Kolobok, el panecillo fugitivo
El sonrosado Kolobok se escapa del abuelo y la abuela, del Conejito, el Lobo y el Oso, pero la astuta Zorrita lo atrapa con dulces halagos.
- Un poco de miedo
- Triste
- Peligroso
Érase una vez un abuelo y una abuela. Una mañana, el abuelo dijo:
—Abuela, ¿por qué no me haces un kolobok, un panecillo redondito?
—¿Y con qué? No hay harina —suspiró la abuela.
—Barre la despensa, rasca el fondo del arcón y ya verás cómo juntas un poco.
La abuela barrió la despensa con la escoba, rascó el arcón… y juntó dos puñados de harina. Amasó la masa con nata, hizo un kolobok redondito y lo horneó en el horno de leña. Salió amarillo y sonrosado como un solecito. La abuela lo puso en la ventana para que se enfriara.
Kolobok está ahí tumbado, tumbado, y piensa:
—¿Por qué voy a quedarme aquí enfriándome? ¡Con lo grande que es el mundo!
¡Hop!, de la ventana al porche, del porche a la hierba… y echó a rodar por el sendero. Rueda que rueda, y le sale al encuentro el Conejito.
—Kolobok, Kolobok, ¡te voy a comer!
—No me comas, Conejito, ¡mejor escucha qué canción me sé! —Y cantó:
«¡Soy Kolobok, redondo y dorado! La abuela me amasó, el horno me tostó. Me escapé del abuelo, me escapé de la abuela, ¡y de ti, Conejito, me escaparé!»
Al Conejito se le quedó la boca abierta. Y Kolobok, ¡zas!, desapareció en un santiamén.
Rueda por el bosque, y le sale al encuentro el Lobo.
—Kolobok, Kolobok, ¡te voy a comer!
—No me comas, Lobito, ¡mejor escucha! —Y cantó aún más fuerte:
«¡Soy Kolobok, redondo y dorado! Me escapé del abuelo, me escapé de la abuela, me escapé del Conejito, ¡y de ti, Lobo, me escaparé!»
Y se fue rodando, levantando una nube de polvo.
—¡Qué rápido soy! —se alegra Kolobok.
Y entonces, ¡crac, crac!, crujen las ramas: llega el Oso pisando fuerte.
—Kolobok, Kolobok, ¡te voy a comer!
—¡Tú qué vas a comerme, Oso! ¡Mejor escucha! —Y otra vez con su canción:
«¡Soy Kolobok, redondo y dorado! Me escapé del abuelo, me escapé de la abuela, me escapé del Conejito, me escapé del Lobo, ¡y de ti, Oso, me escaparé!»
Mientras el Oso se rascaba la cabeza, de Kolobok ya no quedaba ni rastro.
—¡Nadie me atrapa! —da saltitos Kolobok—. ¡Nadie, nadie!
Sigue rodando, y le sale al encuentro la Zorrita: pelirroja, de cola esponjosa y ojitos astutos.
—¡Ay, qué Kolobok tan bonito! ¡Qué sonrosado! ¿Y es verdad que cantas como nadie en el bosque?
Kolobok se puso radiante. ¡Nadie lo había elogiado así! Tomó aire hasta llenarse bien el pecho y cantó:
«¡Soy Kolobok, redondo y dorado! Me escapé del abuelo, me escapé de la abuela, del Conejito, del Lobo y del Oso me escapé, ¡y de ti, Zorrita, me escaparé!»
—¡Ay, qué bonito! —La Zorrita se llevó la patita a la oreja—. Pero ya soy viejecita y no oigo bien. Siéntate en mi naricita y cántala otra vez.
Kolobok, ¡hop!, saltó a su naricita… y volvió a cantar.
—Ay, Kolobok, ¡un poquitín más cerca! —le pidió la Zorrita con voz melosa—. Siéntate en mi lengüita y canta por última vez.
Kolobok se hinchó de orgullo. ¿Cómo no iba a cantar, si se lo pedían tan bien? ¡Hop!, a la lengüita, y la Zorrita… ¡ñam!, se lo comió.
Y así Kolobok nunca terminó su canción. Se escapó del abuelo, de la abuela, del Conejito, del Lobo y del Oso, pero de los dulces halagos no se escapó.





