La nubecita que perdió su lluvia
Una nubecita busca la lluvia que ha perdido, y un vientecillo, un girasol y una ranita la ayudan a dar de beber a un jardín sediento.
- Un cuento tranquilo
Había una vez, allá en el cielo, una nubecita pequeña. Blanca y esponjosa como un cojincito. Pero, ¡ay, qué disgusto!: había perdido su lluvia.
Por la mañana se despertó, se sacudió de un lado y de otro… y no cayó ni una gotita.
—¡Ay! —chilló la nubecita—. ¿Y dónde está mi lluvia?
Abajo, en el jardín, las flores agachaban la cabecita. Las hojas del manzanito estaban mustias y la tierra, agrietada. El jardín tenía sed.
—¡Yo encontraré mi lluvia! —dijo la nubecita—. ¡Enseguida vuelvo!
Y allá va, flotando por el cielo y llamando:
—Lluviecita, lluviecita, ¿dónde estás? ¡Plic, plic, contéstame!
Y de pronto… ¡fffu!… llegó soplando un vientecillo.
—¿A quién llamas, nubecita?
—He perdido mi lluvia. ¿No la habrás visto?
—No la he visto —silbó el vientecillo—. Pero yo te ayudo. ¡Agárrate fuerte, que nos vamos a buscarla!
Y allá se fueron los dos juntos. El vientecillo sopla y la nubecita flota.
—Lluviecita, lluviecita, ¿dónde estás? ¡Plic, plic, contéstame!
De pronto ven un girasol en medio del campo. Alto, amarillo, estirando la cabeza hacia el sol.
—Girasol, ¿no habrás visto mi lluvia?
—No la he visto —suspiró el girasol—. Yo también la estoy esperando. Tengo la cabeza ardiendo y los pies secos. ¡Ay, qué sed tengo!
Siguieron su camino. Y de pronto ven un estanque pequeñito. Sobre una hoja de nenúfar está sentada una ranita. Verde, con los ojos muy redondos.
—¡Croac! ¿Qué andáis buscando?
—Mi lluvia —dice la nubecita—. ¿No la habrás visto?
La ranita se rascó la naricilla con la patita.
—¡Croac, croac! ¡Yo sé de dónde salen las lluvias! Pídele al solecito que caliente mi estanque. El agua subirá hasta ti convertida en un vapor muy ligerito.
Y el solecito calentó el estanque. Del agua empezó a subir un vapor tibio: arriba, arriba, derechito hasta la nubecita. La nubecita lo iba recogiendo, recogiendo… y ya no era blanca, sino gris, pesada y redondita.
—¡Ay! —se rio—. ¡Algo me hace glu-glu por dentro!
—¡Es tu lluvia! —croó la ranita—. ¡Ya la has encontrado!
—¡Gracias, ranita! ¡Y ahora, al jardín!
El vientecillo sopló —¡fffu!— y volvieron a toda prisa. Al pasar por encima del girasol, la nubecita lo salpicó bajito: plic, plic.
—¡Ay, qué gusto! —dijo el girasol, levantando la cabeza—. ¡Gracias!
Y sobre el jardín, la nubecita se detuvo y… plic. Plic, plic. ¡Plic, plic, plic! Empezó a caer una lluvia templadita. Las flores estiraron sus hojitas. El manzanito se sacudió las ramitas. Y la tierra bebió y bebió, hasta que ya no le cupo ni una gota más.
Mientras tanto, fue llegando la tarde. La nubecita volvió a ser pequeña y ligerita. El sol la pintó de color rosa, como las mejillas después del baño.
—¿Estás cansada? —susurró el vientecillo.
—Un poquitín —bostezó la nubecita.
El vientecillo empezó a mecerla: de aquí para allá, de aquí para allá. Abajo olía a hierba mojada. En el estanque, la ranita cantaba bajito: «Croooac… croooac…». El girasol cerró sus pétalos. Y en el cielo se fueron encendiendo las estrellitas, una tras otra.
La nubecita se acurrucó entre ellas, cerró los ojitos… y se quedó dormida.
Buenas noches, nubecita. Y buenas noches a ti también.





