La barquita de estrellas
Olesia no quiere dormir, y una luna-barquita la pasea por el cielo de la noche, donde las nubecitas, las estrellitas y la brisa ya se duermen.
- Un cuento tranquilo
Había una vez una niña pequeña que se llamaba Olesia. Llegó la tarde, la luna se encendió al otro lado de la ventana, y Olesia estaba sentada en su camita, moviendo la cabeza de un lado a otro.
—¡No quiero dormir! Ni un poquito.
Mamá se sentó a su lado. Sus manos olían a manzana: acababa de cortar una para la cena. Mamá puso su mano tibia en el borde de la cama, y la camita se meció suavemente.
—Si no quieres, no pasa nada —susurró mamá—. Mejor mira por la ventana.
Y allí, detrás del cristal, se mecía la luna. Fina y curvada, igualita que una barquita. Se acercó hasta la ventana y se detuvo.
—Sube, Olesia —tintineó la barquita en voz bajita—. Te llevo de paseo.
Olesia se subió a la barquita. Era blandita, tibia y, no se sabe por qué, olía a manzana.
Despacito, despacito navega la barquita. Meci-meci, nana-nana.
Navegaron sobre los tejados, sobre el huerto, sobre el río. Y de pronto vieron nubecitas. Blancas y esponjosas como almohaditas. Se estaban echando encima mantas de niebla.
—¿Qué hacéis? —preguntó Olesia.
—Nos arropamos —bostezaron las nubecitas—. Es de noche.
Despacito, despacito navega la barquita. Meci-meci, nana-nana.
Más allá estaban las estrellitas. Cada una sostenía un farolillo diminuto. Pic, y una se apagó. Pic, y se apagó otra.
—¿Por qué los apagáis? —preguntó Olesia.
—Para que el cielo descanse —susurraron las estrellitas—. Pero dejaremos un poquito de luz, para que no estés a oscuras.
Despacito, despacito navega la barquita. Meci-meci, nana-nana.
Sobre el bosque, en un pino muy alto, estaba posada una lechuza. Ojos redondos, plumas grises.
—Uh-uh —dijo la lechuza—. Buenas noches, Olesia.
—Buenas noches, lechuza. ¿Y tú no duermes?
—Me quedaré un rato vigilando —ululó la lechuza—. Uh-uh.
Despacito, despacito navega la barquita. Meci-meci, nana-nana.
La brisa corría por las copas de los árboles y susurraba entre las hojas: shu-shu-shu. Luego más bajito: shu… shu… Y después se tumbó en la hierba y se quedó quieta.
Olesia bostezó. ¡Ay! Si ella no quería bostezar. Le salió solo.
—Barquita, ¿adónde vamos? —preguntó.
—A casa —se meció la barquita.
Olesia acarició su costado tibio. Y ese costado le resultaba muy conocido: blandito, con un hoyuelo, y olía a manzana. Olesia abrió un ojito. No había cielo por ninguna parte. Camita, almohada, mantita. Y en el borde de la cama, la mano de mamá. Meci-meci.
—Mamá —susurró Olesia—, ¿entonces la barquita eres tú?
—Yo —sonrió mamá—. Y la luna está allí, en la ventana. Te está saludando.
Olesia cogió la mano de mamá con sus dos manitas y se la apoyó en la mejilla.
Despacito, despacito navega la barquita. Meci-meci, nana-nana.
Y la barquita no se fue a ningún sitio. Se quedó a su lado, tibia y querida, meciéndola despacito, despacito.





