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Cuentos

La nueva

La abubilla Dana llega del sur como la nueva de la escuela del bosque, pero en otoño debe partir. ¿Esperará su amistad con Timko hasta la primavera?

Serie «Timko» · cuento 8 de 9

  • Un poco triste
Para las familias

Dana llegó al Claro de los Fresnos en abril, cuando los fresnos apenas desplegaban sus primeras hojitas. Durante todo el camino desde el lejano sur había seguido la cola rayada de su padre, imaginándose la escuela nueva. Y ahora estaba bajo el gran arce, y sus propias alas le parecían ajenas.

—Esta es Dana —dijo en voz baja la maestra Garza—. Aprenderá con nosotros hasta el otoño.

Toda la clase se volvió. Dana sintió que la cresta de su cabeza se abría sola, ¡fuf!, como un abanico. Quiso alisarla, pero la cresta nunca le hacía caso: en cuanto se sorprendía o se ponía nerviosa, se alzaba como una coronita.

—Oooh —susurró alguien—. ¡Tiene una corona!

Dana no sabía si eso era bueno o malo. Sonrió con timidez y fue adonde le indicó la maestra Garza, a un tocón junto a la ventana.

Delante se sentaba un erizo con una bufanda roja. La bufanda era larga, dada dos vueltas al cuello, y uno de sus extremos era un poco más vivo que el otro, como si alguien lo hubiera tejido más tarde. El erizo se volvió, le hizo un gesto con la cabeza y volvió a mirar la pizarra. No sonrió ni preguntó nada. Dana pensó que no le interesaba.

Esa misma mañana, la maestra Garza llamó al erizo a la pizarra.

—Timko, cuéntanos hacia dónde corre el Arroyo Cantarín.

Timko se levantó. Junto a la pizarra se detuvo, resopló con su naricita y dijo, casi sin voz, solo con los labios:

—Inspiro, espiro…

Dana estaba sentada lo más cerca, así que lo oyó. Nadie más movió ni una oreja. Y Timko cogió la tiza y dibujó con calma cómo el arroyo cruza el claro, pasa bajo el viejo fresno y sigue hasta el gran río.

«Tan tranquilo —pensó Dana—, ¿y también se pone nervioso?». Le pareció que esas dos palabras eran una especie de conjuro. Las repitió bajito, por debajo del pico. No funcionó. Quizá el conjuro solo servía para los erizos.

Al día siguiente, la maestra Garza le pidió a Dana que contara de qué tierra venía su familia. Dana quería muchísimo caer bien. Salió al frente y habló deprisa, casi sin aliento:

—Allí la arena está caliente, como recién sacada del horno. Y el riachuelo es tan ancho que desde una orilla no se ve la otra. ¡Y hay palmeras! ¡Y camellos, así de altos!

Alargaba las vocales como si cantara, porque allá en el sur todos hablaban así. Y decía «riachuelo» donde los de aquí decían «arroyo». La clase escuchaba boquiabierta. Dana se animó tanto que, de pura alegría, se le escapó:

—¡Up-up-up!

—¡Oooh! —gritó desde el último tocón una nutria joven con gorro de baño turquesa—. ¿Quién zumba dentro de una jarra?

La clase se rio. No con maldad, solo con alegría, y la propia nutria se reía más fuerte que nadie. Pero a Dana se le puso de pronto calor, como si le hubieran echado la arena de su relato justo debajo de las plumas. La cresta se le aplastó. Terminó en voz baja y rápido, y de camino a su sitio se prometió: en la escuela, nunca más un «up-up-up».

—Gracias, Dana —dijo la maestra Garza—. Yo tampoco he visto nunca un camello.

Con eso todo fue un poquitín más fácil. Pero solo un poquitín.

Por la tarde, en el hueco del viejo fresno, su mamá abubilla ahuecaba el mullido lecho y le preguntaba:

—Bueno, ¿qué tal, hija? ¿Has encontrado alguna amiga?

—Todos son muy simpáticos —dijo Dana. Y era verdad. Nadie se había portado mal con ella. Solo que todos eran amigos desde hacía mucho, tenían sus juegos, sus bromas y sus palabritas, y ella había llegado en plena primavera, como un invitado que aparece cuando la canción ya va por la mitad.

Los días siguientes, Dana se esforzó con todas sus fuerzas. Era la primera en levantar el ala a cada pregunta. Llevó a clase el guijarro más bonito que encontró junto al arroyo para enseñárselo a todos. Hasta aprendió a decir «arroyo» en lugar de «riachuelo». Pero cuanto más se esforzaba, más torpe se sentía, como si se hubiera puesto plumas ajenas que no había manera de alisar.

La nutria se llamaba Chapu. En el recreo salía el primero volando hacia el arroyo, y toda la clase corría tras él.

—¡Construimos una presa! —mandaba—. Una piedrecita aquí, una ramita allá… ¡Chapu, y listo!

Y ¡chof!, al agua, y las salpicaduras volaban sobre todos. Timko, al que le tocó más, se hizo en un instante una bola de púas, y luego se desenrolló y se rio con los demás.

