Timko y la carta a San Nicolás
Antes de dormirse todo el invierno, el erizo Timko dibuja una carta a San Nicolás y pide un regalo no para él, sino para su hermanita Lili.
- Un cuento tranquilo
Llegó el otoño tardío. Las hojas de la Robleda ya habían caído y la familia de erizos se preparaba para dormir todo el invierno.
Timko fue al viejo roble a despedirse de la abuela Lechuza. Y tras él —pasito, pasito, pasito— correteaba Lili. Ahora iba siempre pegada a su hermano y lo repetía todo.
—Abuela Lechuza, ¿qué pasará en invierno mientras dormimos?
—¡Uh, uh! Muchas cosas —respondió la Lechuza desde su hueco—. Nevará. Y el seis de diciembre vendrá San Nicolás. Él deja, calladito, regalos debajo de la almohada de los niños.
—¡Legalos! —chilló Lili.
Timko dio un brinco. Y luego se quedó cabizbajo.
—¿Y cómo me va a encontrar? ¡Yo dormiré bajo las raíces, no en una cama!
La Lechuza no contestó. Solo ululó, y tras los cristales de las gafas brillaron, pícaros, sus ojos ámbar.
En casa Timko se puso aún más triste. Porque se acordó de lo de ayer. Lili le había cogido los lápices y había garabateado todo su dibujo de la ardilla. Timko se enfadó tanto que dio un pisotón con la patita y gritó: «¡Vete!».
—Mamá —preguntó en voz baja—, ¿San Nicolás solo viene a los niños buenos? Ayer me enfadé con Lili.
Mamá se sentó a su lado y lo abrazó.
—Todos nos enfadamos alguna vez, cielo. Y un regalo no hay que ganárselo. Se regala porque se quiere.
—Eso es —asintió papá—. Anda, dibújale una carta a San Nicolás. ¿Dónde está mi lápiz?
Timko señaló la oreja de papá. Papá sonrió y le dio el lápiz.
¿Qué pedir? Timko miró a Lili. Estaba sentada en el suelo, dando vueltas entre sus patitas a su lápiz más cortito. Lápices propios no tenía.
Y Timko dibujó una erizita con un gorrito rosa y, a su lado, una caja de lápices. Grandes, de colores. Suyos de verdad.
—¿Y para ti? —preguntó mamá.
Timko se encogió de hombros. Para sí mismo no se le ocurrió nada.
Papá trazó una raya nueva en la tablilla de estatura y, junto a ella, dibujó un sobrecito diminuto. Y mamá se ató el delantal celeste.
—Voy a hornear una tarta, por si acaso. A lo mejor San Nicolás pasa frío por el camino.
Al caer la tarde, Timko estaba bajo el roble con la carta entre las patitas. El corazón le latía: tum, tum, tum. Resopló con su naricita.
—Inspiro, espiro… ¡y adelante!
—¡Inspilo, espilo… y adelante! —repitió Lili.
Timko le tendió la carta a la abuela Lechuza. Y mamá, una tarta calentita envuelta en un paño.
—En invierno no duermo —dijo la Lechuza, y guardó la carta bajo el ala—. Se la haré llegar. Lo prometo.
Pronto toda la familia se acomodó bajo las raíces del roble, en un nidito de hojas y musgo. Timko apoyó la cabeza en una almohadita de hierba seca, se hizo un ovillo y se durmió.
Y no despertó hasta la primavera. Tintineaban las gotas del deshielo y olía a tierra mojada. Timko se estiró, metió la patita bajo la almohadita… y se quedó quieto. Allí algo crujía.
¡Dos paquetitos! En uno estaba dibujado un gorrito rosa; en el otro, una bufanda roja.
—¡Lili! ¡Despierta! ¡Ha venido San Nicolás!
Lili desenvolvió su paquetito, y dentro había lápices. Grandes, de colores. Suyos de verdad.
—¡Míos! —chilló, y apretó la caja contra sí.
Y en el paquetito de Timko había un cuaderno de dibujo. Y además una pluma gris y una notita. Timko la leyó sílaba a sílaba:
«¡Uh, uh! Ahí va una adivinanza… ¿Quién no duerme en invierno, ve en la oscuridad, bate las alas muy, muy despacito y le enseña a San Nicolás el camino hasta el roble?».
Timko miró hacia arriba. En una rama estaba la abuela Lechuza. Le brillaban las gafas y tenía un aire de lo más inocente.
—Uh —dijo ella—. ¿Y quién podrá ser?
Timko se puso la pluma en la naricita y se echó a reír. No había pedido nada para sí. Y el regalo lo encontró igualmente bajo las raíces del roble, porque alguien se había pasado todo el invierno despierto y se había acordado de él.





