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Cuentos

Rexik y la cartera Quetza

La cartera Quetza le trae a Rexik una carta misteriosa de tres palabras, y él y Trika cruzan el valle para ver si ha pasado algo malo.

Serie «Rexik» · cuento 3 de 9

Dibujos para colorear de este cuento

  • Un poco de miedo
Para las familias

Ayer, durante el desayuno, mamá dijo:

—Mañana, hijo, es un día especial.

—Ajá —asintió Rexik. Estaba dándole vueltas entre las patitas a una piedrecita con una veta dorada y ya no escuchó más. Asintió… y se le olvidó.

Y esta mañana una sombra cayó sobre el nido. Una sombra grande, grandísima, tanto que todo el claro se volvió gris.

¡Fiuuush! Y sobre la hierba se posó Quetza, la cartera del valle. Alas gris azuladas, un pico largo, una cresta en la cabeza y, cruzada al hombro, una bolsita de hojas.

—¡Buenos días, Rexik! ¡Ay, he volado y volado! Viento sobre el río, viento sobre las rocas, y a mí ni me importa. ¡Mira qué alas! Soy el animal volador más grande que ha existido nunca, ¿lo sabías?

—Lo sabía —dijo Rexik. Quetza lo decía todas las mañanas.

—¡Y no digas que soy un dinosaurio!

—Si no lo digo.

—¡Soy un reptil volador! —Quetza metió el pico en la bolsita—. Toma. Una carta para ti.

Era una hoja verde y ancha. Alguien había arañado en ella tres palabras. Rexik se fijó bien: cada rayita era doble, como si las hubieran arañado con dos garras a la vez.

—¿Y qué dice aquí? —preguntó. Rexik todavía no sabía leer.

Quetza entornó los ojos.

—«Piedra. Helecho. Río». No, espera… «Helecho. Río. Piedra». ¿O al revés? ¡Ay, estas palabras son tan inquietas que no hay manera de que se estén quietas!

—¿Y de quién es?

—¡Secreto de cartera! —Quetza soltó una risita dentro del pico, quién sabe por qué.

Rexik miró a su alrededor. Mamá y papá no estaban en casa: se habían ido a alguna parte antes del amanecer. Una carta sin nombre. Un nido vacío. Tres palabras raras.

—¿Y si ha pasado algo malo? —susurró Rexik.

¡Pom, pom, pom! Trika irrumpió en el claro con los cuernitos por delante.

—¿Qué carta? ¿De quién? ¿Adónde vamos?

—«Río. Piedra. Helecho» —leyó Quetza muy contenta.

—¡El río es lo que está más cerca! —exclamó Trika—. ¡Corramos!

—¿Y si mejor no? —preguntó Rexik—. ¿Y si primero lo pensamos?

—¡Yo primero hago y luego pienso! ¡Vamos, Don Mejor-No!

Rexik suspiró, tomó la hoja y fue tras ella arrastrando los pies.

Quetza volaba sobre ellos y hablaba sin parar: de una nube con forma de pez, del viento que le hacía cosquillas en las alas, de la abuela Anki, que ayer había recibido dos veces la misma carta.

Trika, a toda carrera, ¡chof!, se tiró al río. Las salpicaduras llegaron hasta el cielo y los pececillos salieron disparados en todas direcciones.

—¡No hay nadie! —gritó, empapada de los cuernitos a la cola—. ¡Ni problemas ni cartas!

—Porque has salpicado toda el agua —dijo Rexik.

Pero él no miraba el agua, sino la arena. Allí había huellas: grandes, profundas, de tres dedos. Y al lado, otras un poco más pequeñas. Los dos rastros iban desde el río directos a los helechos.

—Por aquí ha pasado alguien —dijo Rexik en voz baja—. Alguien grande.

La cola empezó a temblarle.

—¡Mejor todavía! —Trika salió a la orilla y se sacudió tan fuerte que empapó a Rexik de la cabeza a los pies—. Uy. Perdona. Me he dado un poco de prisa.

