Los doce meses
La madrastra manda a Marushka en invierno a buscar violetas, fresas y manzanas, y los doce meses, junto a su hoguera mágica, ayudan a la buena niña.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Un poco peligroso
Había una vez, en una aldea, una niña llamada Marushka. Vivía con su madrastra y con la hija de su madrastra, Holena. Holena se pasaba el día sentada junto a la ventana peinándose las trenzas, mientras Marushka acarreaba agua, barría la casa, ordeñaba la cabra e hilaba.
Por mucho que se esforzara Marushka, la madrastra no paraba de refunfuñar:
—¡Muy despacio! ¡Torcido! ¡Así no!
Pero los vecinos decían: «¡Qué muchacha tan buena y cariñosa!». Y Holena, al oírlo, resoplaba de rabia.
Un día de enero, mientras fuera la nieve se arremolinaba y el viento aullaba, Holena se desperezó en el banco y dijo:
—Quiero violetas. Azulitas y que huelan bien.
—¿Y de dónde las saco? —se extrañó Marushka—. Fuera la nieve llega hasta las rodillas.
—Pues ve al monte y búscalas —dijo la madrastra con un gesto de la mano—. ¡Y no vuelvas sin violetas!
¡Pum! La puerta se cerró detrás de Marushka.
Caminó y caminó. La nieve crujía bajo sus pies: cric, cric. El viento le pellizcaba las mejillas y los dedos se le quedaron helados. De pronto vio una lucecita que parpadeaba en lo alto de una montaña. Marushka fue hacia la luz, trepó hasta la misma cumbre y se quedó inmóvil.
Allí ardía una gran hoguera. Alrededor había doce piedras, y sobre las piedras estaban sentados doce hombres. Unos eran canosos como el invierno. Otros, jóvenes y alegres como la primavera. Otros, morenos por el sol como el verano. Y los demás, de barba pelirroja como el otoño. Por encima de todos se sentaba el más anciano, con una barba blanca hasta la cintura y un bastón en la mano. Eran los doce meses.
Marushka hizo una reverencia:
—Buena gente, ¿me dejáis calentarme junto al fuego?
—Caliéntate, criatura —asintió el anciano—. ¿Y qué haces andando por los montes con este tiempo?
—Busco violetas.
—¿Violetas? ¿En la nieve? —El anciano alzó las cejas.
—Me lo ha mandado mi madrastra. Sin ellas no puedo volver a casa —dijo Marushka en voz baja.
El viejo Enero se levantó y le tendió el bastón a un muchacho joven con una casaca verde:
—Hermano Marzo, siéntate en mi lugar.
Marzo se sentó en la piedra más alta y agitó el bastón sobre el fuego. Las llamas subieron de golpe: ¡fuuu! La nieve empezó a derretirse: plic, plic. Los arroyuelos se pusieron a murmurar y en los arbustos se hincharon los brotes. Y debajo de los arbustos, ¡qué maravilla!, florecieron las violetas, como si alguien hubiera extendido un pañuelo azul.
—Córtalas deprisa, Marushka —sonrió Marzo.
Marushka cortó una brazada entera, dio las gracias a todos y volvió corriendo a casa.
La madrastra abrió la puerta… y se quedó con la boca abierta. Toda la casa olía a primavera. Holena le arrebató las flores, las olió y ni siquiera dijo «gracias».
Pasó un día. Holena volvió a desperezarse:
—Quiero fresas silvestres. Rojas y dulces.
—Hermanita, en invierno no crecen fresas —suplicó Marushka.
—¡Pues ve y búscalas! —tronó la madrastra—. ¡Y no vuelvas sin fresas!
Otra vez Marushka avanzó a duras penas por la nieve, y otra vez vio la lucecita en la montaña. Los meses estaban sentados en sus piedras, igual que el día anterior.
—Buena gente, ¿me dejáis calentarme junto al fuego?
—Caliéntate, criatura. ¿Y qué buscas esta vez?
—Fresas —suspiró Marushka.
Enero le pasó el bastón a un muchacho moreno por el sol, con una espiga detrás de la oreja:
—Hermano Junio, siéntate en mi lugar.
