El baúl de la abuela: el Didukh
En Nochebuena Mirko encuentra en el baúl de la abuela un viejo didukh, oye cómo bailaba y estornudaba antaño, y ata uno nuevo con ella.
Serie «El baúl de la abuela» · cuento 2 de 2
- Un cuento tranquilo
Aquella tarde, en el piso de la abuela olía a kutia y a empanadillas. Fuera nevaba, y mamá hacía tintinear los cuencos en la cocina.
—Es Nochebuena —dijo la abuela—. Y nuestro pokut está vacío. Eso no puede ser.
—¿Y qué es el pokut? —preguntó Mirko.
—El mejor rincón de la casa. Allí se pone la mesa de fiesta, allí se sienta al invitado más querido. —La abuela miró a su alrededor—. Pero ¿dónde habré puesto las gafas?
—Las tienes en la cabeza —dijo Mirko.
—¡Mira tú por dónde! —se rio la abuela—. Pues entonces vamos al baúl.
El baúl estaba bajo la ventana: viejo, verde oscuro, con flores rojas y amarillas en la tapa y un candado de hierro en forma de corazón. Encima, en el alféizar, dentro de una jarra de barro, asomaba un manojo de hierba seca y dorada. En verano esa hierba había crecido en una caja larga del balcón, y Mirko la regaba. La abuela llamaba a la caja «mi campo», y Mirko se reía: ¿qué clase de campo es ese, si cabe en un balcón?
La abuela llamó tres veces a la tapa con los nudillos:
—Toc, toc, ¿quién vive aquí?
¡Crac! La tapa se levantó. Y el gato Ovillo, ¡zas!, ya estaba sentado en el baúl entre las toallas, como si viviera allí.
—¡Ovillo, hazte a un lado! —Mirko metió la mano bajo una toalla. Siempre quería tocarlo todo el primero.
Bajo la toalla algo crujió. Mirko sacó un manojo de espigas viejas. Eran de un dorado pálido, ligeras como plumas y estaban atadas con un hilo rojo. Chas-chas, susurraban las espigas.
—¿Es una escoba? —preguntó Mirko.
—¡Qué escoba ni qué nada! —se ofendió la abuela—. Es un didukh.
—¿Un didukh? ¿Como un abuelito?
—Casi. El didukh es el espíritu de la cosecha, el abuelito de todas las espigas. Antiguamente, en el pueblo, cuando se recogía el trigo, la última gavilla del campo, un gran haz de espigas, se llevaba a casa. Y en Nochebuena se ponía en el pokut, en el lugar de honor. Para que el verano se quedara de invitado en la casa todo el invierno.
—¿Y este de dónde es? —Mirko olió con cuidado las espigas. Olían a polvo y a sol.
—Este es del bisabuelo Iván. Tu mamá tenía entonces tu edad, y fuimos al pueblo del bisabuelo en Nochebuena.
La abuela se sentó en un taburete junto al baúl, y Mirko se acomodó a su lado, en la alfombrita.
—Aquella noche había tal ventisca que ni se veía el camino. Los tíos no llegaron hasta nosotros. La mesa estaba puesta, pero no había invitados. Tu mamá estaba sentada junto a la ventana, triste, dibujando en el cristal con la nariz. Y, para colmo, desde la mañana se nos había perdido el gatito. Naranja como una calabaza, y así lo llamábamos: Calabaza.
—¿Y luego?
—Y luego el bisabuelo Iván se puso el zamarro y dijo: «Sin didukh no se empieza la fiesta». Y cruzó el patio hacia el granero, donde se guardaba el grano. La nieve le llegaba a las rodillas y el viento se le llevaba el gorro. Tardó mucho. Y de pronto vemos por la ventana: por el patio avanza una gavilla. ¡Sola! Alta, más alta que el bisabuelo, y abajo solo unas botas: plin, plan.
Mirko se rio.
