El nabo gigante
El abuelo Andrushka cría un nabo grande como su cabeza, pero no puede sacarlo: llama a la abuela, a Minka, a Finka, a Varvarka y al ratoncito. ¿Quién no caerá?
- Un cuento tranquilo
Había una vez un abuelo llamado Andrushka. Tenía una casita, junto a la casita una huerta, y en la huerta ni un solo nabo.
—Así no puede ser —dijo el abuelo—. ¡Voy a plantar un nabo!
Cogió una semillita, la puso en un hoyo y la tapó con tierra. Y desde entonces, cada mañana traía agua y regaba: ¡chap, chap, crece, nabo, crece!
Y el nabo creció. Primero asomó una hojita verde. Luego dos. Luego una mata entera. Y debajo de la mata, un nabo amarillo, redondo como una pelota, grande como la cabeza del abuelo.
—¡Qué maravilla! —se rio el abuelo—. Ya es hora de hacerte unas gachas.
Agarró el nabo por el penacho y tiró. Tira que tira, pero el nabo seguía en la tierra como un tocón. Ni se movía.
—¡Marushka! —gritó el abuelo—. ¡Ven a ayudarme!
Llegó corriendo la abuela Marushka y se agarró al abuelo.
La abuela al abuelo, el abuelo al nabo: tiran y tiran, pero no pueden sacarlo.
—¡Minka, hija mía! —llama la abuela—. ¡Corre, ven con nosotros!
Llegó corriendo Minka y se agarró a la abuela.
Minka a la abuela, la abuela al abuelo, el abuelo al nabo: tiran y tiran, pero no pueden sacarlo.
—¡Finka! —llama Minka—. ¡Finka, ven aquí!
Llegó corriendo la perrita Finka, moviendo la cola, y se agarró con los dientes a la faldita de Minka.
Finka a Minka, Minka a la abuela, la abuela al abuelo, el abuelo al nabo: tiran y tiran, pero no pueden sacarlo.
—¡Guau! —llama Finka—. ¡Gata Varvarka, guau, guau!
Salió de la casa la gata Varvarka, se estiró y bostezó. Y se agarró a Finka con las patitas y con los dientecitos.
Varvarka a Finka, Finka a Minka, Minka a la abuela, la abuela al abuelo, el abuelo al nabo: tiran y tiran, pero no pueden sacarlo.
—Miau —dice Varvarka—. ¿Quién queda todavía?
Y junto a la pared, al lado mismo de su agujero, estaba la ratoncita Siromanka. Allí estaba, moviendo el bigote: siempre se sienta junto a su agujero, por si acaso.
—Ratoncita —ronroneó la gata—, ven tú también, no tengas miedo. Hoy no cazo, hoy tiro de un nabo.
La ratoncita lo pensó y lo pensó, y por fin salió. Trotecito, trotecito, con sus patitas diminutas. Se agarró a la cola de Varvarka.
—¡Vamos, todos juntos! —gritó el abuelo.
La ratoncita a la gata, la gata a Finka, Finka a Minka, Minka a la abuela, la abuela al abuelo, el abuelo al nabo: tiran y tiran...
¡Crac! ¡Cras! ¡Chof!
¡Saltó el nabo de la tierra como un corcho de una botella!
Y entonces, ¡cataplum! El nabo cayó sobre el abuelo. El abuelo, sobre la abuela. La abuela, sobre Minka. Minka, sobre Finka. Finka, sobre Varvarka. Todos quedaron en un montón, con las patas al aire, riéndose.
¿Y la ratoncita?
¡La ratoncita se metió a toda prisa en su agujero! Solo se vio el rabito.
Asomó de nuevo, miró aquel montón con el nabo encima y chilló:
—¡Vaya! Soy la más pequeña y la única que no se ha caído.





