún eran salvajes. Salvaje era el Perro, salvaje era el Caballo, salvaje era la Vaca. Y el Hombre también era salvaje, hasta que conoció a la Mujer. Pero el más salvaje de todos era el Gato. Paseaba solo, y todos los lugares le daban igual.
La Mujer no quiso vivir a cielo abierto. Encontró una cueva seca, esparció arena fresca por el suelo y encendió una hoguera a la entrada. Tapó la entrada con la piel de un caballo salvaje, con la cola hacia abajo. Luego le dijo al Hombre:
—Límpiate los pies, cariño, cuando entres. Ahora tenemos un hogar.
Aquella tarde asaron cordero al fuego, y el olor —¡ay, qué olor!— se fue flotando hasta el Bosque Salvaje y Mojado.
El primero en olerlo fue el Perro Salvaje.
—Voy a ver qué es eso tan rico —dijo.
—Yo también voy —dijo el Gato—. Pero yo paseo solo, y todos los lugares me dan igual.
—Entonces no vamos por el mismo camino —gruñó el Perro, y se fue trotando hacia la cueva.
Y el Gato lo siguió sin hacer ruido, patita a patita, y se escondió de modo que pudiera verlo y oírlo todo.
El Perro metió el hocico bajo la piel y olfateó.
—¿Qué es lo que huele tan bien? —preguntó.
La Mujer se echó a reír, cogió un hueso asado y se lo lanzó. ¡Ñam! Y el hueso desapareció.
—¡Más! —pidió el Perro—. ¡Por favor, solo uno más!
—Te daré todos los que quieras —dijo la Mujer—. Pero de día irás de caza con el Hombre, y de noche vigilarás nuestra cueva.
—Vaya, vaya —susurró el Gato desde su escondite—. Qué listo es este Perro. Pero no tanto como yo.
Y el Perro ya estaba tumbado junto al fuego, con la cabeza sobre los pies de la Mujer.
—Tú serás nuestro Primer Amigo —dijo la Mujer.
El Gato resopló y se fue al Bosque Salvaje y Mojado con la cola muy tiesa y orgullosa. Paseaba solo.
A la noche siguiente llegó el Caballo Salvaje, porque echaba de menos al Perro. La Mujer le enseñó un brazado de hierba fresca, y el Caballo metió él mismo la cabeza en el cabestro.
—Te serviré por esta hierba tan estupenda —dijo.
—Tú serás nuestro Primer Sirviente —dijo la Mujer—. Nos llevarás adonde haga falta.
—Ay, qué tontos son —susurró el Gato desde detrás de una piedra—. Y yo paseo solo.
La tercera noche llegó la Vaca Salvaje. La Mujer le dio heno oloroso, y la Vaca prometió dar leche cada día.
—Tú serás nuestra Nodriza —dijo la Mujer.
El Gato lo vio todo. Y cuando amaneció, se acercó él solo a la cueva.
—¿Dónde está el Perro? —preguntó—. ¿Dónde está el Caballo? ¿Dónde está la Vaca?
La Mujer se rio:
—Vuelve al bosque, Gato Salvaje. Tú paseas solo, ¿no? Amigo ya tenemos, sirviente también, y nodriza, no digamos.
—No soy ni amigo ni sirviente —dijo el Gato—. Soy el Gato que pasea solo. Pero quiero entrar en vuestra cueva.
—¿Y por qué no viniste la primera noche con el Perro?
El Gato se enfadó:
—¿Seguro que el Perro ya ha dicho algo malo de mí?
—Tú paseas solo —dijo la Mujer—, y todos los lugares te dan igual. Pues pasea.
Entonces el Gato se hizo el humilde.
—Que nunca sea ni amigo ni sirviente. Pero si alguna vez me elogias, aunque sea una sola vez, ¿podré entrar en la cueva?
—Podrás —dijo la Mujer.
—¿Y si me elogias por segunda vez, podré sentarme junto al fuego?
—Podrás.
—¿Y si me elogias por tercera vez, podré beber leche? ¿Tres veces al día, por siempre jamás?
—Podrás —dijo la Mujer, y sonrió—. Porque yo nunca te elogiaré.
Y así quedaron. El Gato se fue al bosque, y la Mujer pensó que era muy astuta.
Durante mucho tiempo nadie supo nada del Gato. Solo el Murciélago, que colgaba cabeza abajo del techo de la cueva, sabía dónde se escondía. Cada tarde volaba hasta él y le contaba las novedades.
Una tarde el Murciélago dijo:
—En la cueva ha aparecido un Bebé. Es rosado, redondo y pequeño. La Mujer lo quiere muchísimo.
—Ajá —dijo el Gato, y levantó las orejas—. ¿Y qué le gusta al Bebé?
—Todo lo suave y lo que hace cosquillas —dijo el Murciélago—. Y que le canten.
—Ajá —dijo el Gato—. Entonces ha llegado mi momento.
A la mañana siguiente la Mujer estaba hilando, y el Bebé lloraba y lloraba, porque ella no tenía tiempo de jugar con él. El Gato llegó sin hacer ruido, patita a patita, y acarició la mejilla del Bebé con una pata suave. Luego le hizo cosquillas en el pie con su cola peluda. El Bebé dejó de llorar y se echó a reír.