—El bisabuelo puso la gavilla en el pokut y dijo: «Bueno. Ya ha llegado el invitado. Y a un invitado hay que entretenerlo». Apenas lo dijo, ¡el didukh empezó a crujir! Chas-chas. Se balanceó a la izquierda. Se balanceó a la derecha. Luego dio un salto. Y estornudó: «¡Achís!».
—¿El didukh estornudó? —Mirko pegó un brinco.
—Estornudó —asintió la abuela—. Y se puso a bailar. Tu mamá se rio tanto que se olvidó de la ventana. Y el bisabuelo solo se retorcía el bigote y guiñaba un ojo. Así nos salvó el didukh la Nochebuena del aburrimiento.
—¡No fue así!
En la puerta estaba mamá con una fuente de varéniki.
—El didukh no bailaba solo —dijo—. Yo lo vi: por abajo le sobresalía un rabo. ¡Naranja!
—¡Calabaza! —exclamó Mirko.
—¡El mismo! Se había pasado todo el día durmiendo en el granero, en la gavilla calentita. Y el bisabuelo agarró la gavilla y la trajo a casa con gato y todo. Calabaza se despertó: ¿dónde estoy? Espigas por todas partes, cosquillas en la nariz... y por eso estornudaba. ¡Y luego salió de un salto, directo al hombro del bisabuelo!
—¿Y qué? —dijo la abuela, colocándose las gafas en la cabeza—. ¿No es lo que yo digo? El espíritu de la cosecha. Naranja y con bigotes.
Ahora se reían los tres. Y en el baúl algo crujió: chas-chas. Era Ovillo, que se había metido entre las toallas y fingía que no estaba allí.
—Abuela, ¿por qué está el didukh en el baúl? —preguntó Mirko—. Debería estar en el pokut.
—Después de las fiestas el didukh se deshacía —explicó la abuela—. De las espigas se sacaba el grano y se guardaba hasta la primavera. Y en primavera se mezclaba con el grano de siembra y se sembraba en el campo. Para que el campo nuevo naciera del viejo. Y este manojito lo ató el bisabuelo para tu mamá, de aquella misma gavilla, en recuerdo de Calabaza.
—¿Y de dónde sacamos espigas? —se apenó Mirko—. Nosotros no tenemos campo.
—¿Cómo que no? —La abuela le guiñó un ojo y bajó la jarra del alféizar.
Mirko se fijó mejor. ¡No era hierba en absoluto! En cada tallo había una espiga: firme, dorada, con finas barbitas.
—¡Pero si es del balcón! ¡Esto lo regaba yo!
—Tú lo regabas —asintió la abuela—. Y en primavera sembré en la caja un puñadito de granos del didukh viejo. Como hizo el bisabuelo en su día.
Mirko miró las espigas viejas y luego las nuevas. Se parecían como la abuela y mamá.
Se sentaron a la mesa. La abuela juntaba las espigas, y Mirko las sujetaba para que no se desparramaran. La abuela abrió los tallos de abajo en abanico, y el didukh se tuvo en pie sobre sus propios piececitos, como una gavilla pequeña. Arriba doblaron las espigas y las rodearon con el hilo rojo.
—Una vuelta. Dos, y otra más. Tres... ¡y lazo! —contaba Mirko.
Ovillo saltó a una silla, estiró el cuello por detrás de la jarra y olisqueó el didukh. ¡Achís!
—¡Salud, abuelito de todas las espigas! —dijo mamá.
Pusieron el didukh pequeño sobre el armarito, junto a la mesa de fiesta, en el mejor rincón. Y ya estaba el pokut en un piso de ciudad. Mamá trajo la kutia y la abuela, la compota. Y Mirko se inclinó hacia el didukh y golpeó suavemente el armarito:
—Toc, toc, ¿quién vive aquí?
Chas, respondieron las espigas.
Allí vivía el verano del balcón. Y también un poquito del verano del bisabuelo Iván.
—Abuela, ¿en primavera sembraremos sus granos?
—Los sembraremos —dijo la abuela—. Así vive el didukh: del campo a la casa, y de la casa otra vez al campo.





