El pescador y su mujer
Un pobre pescador libera a una platija mágica, y su mujer, Ilsebill, pide cada vez más, hasta querer dar órdenes al mismísimo sol.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Un poco peligroso
Junto al mar, en una orilla pelada, vivía un pescador con su mujer, Ilsebill. Su choza era torcida y estrecha, con una sola ventanita y un tejado lleno de remiendos sobre remiendos. Los vecinos hasta le habían puesto nombre: el Cántaro.
Cada mañana el pescador tomaba su caña, bajaba a la orilla, se sentaba en una piedra y miraba el agua.
Un día, estaba allí sentado, sentado... cuando de pronto, ¡zas!, algo tiró. El sedal se tensó y la caña se dobló como un arco. Tira que tira el pescador... y saca a la arena una platija enorme: plana, con manchas y con los dos ojos en el mismo lado.
—Suéltame, pescador —dijo de pronto la platija con voz humana—. No soy un pez cualquiera, soy un príncipe encantado. ¿De qué te sirvo yo? Si ni siquiera tengo buen sabor.
Al pescador se le cayó la gorra del susto.
—Ya está, ya está —dijo, agitando las manos—. A un pez que habla lo habría soltado de todos modos. Anda, vete nadando.
Tomó la platija con cuidado con las dos manos y la dejó en una ola. La platija meneó la cola —¡chof!— y se fue al fondo, dejando en el agua un caminito de plata.
El pescador volvió a casa con las manos vacías.
—¿No has pescado nada? —preguntó Ilsebill.
—He pescado una platija —dijo él—. Pero se puso a hablar. Dijo que era un príncipe encantado. Así que la solté.
—¡¿Y no le pediste nada?! —exclamó Ilsebill, llevándose las manos a la cabeza.
—¿Y qué le iba a pedir?
—¿Cómo que qué? ¡Mira dónde vivimos! ¡En el Cántaro! Aquí no hay sitio ni para darse la vuelta. Vuelve y pídele una casa como es debido.
Al pescador no le apetecía nada. Pero no le gustaba llevarle la contraria a su mujer. Así que fue.
El mar ya no era como por la mañana: estaba verdoso, con reflejos amarillos. El pescador se plantó a la orilla del agua y gritó:
—Platija, platija, ¡sal del mar! Mi mujer me vuelve a mandar. Mi Ilsebill quiere más y más, y yo no pido nada jamás.
¡Chof! Y de la ola salió la platija.
—Bueno, ¿qué quiere?
—Pues... —titubeó el pescador—, dice que tendría que haberte pedido algo. Ya no quiere vivir en el Cántaro. Quiere una casita.
—Vete a casa —dijo la platija—. Ya la tiene.
Llegó el pescador y, en lugar del Cántaro, había una casita blanca y bien cuidada, con tejas rojas y un porche. Dentro había una sala, una despensa y una cocina con cazuelas de cobre brillando en la pared. Y detrás de la casa, un huertecito: manzanos, gallinas, patos.
—¿A que es bonita? —sonrió Ilsebill.
—Bonita —asintió el pescador—. Ahora sí que vamos a vivir bien.
—Ya veremos —dijo ella.
Pasó una semana, quizá dos. Una mañana Ilsebill dijo:
—Aquí estamos muy apretados. Y el huerto es diminuto. La platija podría darnos un castillo. De piedra, con torres. Ve a pedírselo.
—¡Mujer, si con la casita nos basta! No está bien volver otra vez.
—Anda, ve. Para ella eso es pan comido.
Al pescador le pesaba el corazón y los pies apenas le obedecían. El mar se había vuelto azul oscuro, casi morado, y ya no brillaba. Aunque todavía estaba en calma.
—Platija, platija, ¡sal del mar! Mi mujer me vuelve a mandar. Mi Ilsebill quiere más y más, y yo no pido nada jamás.
—Bueno, ¿qué quiere? —preguntó la platija.
—Ay —suspiró el pescador—. Quiere un castillo.
—Vete. Ya está esperando en la puerta.
Y así era: donde antes estaba la casita blanca, ahora se alzaba un alto castillo de piedra. La puerta se abrió sola: ¡ñiiic! En los salones brillaban espejos y lámparas de cristal, los criados hacían reverencias, en las mesas humeaba el asado y olía a pasteles recién hechos. Y detrás del castillo, un parque y un establo lleno de caballos.
—¿Y bien? —preguntó Ilsebill.
—Pues... es precioso —dijo el pescador, y siguió de puntillas para no manchar las alfombras—. Ahora sí que basta.