—Ay, quienquiera que sea —dijo la Mujer, sin levantar la vista de la rueca—, ¡gracias! Yo no tenía tiempo y él me ha ayudado.
Pero en ese mismo instante, ¡fush!, cayó la piel del caballo salvaje que colgaba con la cola hacia abajo sobre la entrada. Porque la Mujer recordaba el trato, y la piel también. Cuando la Mujer levantó la cabeza, el Gato ya estaba sentado en la cueva, con la cola cómodamente recogida.
—Oh, Mujer —dijo el Gato—, soy yo. Me has elogiado. Ahora estoy sentado en la cueva. Pero sigo siendo el Gato que pasea solo, y todos los lugares me dan igual.
La Mujer se enfadó, apretó los labios y volvió a hilar en silencio.
Pero el Bebé volvió a llorar, porque el Gato se había apartado. La Mujer no lograba calmarlo de ningún modo.
—Coge un hilo —aconsejó el Gato—, átale tu huso y arrástralo por el suelo. Te enseñaré lo que pasa.
La Mujer lo hizo así. El Gato se lanzó tras el huso: lo atrapaba con las patitas, daba volteretas, lo lanzaba al aire, lo perdía y volvía a alcanzarlo. El Bebé se reía tanto que le dio hipo. Luego gateó tras el Gato, jugó y jugó y por fin se cansó. Entonces el Gato se tumbó a su lado y cantó su cancioncilla: purr, purr, purr, muy bajito. Y el Bebé se quedó dormido.
—¡Qué listo eres, Gato! —se le escapó a la Mujer.
En ese mismo instante, ¡puf!, el humo del hogar subió hecho una bola hasta el techo, porque el fuego recordaba el trato. Cuando el humo se disipó, el Gato ya estaba sentado junto al fuego, calentándose las patitas.
—Oh, Mujer —dijo el Gato—, soy yo. Me has elogiado por segunda vez. Ahora estoy sentado junto al fuego caliente. Pero sigo siendo el Gato que pasea solo.
La Mujer se enfadó todavía más. Se sentó en un rincón y se prometió que a la tercera no elogiaría al Gato por nada del mundo.
Pero en la cueva se hizo tal silencio que de su agujero salió un Ratoncito. ¡Corre, corre, corre por el suelo!
—¡Ay! —gritó la Mujer, y se subió de un salto a un taburete—. ¡Un ratón! ¡Ay, Dios mío!
—¿Es que no se te puede ayudar? —preguntó el Gato.
—¡Ayúdame, por favor, rápido!
El Gato saltó —¡hop!— y atrapó al Ratoncito.
—¡Ay, muchas gracias! —dijo la Mujer—. Ni el Primer Amigo lo habría hecho con tanta destreza.
En ese mismo instante, ¡crac!, se rajó la jarra de leche que estaba junto al fuego, porque la jarra también recordaba el trato. Y el Gato ya estaba sentado a su lado, lamiendo la leche.
—Oh, Mujer —dijo el Gato—, soy yo. Me has elogiado por tercera vez. Ahora beberé leche tres veces al día, por siempre jamás. Pero sigo siendo el Gato que pasea solo.
Entonces la Mujer se rio, le llenó un cuenco de leche hasta el borde y dijo:
—Eres listo como un Hombre, Gato. Pero recuerda: el trato lo hiciste conmigo, no con el Hombre ni con el Perro. Qué dirán ellos, no lo sé.
—¿Y a mí qué? —dijo el Gato—. Yo tengo mi sitio junto al fuego y leche tres veces al día. Que digan lo que quieran.
Por la tarde volvieron a casa el Hombre y el Perro. La Mujer se lo contó todo, y el Gato estaba sentado junto al fuego, sonriendo.
—Está bien —dijo el Hombre, y frunció el ceño—. Pero conmigo no hiciste ningún trato. Si cazas ratones, viviremos en paz. Y si no, ándate con cuidado.
—Los cazaré —dijo el Gato—. Pero sigo siendo el Gato que pasea solo.
—Conmigo tampoco hiciste ningún trato —gruñó el Perro—. Si eres cariñoso con el Bebé, bien. Y si no, ¡ya verás!
—Seré cariñoso —dijo el Gato—. Pero sigo siendo el Gato que pasea solo.
Y así no llegaron a un acuerdo del todo. El Hombre no dio su palabra. Y el Perro tampoco dio la suya.
Desde entonces, oh mi queridísimo, el Gato caza ratones y es cariñoso con los pequeños, siempre que no le tiren de la cola. Y desde entonces el Perro ladra en cuanto ve al Gato, por si acaso.
Pero cuando sale la luna y llega la noche, el Gato se levanta de su sitio calentito junto al fuego. Se va al Bosque Salvaje y Mojado, a los árboles salvajes y mojados, a los tejados salvajes y mojados, y agita su cola salvaje. Pasea solo, y todos los lugares le dan igual.
Y adónde va cada noche y por qué siempre vuelve al fuego, eso no se lo cuenta a nadie.





