El niño que gritaba «¡Lobo!»
Un pastorcillo llama dos veces al pueblo para salvar a sus ovejas del lobo solo por broma, y cuando el lobo llega de verdad, ya nadie le cree.
- Un poco de miedo
- Triste
- Un poco peligroso
Había una vez, en un pueblo al pie de una montaña, un pastorcillo. Cada mañana llevaba al prado a sus ovejitas: blancas, rizadas y con campanillas al cuello.
Las ovejitas mordisqueaban la hierba: ñam, ñam. Las campanillas tintineaban: tilín, tilín. Y el niño se aburría muchísimo, pero muchísimo.
—¡Ojalá pasara algo! —suspiró.
Y entonces se le ocurrió una broma. Se subió a una piedra grande y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Lobo! ¡Lobo! ¡Socorro!
En el pueblo, todos dejaron lo que estaban haciendo. El herrero, su martillo; la abuela Hanna, su rastrillo; el tío Ostap, su cubo de agua. Agarraron unos palos y corrieron al prado hasta quedarse sin aliento.
—¿Dónde está el lobo? —preguntaron.
Pero el niño se revolcaba por la hierba, muerto de risa:
—¡No hay ningún lobo! ¡Era una broma!
La gente negó con la cabeza y se volvió por donde había venido.
—Vaya bromitas —gruñó el tío Ostap.
Pasaron unos días. El niño volvió a aburrirse. Otra vez se subió a la piedra:
—¡Lobo! ¡Lobo! ¡Socorro!
Y otra vez la gente llegó corriendo. La abuela Hanna hasta perdió el pañuelo por el camino.
—¿Dónde está el lobo?
—¡No hay! —se ríe el niño—. ¡Era otra broma!
Esta vez nadie sonrió. La abuela recogió su pañuelo, se lo anudó y dijo en voz baja:
—Ay, ten cuidado, muchacho. Algún día llamarás y no vendrá nadie.
El niño solo se encogió de hombros.
Pero al atardecer, cuando el sol se escondía tras la montaña, algo crujió entre los arbustos. Cris, cras. El niño se dio la vuelta… y se quedó helado. Entre los arbustos asomaban dos orejas grises. Luego, dos ojos amarillos. Luego, una larga cola gris.
Era un lobo. Un lobo de verdad.
Las ovejitas balaron —¡beeee!— y salieron corriendo en todas direcciones.
El niño se subió de un salto a la piedra y gritó como nunca antes había gritado:
—¡Lobo! ¡Lobo! ¡Socorro! ¡Esta vez es verdad!
En el pueblo lo oyeron. El herrero levantó la cabeza del yunque. La abuela Hanna se asomó por encima de la cerca. El tío Ostap dejó el cubo en el suelo.
—Otra broma —dijo el herrero con un gesto de la mano.
—Que grite lo que quiera —añadió el tío Ostap.
Y nadie fue.
—¡Lobo! —gritaba el niño—. ¡Por favor! ¡Lobo!
Mientras tanto, el lobo corría por todo el prado. Las ovejitas huían cada una por su lado: una al barranco, otra al bosque, otra hasta el otro lado del río. Y el lobo las iba empujando cada vez más lejos, hacia el bosque oscuro. Las campanillas sonaban más bajito, todavía más bajito… y se callaron.
Cuando oscureció, el niño llegó corriendo al pueblo, llorando a lágrima viva.
—¿Por qué no vino nadie? ¡Había un lobo! ¡Uno de verdad!
La gente salió de sus casas con faroles. Buscaron a las ovejitas hasta muy entrada la noche: en el barranco, en el bosque y al otro lado del río. Pero solo encontraron una campanilla entre la hierba. Las ovejitas no volvieron nunca.
La abuela Hanna le acarició la cabeza al niño.
—Te creímos —le dijo—. Te creímos dos veces. Pero la tercera ya no pudimos.
El niño apretó en la mano la campanilla fría. Ya no tenía ganas de gritar. Ahora necesitaba que la gente volviera a creerle. Y eso es mucho más difícil que gritar «¡Lobo!».





