Rexik, Trika y la lluvia de estrellas
Trika quiere atrapar una estrella fugaz, Rexik ve que las estrellas se apagan muy arriba y la «estrella» de papá no es ninguna estrella.
- Un cuento tranquilo
Aquella tarde, en el Valle de los Helechos, cenaron junto al río. El papá de Rexik había pescado peces, mamá los había puesto sobre unas hojas anchas y Trika, que había venido de visita, crujía sus helechos. Sobre el agua ya se encendían las primeras estrellas.
—Cuando yo era pequeño como tú —dijo papá, y se relamió—, ¡atrapé una estrella fugaz!
—¿Una de verdad? —Trika dejó hasta de masticar.
—¡De las de verdad! Volaba y volaba, y yo, ¡zas!, la atrapé. Se quedó en mi pata, parpadeando y haciéndome cosquillas.
—¿Y dónde está ahora? —preguntó Rexik.
Papá se rascó la ceja.
—Pues… por la mañana se fue volando. Las estrellas, ¿sabes?, no quieren estar mucho rato en una pata.
Mamá no dijo nada, solo sonrió hacia el río.
Trika se puso de pie de un salto:
—¡Yo también atraparé una! ¡Rexik, vamos de noche a la Colina Redonda! ¡Desde allí el cielo está más cerca!
—¿De noche? —Rexik miró los helechos oscuros—. ¿Y si mejor no?
—¡Ay, Don Mejor-No!
—Justo hoy habrá lluvia de estrellas —dijo mamá con calma—. La tía Frila ya ha dado permiso; lo hablé con ella a mediodía.
—¿Y cómo sabías que te lo iba a pedir? —preguntó Trika con la boca abierta.
—Las orejas de mamá lo oyen todo —le guiñó un ojo mamá—. Hasta lo que solo estás a punto de decir.
Rexik pegó un brinco. ¡Nunca, nunca le habían dejado pasar toda la noche despierto!
Hacia la Colina Redonda salieron los cuatro. Delante iba Trika con sus pasos fuertes, detrás Rexik y, al final, como dos montañas, mamá y papá. La luna colgaba como una uña finita, pero había tantas estrellas como granos de arena en la orilla. Abajo, en la hierba junto al arroyo, parpadeaban lucecitas verdosas: parpadeo, y nada; parpadeo, y otra vez.
—¡Trika, mira, aquí también hay estrellitas! —susurró Rexik.
—Esas no son las buenas —le quitó importancia Trika—. ¡Yo quiero una de verdad, del cielo!
Arriba, todos se acomodaron sobre las piedras calientes y alzaron la cabeza. Papá empezó a cantar bajito una canción sobre las estrellas. Cantaba tan desafinado que Trika siseó:
—¡Chsss! ¡Las vais a espantar!
De pronto, ¡zas!, cruzó el cielo una rayita plateada.
—¡Es mía! —gritó Trika, y echó a correr cuesta abajo.
Pero la rayita ya había desaparecido. ¡Zas!, otra, en un lugar completamente distinto. Trika dio media vuelta y corrió hacia allá. ¡Zas! ¡Zas! Ahora dos a la vez.
—¡Quietas! ¡Caed aquí! —Trika trepó al peñasco más alto y agitó la cola como si fuera un cazamariposas.
—Trika, baja —le pidió Rexik—. ¿Y si mejor no?
—¡Yo primero hago y luego pienso! —Y saltó del peñasco para agarrar una estrella en pleno vuelo.
¡Pum! Trika cayó en un matorral de helechos. Primero asomó una gola amarilla y luego una carita enfurruñada.
—¿Por qué no me caen en las patas? —refunfuñó—. ¡Con lo que me esfuerzo!
Rexik no corría. Se quedó sentado, callado, mirando. Y notó algo raro: ninguna estrella llegaba al suelo. Cada una se encendía muy, muy arriba, avanzaba un poquito y se apagaba. Más arriba aún de donde vuelan los quetzalcoatlos. Más arriba incluso que las nubes más altas.