Junio agitó el bastón, y el fuego llameó con tanta fuerza que llegó una oleada de calor. La nieve desapareció en un instante, la hierba se puso verde y zumbaron las abejas: bzzz. ¡Y entre la hierba todo estaba rojo, rojísimo de fresas!
Marushka se llenó el delantal, dio las gracias y volvió corriendo a casa.
La madrastra y Holena se comieron las fresas con tantas ganas que se chupaban los dedos. Y a Marushka no le dejaron ni una.
Al tercer día Holena dijo:
—Quiero manzanas. Coloradas y jugosas.
—¡Y no vuelvas sin manzanas! —añadió la madrastra.
Esta vez Marushka no discutió. Se envolvió en su pañuelo y se fue al monte. La lucecita ya la estaba esperando.
—Buena gente, ¿me dejáis calentarme junto al fuego?
—Caliéntate, criatura. ¿Y ahora qué buscas?
—Manzanas —susurró Marushka.
Enero le pasó el bastón a un hombre de barba pelirroja con una casaca color óxido:
—Hermano Septiembre, siéntate en mi lugar.
Septiembre agitó el bastón. La nieve se derritió y el bosque se cubrió de hojas amarillas y rojas. Y en medio del claro creció un manzano del que colgaban manzanas como farolillos.
—¡Sacúdelo, Marushka! —dijo Septiembre.
Marushka sacudió una rama. ¡Pum! Cayó una manzana. ¡Pum!, cayó otra.
—Basta —dijo Septiembre—. Tómalas y vete a casa.
Marushka le dio las gracias, hizo una reverencia y se fue corriendo.
—¿Por qué solo dos? —le soltó la madrastra—. ¡Seguro que las demás te las has comido por el camino!
—No, no me dieron más —respondió Marushka.
Holena le dio un mordisco a la manzana: ¡ñam! Nunca en su vida había probado nada tan dulce.
—Iré yo misma —anunció—. ¡Sacudiré el árbol hasta llenar un saco entero!
Se puso un abriguito de piel, agarró un saco y se marchó al monte. Llegó a la hoguera, se abrió paso a empujones hasta las llamas y ni siquiera saludó.
—¿Qué se te ha perdido por aquí? —preguntó Enero.
—Eso no es asunto tuyo, abuelo —bufó Holena.
Enero frunció el ceño y agitó el bastón por encima de su cabeza. De repente el cielo se oscureció. ¡Uuuuh! Se desató una ventisca. La hoguera desapareció, y los meses también. Holena daba vueltas y más vueltas: ¿dónde estaba el monte, dónde el sendero, dónde la aldea?
La madrastra esperó a su hija hasta el anochecer. Y entonces pensó: «Seguro que allí arriba hay tantas manzanas que no es capaz de parar. ¡Iré yo también a sacudir el árbol!». Se echó el abrigo por encima, agarró otro saco y se marchó también al monte. Pero la ventisca la atrapó a ella también.
Aquella noche Marushka no se acostó. Encendió la estufa, puso una vela en la ventana para que se viera desde lejos y se asomaba fuera una y otra vez.
Y fuera aullaba la ventisca. Pasó la noche, pasó el día. La vela se consumió, y Marushka puso otra nueva. Pero nadie llamó a la puerta.
Ni la madrastra ni Holena volvieron a casa. Se perdieron en aquella ventisca, y nadie las volvió a ver.
Marushka se quedó sola en la casita. Como siempre, acarreaba agua, barría la casa, ordeñaba la cabra e hilaba. Solo que ahora nadie refunfuñaba: «¡Muy despacio! ¡Torcido! ¡Así no!».
Pasaron los años. Marushka se hizo mayor, y un labrador bueno y trabajador de la misma aldea le pidió que se casara con él. Vivieron juntos, felices y en buena armonía.
Y los meses siguieron dando vueltas, cada uno a su tiempo. Marzo le traía violetas; Junio, fresas; Septiembre, manzanas. Y a Marushka nunca le faltó de nada.





