El muñeco de nieve
Un muñeco de nieve pregunta a un viejo perro por el mundo y sueña con la estufa calentita; con el deshielo se derrite, y entonces se entiende por qué.
- Un poco triste
Aquel año el invierno fue frío, pero que muy frío. Los niños hicieron rodar tres bolas de nieve en medio del patio, las pusieron una encima de otra, y ¡ya estaba el muñeco de nieve! Le hicieron los ojos con dos trocitos de teja roja y la boca con un trozo de rastrillo viejo. Y para que no se torciera, le clavaron por dentro un hierro viejo que encontraron en el trastero.
—¡Ay, qué gusto! —dijo el muñeco de nieve en cuanto los niños se fueron corriendo a cenar—. ¡El frío me cruje por dentro!
Por encima de la valla colgaba un círculo rojo enorme que lo miraba fijamente.
—¿Y tú qué miras? —le dijo el muñeco de nieve—. ¿Crees que voy a parpadear? ¡Ya puedes esperar sentado!
A decir verdad, de todas formas no sabía parpadear.
—¡Grrr-guau! —gruñó alguien con voz ronca junto al cobertizo.
Era Sirko, el viejo perro del patio. Estaba sentado junto a su caseta, atado con una cadena, canoso y greñudo.
—El sol ya te enseñará a correr —dijo el perro—. Se lo enseñó al muñeco del año pasado y al del año anterior. Echaron a correr y, ¡hala!, ya no estaban.
—No entiendo nada de nada —se extrañó el muñeco de nieve—. ¿Esa cosa roja me va a enseñar a correr?
En ese momento, el círculo rojo se zambulló detrás de la valla y por el otro lado asomó otro: redondo, blanco y tranquilo.
—¡Ajá, ha huido! —se alegró el muñeco de nieve—. ¡Le he dado miedo! Y ahora se asoma por el otro lado, ¡y ya está pálido!
—Eso no es el sol, es la luna —refunfuñó Sirko—. Ya veo que no sabes nada de nada. No pasa nada, ya aprenderás. Y el tiempo va a cambiar pronto. Me duele la pata trasera izquierda, y ella siempre lo sabe.
El perro se metió en la caseta, dio unas vueltas y se durmió. Y el muñeco de nieve se quedó allí pensando qué sería eso de «cambiar» y cómo podía saberlo una pata.
Por la mañana, el mundo se volvió de plata. Durante la noche había caído escarcha, y cada ramita del jardín se cubrió de una pelusilla blanca, como si alguien la hubiera repasado con un pincel finito. Brilló el sol y todo empezó a relucir y a centellear, como si hubieran espolvoreado el jardín con azúcar.
Junto a la cancela pasaron dos personas: una chica con un gorrito de piel y un chico con un abrigo largo de piel de oveja.
—¡Qué bonito! —exclamó la chica—. ¡Y qué muñeco de nieve tan precioso!
Se echaron a reír, saludaron al muñeco con la cabeza y siguieron su camino, haciendo crujir la nieve con las botas.
—¿Quiénes son esos? —le preguntó el muñeco de nieve al perro—. ¿Los conoces?
—Pues claro —bostezó Sirko—. Ella me acariciaba y él me daba huesos. A esos no los muerdo.
—¿Y también son muñecos de nieve?
—¡Ay, madre mía! —suspiró el perro—. Pues claro que no. Viven en la casa.
El muñeco de nieve quiso preguntar qué era eso de «la casa», pero de pronto se fijó en algo curioso. Abajo, justo debajo del porche, brillaba una ventanita. Detrás de ella algo de color naranja parpadeaba y zumbaba, y hasta desde allí parecía que estaba calentito, calentito.
—¿Qué es eso? —susurró el muñeco de nieve—. Lo de la ventanita.
—La estufa —dijo Sirko, y su voz se volvió más suave—. Yo vivía allí cuando era cachorro. Chiquitín, así de pequeño. Dormía en una alfombrita junto a la estufa, y estaba tan calentito que hasta se me movían las patitas en sueños. Me daban de comer, me acariciaban, me llevaban en brazos.
—¿Y por qué estás ahora aquí fuera?
—Crecí —el perro se rascó una oreja—. Y un día, el señorito pequeño me quitó un hueso. ¡Mi propio hueso! Y yo, ¡zas!, lo agarré del pantalón. No le hice daño, solo le di un susto. Por eso me sacaron al patio, con la cadena. Desde entonces tengo la voz ronca.
El muñeco de nieve escuchaba sin apartar los ojos de la ventanita. Por dentro sintió un cosquilleo muy raro.
—Quiero ir allí —dijo—. Hasta la estufa. Aunque sea un ratito, para estar a su lado.
—Tú no puedes —ladró Sirko—. Te pones al lado de la estufa y, ¡chof!, te quedas hecho un charco.
—Pues quiero ir de todos modos —contestó el muñeco de nieve en voz baja—. No sé por qué. Es como si ese fuera mi sitio.
El muñeco de nieve se pasó todo el día mirando la ventanita. Y siguió mirándola por la tarde, cuando la estufa brillaba todavía más. Y por la noche, cuando la luna pasaba por encima del tejado. Hasta soñó (si es que los muñecos de nieve duermen) que estaba junto a la estufa y que ella le zumbaba: «Acércate, acércate».
Y entonces el tiempo cambió de verdad. Sopló un viento suave y empezó a gotear del tejado: plic, plic, plic. La nieve del patio se volvió gris y se fue hundiendo.
—¿Lo ves? —dijo Sirko—. Ya te lo dije: la pata lo sabe.
El muñeco de nieve no contestó nada. Seguía allí, mirando la ventanita. Cada vez estaba más delgado, y la sonrisa de rastrillo se le fue torciendo un poco hacia un lado. El sol ya no le parecía un enemigo: calentaba igual que aquella estufa. El muñeco de nieve sentía un calorcito muy agradable y pensó: «Así que esto es el calor. Qué bien se está».
Una mañana se oyó un suave «plof», y el muñeco de nieve ya no estaba. En su lugar quedó un montoncito de nieve mojada, dos trocitos de teja y un trozo de rastrillo. Y en medio asomaba un viejo atizador de hierro, el mismo que los niños habían encontrado aquel día en el trastero.
—¡Así que era eso! —dijo Sirko, y se quedó mucho rato mirando el atizador—. Ahora lo entiendo: por eso quería llegar hasta la estufa. Llevaba un atizador dentro. ¿Y dónde tiene que estar un atizador? Junto a la estufa.
Los niños salieron corriendo, vieron el charco y al principio se pusieron tristes. La más pequeña hasta sorbió por la nariz.
El hermano mayor recogió el hierro, le sacudió la nieve y se sorprendió:
—¡Pero si es un atizador! Lo llevaré junto a la estufa, que ahí es donde tiene que estar.
Y la hermanita ya se había olvidado de llorar: al pie de la valla, entre la nieve, asomaba la primera campanilla de invierno. Se limpió la nariz con la manopla y sonrió.
Sirko se quedó mirando cómo llevaban el atizador a casa, hasta que la puerta se cerró tras él.
—Pues ya está —dijo en voz baja—. Ya pasó.
Del tejado caían gotas, los gorriones piaban y los niños corrían por el patio llamando a la primavera. Ya nadie se acordaba del muñeco de nieve. Se acabó el invierno, y con él, la historia del muñeco de nieve.





