Timko va a la guardería
El erizo Timko va por primera vez a la guardería Bellota: por la mañana está triste, pero mamá promete volver después de comer y de la siesta.
- Un poco triste
Aquella mañana la mamá de Timko se despertó antes que nadie y metió una tarta de manzana en el horno.
—Voy a hornear una tarta, por si acaso —dijo. Porque hoy Timko iba por primera vez a la guardería.
Timko se anudó su bufanda roja y se puso a la espalda una mochilita nueva. En la mochilita había una manzanita, unas nueces y un trozo de la tarta de mamá.
La guardería Bellota estaba en un claro soleado. Allí chillaban, reían y correteaban los pequeños. Timko se detuvo y resopló por su naricita.
—Inspiro, espiro… ¡y adelante! —susurró.
Pero los piececitos no querían andar. Timko se agarró al delantal de mamá y de sus ojitos rodaron, plin, plin, las lágrimas.
Les salió al encuentro una liebre alta, gris plateada, con una rebeca morada. Se agachó junto a Timko y sus largas orejas se inclinaron hasta su naricita.
—Soy la seño Liebre —dijo en voz baja—. Veo que estás triste. Se puede estar triste.
Mamá abrazó a Timko muy, muy fuerte.
—Ahora me voy, Timko. Y vendré a buscarte después de comer y de la siesta. Comes, duermes un ratito… y aquí estoy.
—Después de comer y de la siesta —repitió Timko, y sorbió por la nariz.
Mamá le dijo adiós con la mano desde la verja, y Timko le dijo adiós también. Estaba triste. Pero sabía cuándo vendría mamá.
De pronto, a su lado, ¡zas!, pasó corriendo un zorrito pelirrojo con una camiseta de rayas.
—¡Yo primero! —gritó, y pegó la nariz a la ventanita.
—Es Canelo —sonrió la seño Liebre—. Siempre es el primero en correr a la ventanita.
Y debajo del banco estaba sentada una ratoncita gris diminuta, con una margarita detrás de la oreja. Timko la reconoció: ¡era la misma ratoncita a la que una vez acompañó con su farolillo hasta su madriguera!
—¡Miga! ¿Tienes miedo? —preguntó Timko.
—Solo un poquitito —dijo la ratoncita con sinceridad.
—Yo también —suspiró Timko. Y a los dos se les aligeró un poco el corazón.
Construyeron una casita con piñas y modelaron pastelitos de arena. Y Canelo, cada dos por tres, gritaba «¡Yo primero!» y volvía corriendo a la ventanita.
—Clap, clap, ¿estamos todos? —aplaudió con las patas la seño Liebre—. ¡Es hora de comer!
De comer había manzanitas asadas y nueces. Timko sacó la tarta de mamá y la repartió entre tres: para él, para Miga y para Canelo.
Luego llegó la hora de la siesta. Los pequeños se acostaron en sus camitas. Solo una camita quedó vacía. Canelo otra vez estaba junto a la ventanita. Muy quieto. Y sorbiendo por la nariz.
—¿Qué te pasa? —se acercó Timko.
—Estoy esperando a mi mamá —susurró Canelo—. Quiero ser el primero en verla.
¡Así que por eso corría tanto a la ventanita! Canelo también estaba triste, pero no se lo había dicho a nadie.
La seño Liebre oyó ese sorber de nariz con sus largas orejas. Pero Timko se le adelantó.
—Las mamás vienen después de comer y de la siesta —dijo, igualito que su mamá—. La comida ya pasó. Solo falta la siesta.
Canelo lo pensó. Se limpió la nariz. Y se acostó en la camita junto a Timko.
—¡Yo me duermo primero! —susurró.
Y, en efecto, se durmió el primero.
Los pequeños despertaron, y al otro lado de la ventanita ya estaban las mamás. Canelo dio un brinco:
—¡Yo las vi primero!
Y la mamá de Timko estaba junto a la verja justo cuando lo había dicho: después de comer y de la siesta. Timko corrió hacia ella, y la mochilita le saltaba en la espalda: ¡plin, plin!
Por la noche, papá puso a Timko de espaldas a la tablilla del marco de la puerta de la cocina.
—¿Dónde está mi lápiz? —murmuró papá.
—¡Detrás de la oreja! —rio Timko.
Papá trazó una rayita y dibujó junto a ella una mochilita diminuta. La pequeña Lili soltó un chillidito en brazos de mamá, como si ella también quisiera una mochilita.
—¿Y mañana irás a la guardería? —preguntó mamá.
—Iré —asintió Timko—. Canelo sin mí no sabe cuándo vienen las mamás.





