Doña Ventisca
La trabajadora Olenka salta al pozo a por su huso y llega a casa de Doña Ventisca, cuyo edredón trae la nieve, y vuelve a casa cubierta de oro.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Un poco peligroso
Había una vez una viuda que tenía dos hijas. Su propia hija, Marta, era muy dormilona: le gustaba quedarse en la cama hasta el mediodía y darse un capricho con empanadillas. En cambio, su hijastra, Olenka, se levantaba antes que los gallos y se ponía a trabajar enseguida.
La madrastra elogiaba a Marta, pero a Olenka la mandaba de aquí para allá: a por agua, al horno, a la rueca. Todos los días la sentaba junto al pozo que había al borde del camino para que hilara hasta que se hiciera de noche.
Un día, Olenka hiló tanto tiempo que se le pusieron los deditos rojos de tanto frotar, y el huso también se tiñó de rojo. Se inclinó sobre el pozo para lavarlo, pero el huso, ¡plof!, se le resbaló de las manos y se hundió hasta el fondo.
Olenka se echó a llorar y corrió a contárselo a su madrastra.
—Si se te ha caído, ¡pues vas y lo sacas! —le gritó ella—. Y sin el huso no vuelvas a casa.
La niña regresó al pozo. Miró el agua oscura. Qué fría, qué honda… Cerró los ojos con fuerza y saltó.
Cuando los abrió, estaba tumbada en un prado verde. El sol calentaba, las flores olían de maravilla y las abejas zumbaban. ¡Qué cosa más asombrosa!
Olenka echó a andar por un sendero y, de pronto, vio un horno lleno de pan. Y el pan la llamaba:
—¡Ay, sácanos, sácanos! ¡Que nos vamos a quemar! ¡Hace rato que estamos hechos!
Olenka tomó la pala y, ¡una, dos y tres!, sacó todas las hogazas. Estaban doraditas y calentitas, y aún echaban vapor.
Siguió caminando y se encontró con un manzano cargadito de manzanas.
—¡Sacúdeme, sacúdeme! —le pidió el manzano—. ¡Mis manzanas ya están maduras!
Olenka sacudió las ramas y, ¡pum, pum, pum!, las manzanas cayeron como si lloviera. La niña las amontonó con cuidado y siguió su camino.
Por fin llegó a una casita. Por la ventana se asomaba una anciana con el pelo blanco como la nieve y unos dientes grandes, grandísimos. Olenka se asustó tanto que quiso salir corriendo.
—No tengas miedo, niña —le dijo la anciana con dulzura—. Quédate conmigo. Si cuidas bien de la casa, no te arrepentirás. Pero recuerda: cada mañana tienes que hacerme la cama y sacudir el edredón tan fuerte que vuelen las plumas. Cuando vuelan las plumas, en la tierra cae nieve. Porque yo soy Doña Ventisca.
Al oír aquella voz tan buena, a Olenka se le pasó el miedo de golpe. Y se quedó.
Hacía todo tal como le habían dicho. Cada mañana abría la ventana, tomaba el edredón por las puntas y, ¡sacude que sacude!, lo ahuecaba hasta que las plumitas revoloteaban por el aire como mariposas blancas. Y allá abajo, en la tierra, la gente miraba al cielo y se alegraba:
—¡Mirad, está nevando!
Los niños hacían muñecos de nieve y se tiraban en trineo, y los perros atrapaban los copos esponjosos con la boca: ¡ñam!
Olenka vivía muy a gusto en casa de Doña Ventisca. Nadie la reñía, todos los días había en la mesa una sopa humeante y, por la noche, empanadillas de manzana. Pero pasó el tiempo y la niña se puso triste.
—Quiero volver a casa —confesó un día—. Aquí estoy cien veces mejor, pero mi corazón sigue tirando hacia allí.
—Me alegra que eches de menos tu hogar —sonrió Doña Ventisca—. Y como me has servido de corazón, yo misma te acompañaré.
La tomó de la mano y la llevó hasta un portón muy alto. El portón se abrió y, en ese mismo instante, ¡empezó a caer una lluvia de oro! ¡Tilín, tilín! El oro se le pegaba a Olenka en el vestido, en la trenza, en las mangas, hasta que toda ella brilló como un solecito.
—Esto es por tu trabajo —le dijo Doña Ventisca, y le dio el huso, el mismo que se le había caído al pozo.
El portón se cerró, y Olenka apareció en la tierra, muy cerca de su casa. En el brocal del pozo había un gallo. En cuanto la vio, batió las alas:
—¡Quiquiriquí! ¡Nuestra señorita de oro ya está aquí!
Al ver tanto oro, la madrastra se volvió de repente amabilísima. Le preguntó todo con pelos y señales y pensó: «Que mi Marta consiga también esa suerte».
Así que sentó a Marta junto al pozo a hilar. Pero a Marta no le apetecía nada hilar. Se pinchó el dedo con un rosal silvestre, manchó el huso para que se pusiera rojo como el de Olenka, lo tiró al pozo, ¡chof!, y saltó detrás.
Marta apareció en el mismo prado y echó a andar por el mismo sendero. El pan la llamó desde el horno:
—¡Sácanos, sácanos, que nos vamos a quemar!
—¡Lo que me faltaba! —resopló Marta—. ¿Para ponerme perdida de hollín?
Y pasó de largo. El manzano le pidió:
—¡Sacúdeme, que mis manzanas ya están maduras!
—Sí, hombre, ¡para que me caiga una en la cabeza!
Y tampoco se detuvo.
Marta llegó a casa de Doña Ventisca. No se asustó de los dientes grandes, porque ya se lo había contado su hermana, y enseguida se ofreció a trabajar para ella.
El primer día, Marta se esforzó, porque no dejaba de pensar en el oro. El segundo ya empezó a holgazanear. Y el tercero ni siquiera quiso levantarse de la cama. No hacía la cama ni sacudía el edredón. Las plumas no volaban, y en la tierra no caía ni un copo.
Doña Ventisca aguantó y aguantó, hasta que al final le dijo:
—Será mejor que te vuelvas a casa, niña.
Marta dio un brinco de alegría: «¡Ahora me caerá el oro!». Se plantó bajo el portón, puso las manos… y desde arriba, ¡zas!, le cayó un cubo entero de brea negra y pegajosa.
—Esto es por tu trabajo —le dijo Doña Ventisca, y cerró el portón.
Mientras tanto, en casa, aquella noche Olenka estaba sentada junto a la ventana, arropada con un pañuelo calentito. Todos esos días había mirado al cielo cada noche. El primer día nevó, y luego ni un copo. Y de pronto empezaron a caer otra vez copos grandes y esponjosos.
—Alguien vuelve a sacudir el edredón —susurró Olenka—. Pero ¿quién será: Marta o la mismísima Doña Ventisca?
Chirrió la cancela. Marta llegó a casa negra de la cabeza a los pies. El gallo, desde el brocal, en cuanto la vio, batió las alas:
—¡Quiquiriquí! ¡Nuestra cochinota ya está aquí!
Marta frotó y frotó la brea con jabón, con arena y con agua caliente. ¡Pero nada! La brea no se le quitó en toda su vida.