Dana también estaba junto al arroyo. Se reía cuando se reían los demás, pero siempre un momento después, como si primero comprobara si podía. Alrededor había mucho jaleo, salpicaduras y gritos, y a ella le parecía que miraba un juego ajeno a través de un cristal. Resulta que uno no se siente solo únicamente cuando está solo.

Así que en los recreos Dana empezó a irse volando a una rama baja del viejo fresno, sobre los helechos. Desde allí se veía el arroyo y a todos, y a ella no la veía nadie. Allí, cuando nadie oía, cantaba bajito:

—Up-up-up…

Una vez, abajo, entre los helechos, algo crujió. Dana calló y se quedó quieta. No salió nadie. Solo más tarde, al bajar de la rama, vio en una zarza una finísima hebra de lana roja. «Seguro que la trajo el viento», pensó, y se quedó con la hebra. Era bonita, de un rojo vivo.

La amistad no llega de un solo aletazo. Se acerca despacito, como la primavera.

Primero, Timko le dio a Dana en silencio la mitad de su tiza cuando la suya se desmenuzó. Luego resultó que al salir de clase iban por el mismo sendero: la casa de la familia de Timko, con su puerta verde y su porche, estaba junto al arroyo, y el viejo hueco del fresno donde se habían instalado las abubillas quedaba un poco más allá.

—¿Llevas mucho tiempo aquí? —preguntó un día Dana.

—Mucho —dijo Timko. Y nada más.

Dana pensó que era de aquí desde que nació. Conocía cada sendero, cada piedrecita del arroyo, y Chapu lo llamaba el primero para cualquier travesura. Para uno como Timko es fácil, pensaba ella. No necesitan aprender a ser de allí.

Pero Timko se fijaba en más cosas de las que parecía. Cuando Chapu dividió la clase en dos equipos para una carrera de hojas y Dana se quedó a un lado, Timko se hizo a un lado en su piedra en silencio y señaló con la patita: siéntate. Cuando la maestra Garza preguntó quién sabía hasta dónde vuelan las abubillas y la clase se miró, Timko se volvió hacia Dana, como diciendo: vamos, tú lo sabes. Y Dana contó, bajito, sin camellos ni palmeras, cómo habían volado sobre el mar tres noches seguidas y cómo su mamá cantaba en la oscuridad para que nadie se quedara atrás. Esta vez nadie se rio. Y Chapu incluso dijo:

—¿Tres noches? Guau. Yo me cansaría con una.

Y un día de mayo, en el claro soleado, Dana olvidó que tenía que ir con cuidado. Clavaba su largo pico curvo en la tierra blanda —toc-toc, toc-toc— buscando escarabajos. Al lado, Timko olfateaba la misma tierra, resoplando con la nariz.

—¡Allí, debajo de la raicilla! —resopló.

—¡Lo veo! —Dana picoteó—. ¡Ay, se escapó!

—A mí también se me escapó —se rio Timko—. O sea, que buscamos igual. Tú con el pico y yo con la nariz.

Luego Dana se tumbó en una piedra tibia, abrió sus alas rayadas y cerró los ojos al sol.

—¿Estás tomando el sol? —se sorprendió Timko.

—A las abubillas nos encanta —dijo Dana—. Prueba.

Timko se tumbó en la piedra a su lado, con las patitas extendidas, y así se quedaron hasta que el sol se escondió tras los fresnos. Dana ni siquiera notó cuándo se le abrió la cresta sola, ya no de nervios.

A finales de mayo, junto a su puerta verde, Timko se detuvo de pronto. Resopló con la nariz. Y esta vez lo dijo en voz alta:

—¡Inspiro, espiro… y adelante! —Y luego, rápido, para no echarse atrás—: Mamá pregunta si vendrás a casa el domingo. Está haciendo una tarta.

—¿Por qué una tarta? —se extrañó Dana.

—Por si acaso. Siempre lo hace cuando va a pasar algo importante.

Dana volaba a casa con ganas de cantar por todo el bosque. Algo importante: ¿era ella?

El domingo, la cocina olía a manzanas. La mamá de Timko, con un delantal azul cielo, puso sobre la mesa una tarta tan grande que habría alcanzado para media escuela.

—Al final la hice —sonrió—. Por si acaso. Lo que sobre se lo lleváis a Chapu.

En el marco de la puerta de la cocina colgaba una tablita con rayas de lápiz. Junto a cada raya había un dibujito diminuto: un corazón, una mochilita, una estrella, una cruz de tirita, un diente, una casita, dos huellas de patitas juntas. Más abajo seguía otra hilera de rayas más cortas.

—Esas son mías —dijo orgullosa una erizita con un gorrito rosa. Era Lili, la hermanita de Timko. Ese año había entrado en primero y andaba tras su hermano a todas partes, como una colita.

—Bueno, hora de medir —dijo el papá de Timko, un erizo grande, pardo y algo canoso, con chaleco verde. Puso a Timko junto a la tablita, se palpó los bolsillos y masculló—: ¿Dónde está mi lápiz?

—¡Detrás de la oreja! —soltó Dana antes de poder pensarlo. Y enseguida se sintió avergonzada.

