Timko y el dientecito flojo
A Timko se le cae el primer diente de leche en pleno ataque de risa, y luego desaparece: toda la Robleda lo busca hasta la tarde.
- Un cuento tranquilo
A Timko se le aflojó un diente. Uno de abajo, de los de delante, muy pequeñito. Timko lo tocaba con la lengua, y el dientecito se inclinaba hacia delante como una hojita en el viento y luego hacia atrás.
—¡Se mueve, se mueve! —decía Timko—. ¡Mamá, mira!
—Ya lo veo —sonrió mamá—. Es un diente de leche. Ya ha hecho su trabajo y pronto se caerá solo, y en su lugar crecerá uno nuevo, de verdad.
—¿Y cuándo?
—Cuando quiera.
A Timko ese «cuando quiera» no le gustaba nada. Ya tenía seis años y quería que todo pasara enseguida.
Mientras tanto, papá iba por la cocina de estante en estante y miraba debajo de la mesa.
—¿Dónde está mi lápiz? —murmuraba.
—¡Papá, si lo tienes detrás de la oreja! —se rio Timko—. ¡Buscas lo que llevas puesto!
Papá palpó el lápiz, carraspeó y le guiñó un ojo:
—Cosas que pasan.
Mamá miró el dientecito de Timko, luego a papá, y descolgó del gancho su delantal azul.
—Voy a hornear una tarta, por si acaso.
Y Timko corrió hasta el gran roble, en cuyo hueco vivía la abuela Lechuza.
—¡Abuela Lechuza! ¡Se me mueve un diente! ¿Cuándo se va a caer ya?
La Lechuza se limpió las gafas con el ala y entornó sus ojos color ámbar.
—¡Uh, uh! Ahí va una adivinanza. Llegará no cuando lo esperas, sino cuando te ríes. Y se esconderá donde más calentito esté. ¿Qué es?
Timko pensó, resopló por su naricilla y se encogió de hombros.
—No sé. ¿Será la primavera?
—Quizá la primavera —ululó la Lechuza, y cerró un ojo—. O quizá no.
Después de comer llegaron corriendo Canelo y Miga. Canelo, como siempre, iba por delante, tan deprisa que las hojas volaban bajo sus patas.
—¡Yo primero! —gritó—. ¡Enseña ese diente!
Timko abrió la boca y movió el dientecito con la lengua. Canelo soltó un silbido. Él también se palpó con la lengua cada uno de sus dientes, pero ninguno se movió.
—No es justo —refunfuñó—. Si yo siempre soy el primero.
—Pero hoy has sido el primero en llegar —dijo Miga. Estaba sentada en un tocón, y la margarita detrás de su orejita se balanceaba.
—Cuando mi papá era pequeño —contó Timko—, lanzaba el diente por encima del hombro y decía: «Ratoncito, ratoncito, toma uno de hueso y dame uno de hierro». En casa tenemos ese juego.
Canelo miró con picardía a Miga:
—Miga, ¿entonces eres tú la que se lleva los dientes?
Miga se rio tanto que rodó del tocón a la hierba.
—¿Yo? ¿Para qué quiero yo dientes ajenos? ¡Los míos crecen toda la vida, y encima tengo que desgastarlos para que no se hagan demasiado largos! ¡Con los míos tengo bastante!
También Timko se rio. Ningún ratón cambia nada. El diente nuevo crecerá solo, sin ningún trueque. Así es hasta más interesante.
Mamá sacó a la mesa, bajo el roble, una tarta de manzana. Calentita, doradita, con el vapor subiendo. Lili correteaba a su lado con sus patitas cortas y se estiraba hacia cada trozo:
—¡Para mí! ¡Para mí! ¡Tarta!
Timko cogió su trozo y se quedó quieto. ¿Y si mordía y le dolía?
Se detuvo, resopló por su naricilla y susurró:
—Inspiro, espiro… ¡y adelante!
Y mordió. ¡Ñam! La tarta estaba buenísima, y el dientecito solo se meneó y se quedó donde estaba.
—Pues vaya —suspiró Timko—. Ni siquiera la tarta lo saca.
Entonces Canelo decidió ayudar a su manera. Hinchó los mofletes, puso los ojos bizcos mirándose la nariz y movió las orejas, una para aquí y otra para allá.
—¡Soy un tejón gruñón al que han despertado en pleno día! —bramó con voz grave.