—Lo pensaremos —dijo Ilsebill.
A la mañana siguiente ella se despertó la primera y se asomó a la ventana. Alrededor, hasta donde alcanzaba la vista, se extendían campos, bosques y aldeas.
—¡Marido, levántate! ¿Ves cuánta tierra? Quiero ser reina de todo esto.
—¿Y para qué? Yo no quiero ser rey.
—Pues no lo seas. Pero yo sí quiero. Ve.
Fue el pescador. El mar se había puesto gris y turbio, las olas rodaban pesadas y olían a algas podridas.
—Platija, platija, ¡sal del mar! Mi mujer me vuelve a mandar. Mi Ilsebill quiere más y más, y yo no pido nada jamás.
—Bueno, ¿qué quiere?
—Quiere ser reina —dijo el pescador en voz muy bajita.
—Vete. Ya es reina.
El castillo había crecido el doble. En las torres ondeaban banderas y en la puerta había trompeteros: ¡tararí! E Ilsebill estaba sentada en un alto trono de oro, con una corona de diamantes.
—Ya está —dijo el pescador—. Ahora eres reina. Ya no quieres nada más, ¿verdad?
Ilsebill tamborileó con los dedos en el brazo del trono: toc, toc, toc.
—Me aburro. Reyes hay muchos en el mundo. Quiero ser emperatriz, para que todos los reyes se inclinen ante mí.
—¡Mujer! Emperatriz solo hay una en todo el mundo. Eso la platija no lo puede hacer.
—Yo soy la reina y tú eres mi marido. ¡Ve ahora mismo!
Ahora el mar estaba negro y espeso como la brea. El viento le arrancaba la gorra al pescador y las olas silbaban con crestas blancas. Al pescador le temblaba la voz.
—Platija, platija, ¡sal del mar! Mi mujer me vuelve a mandar. Mi Ilsebill quiere más y más, y yo no pido nada jamás.
—Bueno, ¿qué quiere?
—Quiere ser emperatriz.
—Vete. Ya es emperatriz.
Esta vez el trono era tan alto como un campanario, y la corona tan grande que Ilsebill apenas podía mantener la cabeza derecha. Ante ella se inclinaban reyes y príncipes. El pescador tuvo que echar tanto la cabeza hacia atrás que hasta le dolió el cuello.
—Bueno, mujer, ahora eres emperatriz. ¿Ya basta?
—Ya veremos.
Esa noche Ilsebill no durmió. Daba vueltas y más vueltas en la cama pensando qué más podía desear. Y poco antes del amanecer vio cómo, al otro lado de la ventana, salía despacio el sol.
—¡Ajá! —se incorporó de un salto—. ¡Sale y ni siquiera me ha preguntado! ¡Marido! ¡Quiero que el sol y la luna salgan cuando yo lo mande!
Del susto, el pescador se cayó de la cama: ¡pum!
—¡Mujer, entra en razón! ¡Eso no lo puede ni la platija!
—¡Y yo no puedo quedarme sentada viendo cómo sale el sol sin mi permiso! ¡Ve!
Fuera rugía una tormenta. Los árboles se doblaban hasta el suelo, de los montes rodaban piedras y en el cielo negro restallaban los rayos. Las olas se alzaban como montañas y en sus crestas hervía una espuma blanca. El pescador gritaba con todas sus fuerzas, pero ni él mismo se oía:
—Platija, platija, ¡sal del mar! Mi mujer me vuelve a mandar. Mi Ilsebill quiere más y más, y yo no pido nada jamás.
De las aguas negras salió la platija.
—Bueno, ¿y ahora qué quiere?
—Quiere... —el pescador bajó la mirada—. Quiere que el sol y la luna salgan cuando ella lo ordene.
La platija se quedó callada mucho rato. Luego dijo:
—Vete a casa. Ya está otra vez en su Cántaro.
¡Chof! Y se fue al fondo. El pescador no volvió a verla nunca más.
La tormenta se calmó tan de repente como había empezado. El pescador volvió a casa arrastrando los pies. No había castillo, ni torres, ni trompeteros, ni casita blanca, ni huerto con manzanos. Solo la choza torcida con su única ventanita y su tejado remendado.
En el banco junto a la mesa estaba sentada Ilsebill, con su vieja falda remendada y sin corona. Se miraba las manos y no decía nada.
—Pues ya ves —dijo el pescador en voz baja, y se sentó a su lado.
Ilsebill no contestó.
Y por la ventanita, el sol de la mañana se asomaba al Cántaro. Había salido solo, como salía cada mañana, sin pedirle permiso a nadie.