—Mamá —susurró—. Se apagan. Ya allá arriba.
Mamá se tumbó a su lado en la hierba.
—Porque no son estrellas de verdad, hijo. Las estrellas de verdad son enormes y están lejísimos. Nuestro sol también es una estrella, solo que cercana. Y las estrellas de verdad no se caen a ninguna parte.
—¿Y entonces qué es lo que vuela?
—Piedrecitas diminutas del espacio, más pequeñas que un grano de arena. Van tan rápido que, al entrar en el aire, se ponen al rojo, se encienden y se consumen. Muy, muy arriba, mucho antes de llegar al suelo.
Trika salió del helecho, se sacudió la gola y se acercó.
—¿Entonces no atraparé ninguna nunca? —dijo, sorbiéndose la nariz.
—Nadie la atrapará —dijo mamá con dulzura—. Ni siquiera el tiranosaurio más grande.
Y así es. Las estrellas fugaces son motas de polvo del espacio que se consumen en el aire. Las lluvias de estrellas ya existían en tiempos de los dinosaurios y siguen existiendo: en una noche despejada se pueden ver también hoy.
Trika se volvió hacia papá:
—¿Y usted? ¡Usted sí la atrapó!
Papá tosió. Miró al cielo. Miró a mamá. Luego se agachó, muy, muy abajo, hacia la hierba donde parpadeaban las lucecitas verdosas. Una se elevó, dio una vuelta y se le posó justo en la nariz.
—Pues… —murmuró papá—. Aquí está. Mi estrella fugaz.
En la punta de la enorme nariz de papá estaba posada una luciérnaga que parpadeaba como si guiñara un ojo.
—¡Una luciérnaga! —exclamó Rexik.
—Yo era muy pequeño —suspiró papá—. Se me posó en la pata, parpadeaba y hacía cosquillas. Y yo pensé…
Trika resopló, luego soltó una risita y luego se echó a reír tan fuerte que la gola le temblaba. Rexik también se rio. Hasta papá se contagió, y con su carcajada la luciérnaga se despegó de la nariz y se fue volando a la hierba, con los suyos.
Trika ya no corrió más tras las estrellas. Se tumbó boca arriba y contaba: «Veintiuna… veintidós…». Volvieron a casa cuando el cielo del este empezaba a ponerse gris. Trika bostezaba y murmuraba mientras andaba: «Cuarenta y siete… cuarenta y ocho…». No había atrapado ninguna estrella, pero tampoco se había perdido ni una.
Al pie de la colina, Rexik pisó algo duro y soltó un «¡ay!». En la hierba había una piedrecita, pequeña y negra como un carbón. Rexik la recogió y se quedó sorprendido: tan diminuta y tan pesada, como si fuera tres veces más grande.
—Mamá —susurró—. ¿Y si es una piedrecita del cielo? ¿Una de las que sí llegaron?
Mamá dio vueltas a la piedrecita en la pata.
—Las de hoy se han consumido todas, tú mismo lo has visto. Pero a veces del cielo caen piedras más grandes y sí llegan hasta el suelo. Quizá esta sea de esas. O quizá sea una piedra normal del río.
—¿Y cómo lo sabemos?
—Eso no lo sabe nadie —dijo mamá con sinceridad.
Trika se paró en seco.
—¡Yo he pasado toda la noche cazando estrellas —protestó— y tú solo mirabas el suelo!
Rexik se acostó cuando ya había amanecido del todo. Puso la piedrecita negra en su estantería, junto a los demás tesoros, y se acomodó en el nido.
—Cuando yo era pequeño como tú —empezó papá, medio dormido—, atrapé una luna entera…
—Eso ya lo he oído —sonrió mamá—. Ayer era una luciérnaga.
Rexik miró su estantería. Entre sus tesoros había una piedrecita negra: tal vez de un río cualquiera, tal vez del mismísimo cielo. Y como no lo sabía nadie, ni siquiera mamá, le parecía todavía más maravillosa.