Timko soltó una carcajada. Miga chilló de risa. Lili aplaudió con sus patitas. Timko se rio tanto que se tambaleó en el banco, y de pronto algo le rozó suavemente el labio.
Se quedó callado. Palpó con la lengua. Donde antes estaba el dientecito había ahora un huequito, liso, calentito y un poquitín salado.
—¡Se ha caído! —exclamó Timko—. ¡Mi diente se ha caído!
En el labio asomó una gotita de sangre. Timko se asustó un poco, pero mamá ya estaba a su lado con una taza de agua.
—Enjuágate la boquita. Así. Un poco de sangre es normal, ahora pasa.
Timko se enjuagó y escupió el agua en la hierba. Y era verdad: la gotita desapareció.
—¿Y cuándo crecerá el nuevo?
—Despacito —dijo mamá—. No tiene prisa, porque crece para toda la vida.
—¿Y dónde está el viejo? —se acordó Timko.
Todos miraron la mesa. El banco. Debajo del banco. El diente no estaba por ninguna parte.
Y empezó la búsqueda. Canelo hurgaba con el hocico en la hierba: «¡Yo lo encuentro primero!». Miga, que se fija en todo lo más pequeño, miraba debajo de cada hojita. Lili recogía bellotas y enseñaba contenta cada una: «¡Diente! ¡Diente!». Pero eran bellotas. Hasta la abuela Lechuza bajó volando a una rama baja y giraba la cabeza a la izquierda y a la derecha.
—De noche veo cada hormiga —murmuraba—. Pero tu diente parece que se lo ha tragado la tierra.
Buscaron hasta que el sol se escondió tras los robles. No lo encontraron.
A Timko le dio tanta pena que casi se echó a llorar. ¡Había esperado tanto ese diente! Y ahora no había ni diente, ni juego, ni «ratoncito, ratoncito».
—Estoy triste —dijo.
—Claro que sí —mamá se agachó y lo abrazó—. Es que lo esperabas con muchas ganas.
Hacia la tarde, Canelo y Miga se fueron a casa, y cada uno se llevó un trozo de tarta. Había salido más tarta de la necesaria, como siempre.
En la cocina, papá colocó a Timko de espaldas al marco de la puerta, donde colgaba la tablilla de la estatura. En ella ya había rayitas con dibujitos diminutos: un corazón, una mochilita, una estrella, una crucecita de tirita. Y más abajo se extendía la fila de Lili, rayitas cortas una encima de otra.
—Vaya —dijo papá—. Has crecido.
Recorrió con la mirada la cocinita estrecha, donde mamá, Lili y la tarta apenas cabían juntas, y por algún motivo se quedó pensativo. Luego se palpó los bolsillos.
—¿Dónde está mi lápiz?
Timko, aunque triste, sonrió y señaló la oreja de papá. Papá sacó el lápiz, y de pronto entornó los ojos.
—¿Y eso que llevas ahí?
Metió con cuidado la mano en la bufanda roja de Timko, entre los suaves puntitos justo debajo de la barbilla. Y sacó algo pequeño y blanco, como una perlita diminuta.
—¡Mi diente! —Timko dio un brinco—. ¡Estuvo todo el rato en la bufanda!
—Buscabas lo que llevas puesto —dijo papá muy serio—. Cosas que pasan.
Timko recordó la adivinanza de la abuela. «Llegará cuando te ríes. Y se esconderá donde más calentito esté». ¿Y qué hay más calentito que la bufanda de punto de mamá?
Papá trazó una rayita sobre la coronilla de Timko y al lado dibujó un dientecito diminuto. Lili alargó la mano hacia el de verdad: «¡Para mí!». Pero Timko lo apretó en su puñito.
—No, Lili, este es mío. Los tuyos ya se moverán algún día, ya verás.
Luego toda la familia salió al porche. Timko se puso de espaldas a la casa y, como antes su papá, dijo:
—Ratoncito, ratoncito, toma uno de hueso y dame uno de hierro.
Pero no lanzó el diente, sino que lo guardó en la caja de botones de mamá. Porque el juego es el juego, pero un dientecito que se había movido tanto tiempo y se había escondido con tanta astucia, Timko quería quedárselo.
Papá se rio tanto que el lápiz se le cayó de detrás de la oreja. Esta vez no hizo falta buscarlo: Timko lo recogió el primero.





