Timko y la más pequeña
A Timko le nace una hermanita, Lili, y quiere que mamá sea solo suya. Pero de pronto resulta que Lili ya conoce a su hermano.
- Un cuento tranquilo
En la Robleda vivía un erizo llamado Timko. Tenía mamá, tenía papá, tenía una bufanda roja, y en el hueco del viejo roble vivía la abuela Lechuza. Y pronto iba a aparecer en la casita alguien más. Alguien muy pequeñito.
Cada mañana Timko apoyaba la naricita en la barriga de mamá y resoplaba:
—¡Fuf-fuf! ¡Hola!
Y dentro de la barriga algo se movía suavemente.
—¿Lo oyes? —sonrió mamá—. Te está respondiendo.
Una mañana de verano, mamá se ató el delantal azul cielo y dijo:
—Voy a hornear una tarta, por si acaso.
Papá, mientras tanto, estaba construyendo una cunita. ¡Ras-ras!, volaban las virutas. Papá miró a su alrededor:
—¿Dónde está mi lápiz?
—¡Detrás de la oreja! —se rio Timko.
Después de comer, en la casita se oyó un chillido: «¡Pi-pi-pi!». Así nació Lili.
Era diminuta, sonrosada, con suaves púas blancas. Tenía los ojitos bien cerrados.
—Qué pequeñita… —susurró Timko.
Mamá sostenía a Lili en brazos. Papá mecía la cunita nueva. Todos susurraban, todos sonreían y todos miraban solo a Lili.
Y de pronto Timko deseó que mamá fuera solo suya. Se enfadó, se hinchó y resopló:
—¡Fuf! ¡Que se vuelva por donde vino!
Mamá no lo regañó. Le tendió su patita libre.
—Veo que estás enfadado. ¿Sabes lo que hago yo cuando el corazón me gruñe? Inspiro, espiro… ¡y adelante!
Pero Timko no tenía ganas de inspirar ni de espirar. Salió corriendo y se sentó bajo el roble.
—¡Uh, uh! —dijo desde una rama la abuela Lechuza—. ¿Quién resopla tan enfadado por aquí?
—Yo —refunfuñó Timko—. Ahora tenemos a Lili. Y todos miran solo a ella.
La lechuza se ajustó las gafas.
—¡Uh, uh! Ahí va una adivinanza. Todavía no te ha visto y ya te conoce. Todavía no habla y ya responde. ¿Quién es?
Timko pensó y pensó, arrugando la naricita… ¿Quién podría ser?
De pronto, desde la casita llegó un «¡Buaa! ¡Buaa!». Lili lloraba. Mamá le cantaba una nana, y nada. Papá mecía la cunita, y nada.
Timko se acercó a la puerta y se detuvo. Resopló por la naricita.
—Inspiro, espiro… ¡y adelante!
Y dio un paso.
Se inclinó sobre la cunita y, bajito, como cada mañana, resopló:
—Fuf-fuf. Hola.
Lili se calló. Movió su naricita rosa. Y respondió, apenas audible:
—¡Fuf!
—¡Me ha reconocido! —exclamó Timko—. ¡Todavía no me ha visto y ya me conoce!
—Porque has hablado con ella más que nadie —sonrió mamá.
Ahora Timko lo sabía: calmar a Lili lo sabía hacer él. Al fin y al cabo era su hermano mayor.
Papá llevó a Timko hasta la tablilla del marco de la puerta de la cocina. Timko se estiró bien, bien recto.
—¿Dónde está mi lápiz? —se quedó pensando papá.
Timko, sin darse la vuelta, le señaló la oreja. Papá trazó una raya y dibujó junto a ella un corazoncito. Y abajo del todo, pegada al suelo, puso un puntito diminuto. El de Lili.
Claro, salieron tartas de más, y la mitad se repartió entre los vecinos. Mamá le llevó un trozo a la abuela Lechuza.
Y Timko se sentó junto a la cunita y resopló bajito. Y la más pequeña de la casita ya sabía: así resopla su hermano mayor.