Papá se tocó la oreja, encontró el lápiz y se rio bajito.

—Vaya. Ahora tenemos en casa otro par de ojos atentos.

Trazó una raya sobre la cabeza de Timko, una buena uña más arriba que la anterior, y preguntó:

—¿Qué dibujamos esta vez?

Timko miró a Dana.

—Una pluma —dijo—. Rayada.

A Dana se le abrió la cresta tanto que casi rozó el estante. Y Lili empezó a dar saltos alrededor de la mesa y a cantar por toda la cocina:

—¡Up-up-up! ¡Up-up-up!

Dana se quedó helada.

—¿Dónde has oído eso?

—¡Timko canta así! —chilló Lili, contenta—. Debajo del fresno, cuando va a por moras. ¡Y en su cuarto, cuando cree que nadie lo oye!

Timko se puso rojo hasta la punta de las orejas y se enrolló un poco, como si quisiera esconderse en sus propias púas.

—Estaba allí recogiendo moras —masculló—. Debajo de tu rama. Y lo oí. Es bonito. Quería aprenderlo… para que no pensaras que era gracioso.

Dana recordó el crujido entre los helechos. Y la hebra roja de la zarza, que seguía en su morral azul.

—Es tu hebra —dijo.

—La bufanda se engancha en todo —suspiró Timko—. Mamá se la alarga cada año, porque crezco. Y se engancha.

Y además Timko contó algo que Dana no esperaba en absoluto: él también había sido nuevo. Su familia se había mudado aquí desde la Robleda, y el primer día Chapu lo empapó de pies a cabeza, y él no sabía si llorar o reír.

—¿Y lo de «inspiro, espiro»? —preguntó Dana.

—Eso me lo enseñaron de pequeño. No es un conjuro. Solo ayuda a dar el primer paso. A veces enseguida, y a veces no tanto.

Desde entonces, en los recreos Dana ya no se sentaba sola en el fresno. A veces construía la presa con Chapu y él, aunque la salpicaba, ya no bromeaba con la jarra. Una vez hasta intentó cantar él mismo «up-up-up» y gorgoteó tan graciosamente que todos se rieron, y Dana la que más.

El verano corrió como el Arroyo Cantarín. A finales de agosto, las abubillas empezaron a dar vueltas sobre el Claro de los Fresnos: se reunían para el viaje. Una tibia hora de la tarde, Dana y Timko estaban sentados en el porche de la puerta verde.

—Nos vamos dentro de una semana —dijo Dana—. Al sur, al gran río.

—Y yo me dormiré cuando caigan las hojas —dijo Timko—. Hasta la primavera. Todos los erizos lo hacen.

—Y yo volveré en abril.

—Y yo despertaré cuando haga calor. Mamá dice que más o menos entonces.

Callaron un rato. Dana se iba primero, Timko se dormía más tarde. Ella volaría sobre montañas y mar, y él estaría hecho un ovillo entre las hojas tibias sin enterarse de nada. Medio año entero.

Dana sacó del morral una pluma, blanca y negra, rayada. Se le había caído del ala la semana en que las abubillas mudan las plumas.

—Es para ti. Para que la de la tablita no sea solo dibujada.

Timko tomó la pluma con las dos patitas, como si sostuviera algo muy valioso.

—¿Me esperarás? —preguntó Dana en voz baja.

Timko resopló con la nariz y pensó mucho rato.

—No lo sé —dijo con sinceridad—. Estaré dormido. Nunca he probado a esperar durmiendo.

Dana miró al cielo, donde daba vueltas su familia. En primavera volvería al Claro de los Fresnos. Quizá Timko ya estaría en el porche. O quizá seguiría dormido, y ella se sentaría en su rama, cantaría «up-up-up» y esperaría sola.

¿Medio año es mucho o poco para una amistad que acaba de empezar? Alguien se irá volando, alguien se dormirá, y la amistad quedará en algún punto intermedio, entre el mar y las hojas. ¿Los esperará a los dos?

¿Te ha gustado el cuento?

Un cuento original escrito para esta web.

Para las familias

De qué trata

Un cuento sobre cómo es ser la nueva. La abubilla Dana ha llegado del lejano sur, desea caer bien a la clase y se siente sola incluso entre los demás. Todo se cuenta con sus ojos, así que el niño ve al conocido Timko desde fuera. Conviene comentar juntos el final abierto.

Qué enseña

  • Amistad
  • Bondad
  • Valentía

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué Dana se reía con todos y aun así se sentía sola? ¿Te ha pasado alguna vez algo parecido?
  • ¿Por qué Timko practicaba a escondidas cómo cantar «up-up-up»?
  • ¿Crees que la amistad de Dana y Timko esperará hasta la primavera? ¿Qué ayuda a seguir siendo amigos cuando estáis lejos?

En casa

Recordad por turnos cuándo fue cada uno el nuevo: qué fue lo más difícil y qué ayudó. Después pensad un pequeño paso, como la mitad de tiza de Timko, para alguien nuevo en la clase.

Una frase para recordar

«Resulta que uno no se siente solo únicamente cuando está solo.»

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