El caracol que llevaba la Luna a casa
Un caracolito encuentra la Luna en un charco y la lleva de noche por el jardín hasta el cielo, ayudado por una luciérnaga, un grillo y una mariposa.
- Un cuento tranquilo
Érase una vez, en un jardín dormido, un caracolito llamado Pablito. Andaba muy despacio, porque llevaba su casita a cuestas.
Una noche, después de la lluvia, Pablito salió al caminito. Y de pronto, ¿qué ve? En un charco está la Luna. Redonda y amarilla, como una tortita.
—¡Ay! —chilló Pablito—. ¡Se ha caído la Luna!
Con mucho cuidado, tocó el agua con sus cuernecitos. La Luna tembló, pero no se escapó.
—No tengas miedo —dijo Pablito—. Yo te llevaré a casa, al cielo.
Encontró una hoja ancha y recogió con ella un poquito de agua. ¡Chof! En la gota brilló una Luna pequeñita.
Despacito, despacito, sin hacer ruido, el caracol empezó a llevar la Luna a casa.
Pasó junto a las coles, junto a las zanahorias. El jardín está oscuro; solo brilla la gota sobre la hoja.
Y de repente, ¡chispa, chispita!, llegó volando una luciérnaga.
—¿Adónde llevas la Luna, caracol?
—A casa, al cielo.
—¡Pero si el cielo está muy alto! Vas a ir a oscuras. Yo te alumbraré.
Y la luciérnaga voló delante, como un farolillo.
Despacito, despacito, sin hacer ruido, el caracol llevaba la Luna a casa.
Y de repente, ¡hop!, saltó de la hierba un grillo.
—¿Adónde llevas la Luna, caracol?
—A casa, al cielo.
—¡Qué largo es el viaje! Te tocaré algo para que el camino sea más alegre.
Y el grillo tocó una canción suavecita: cri-cri, cri-cri.
Despacito, despacito, sin hacer ruido, el caracol llevaba la Luna a casa.
Y de repente, ¡fru, fru!, llegó volando una mariposa nocturna, gris y peludita.
—¿Adónde llevas la Luna, caracol?
—A casa, al cielo. Pero no sé dónde empieza.
La mariposa se quedó pensando y señaló con el ala:
—Lo más alto del jardín es el girasol. Desde allí el cielo queda más cerca.
Y allí está el girasol, junto a la valla. ¡Alto, altísimo! Pablito suspiró y empezó a trepar por el tallo. La luciérnaga alumbra, el grillo toca y la mariposa vuela a su lado para que no se caiga la gota.
Pablito trepó durante mucho rato. Y por fin llegó arriba del todo, a la gran cabeza amarilla del girasol. Levantó los cuernecitos y se quedó quieto.
Sobre el jardín, en el cielo oscuro, brillaba la Luna. Redonda, amarilla y clara.
—Aquí está tu casa —le susurró Pablito a la gota.
Inclinó la hoja. ¡Plic! La gota cayó abajo, a la hierba. Y la Luna, en el cielo, brilló todavía más, como si dijera: «¡Gracias, caracol!».
—Hurra —dijo bajito la luciérnaga.
—Cri-cri —tocó bajito el grillo.
La mariposa no dijo nada; solo agitó las alas.
Y Pablito bostezó. ¡Qué lejos había caminado aquel día! Escondió los cuernecitos, se metió en su casita y se quedó dormido allí mismo, sobre una hoja blandita del girasol.
Y la Luna lo alumbró desde arriba toda la noche, suavecito, suavecito, para no despertarlo.