Quetza se metió entre la hierba junto al agua, ¡zas!, con el pico, ¡ñam!, y se tragó una rana entera.

—¿Es que ni siquiera masticas? —se sorprendió Trika.

—¿Con qué? —se rio Quetza, y abrió bien el pico—. ¡Si no tengo ni un dientecito! ¿Y para qué los quiero, con un pico así? Bueno, el río ya lo hemos encontrado. Ahora… el helecho. ¿O la piedra? ¡Ay, ya lo averiguaréis vosotros!

Los helechos eran altos, más altos que Rexik, y susurraban: shis, shis. Las huellas se metían entre ellos y desaparecían.

En medio del sendero estaba sentada la abuela Anki, masticando despacio una hoja. Sobre su caparazón se mecía una flor.

—¡Abuela Anki! —llamó Trika—. ¿Ha pasado por aquí alguien grande?

—¿Quién ha salido del huevo? —preguntó la abuela—. ¡Nadie ha salido del huevo! ¡Yo no sé nada, a mí no me han dicho nada!

Rexik y Trika se miraron.

—¡GRANDE! —repitió Trika con todas sus fuerzas—. ¡Alguien GRANDE!

—¡Ah, grande! —se alegró la abuela—. La Piedra Grande está por allí.

Y movió la cola. La cola de maza, ¡bum!, y tres helechos quedaron tumbados en el suelo. Detrás apareció un sendero y, al final del sendero, asomaba gris la Piedra Grande.

Junto a la piedra todo estaba en silencio. En mucho silencio.

—¿Y si mejor no? —susurró Rexik.

Pero Trika ya corría. Rexik tragó saliva. ¡No iba a dejarla ir sola! Y salió trotando detrás de ella.

De pronto, desde detrás de la piedra, alguien rugió:

—¡Feli-i-iz Dí-í-ía del Hue-e-evo-o-o!

Tan desafinado que todos los mosquitos salieron volando de los helechos. Era papá el que cantaba, enorme, con sus cejas pobladas. A su lado, el tío Cuerno rugía todavía más fuerte para que papá no lo superara, y la tía Frila se reía tanto que le temblaba la gorguera. Y mamá estaba junto a un montoncito de pescado fresco y un montoncito de helechos jugosos, sonriendo.

—¿Día del Huevo? —preguntó Rexik, desconcertado—. ¿De quién?

—El tuyo, hijo —dijo mamá—. Ya te lo dije ayer: mañana es un día especial.

—Se me olvidó…

—Lo sé. Dijiste «ajá». Pero las orejas de mamá lo oyen todo, hasta un «ajá».

Desde arriba, ¡fiuuush!, Quetza se posó sobre la piedra.

—¡He mezclado las palabras a propósito! ¡Para que fuera una adivinanza de verdad! ¡Ay, qué difícil ha sido callarme, casi reviento!

Rexik miró la hoja. Rayitas dobles. Dos garras, como las que tiene cualquier tiranosaurio en cada manita.

—¡Así que la escribiste tú, mamá!

Mamá le guiñó un ojo.

—Pues yo supe enseguida que no pasaba nada malo —anunció Trika.

—¡Pero si gritaste «corramos»!

—Bueno. Y corrí.

—Cuando yo era pequeño como tú —retumbó papá—, en mi Día del Huevo los quetzalcoatlus me trajeron un río entero.

—¿Un río entero? —resopló el tío Cuerno—. A mí, dos.

La tía Frila se reía más fuerte que nadie, y Quetza ya alzaba el vuelo: ¡tenía que contárselo a todo el valle!

Por la noche, Rexik puso la hoja en su estante, junto a la piedrecita con la veta dorada. Las tres palabras estaban tranquilas, cada una en su sitio.

Luego se acurrucó en su nidito de helechos y bostezó.

—Bueno —susurró mamá—, ¿la próxima vez te acordarás de tu día especial?

—Ajá —murmuró Rexik.

Mamá se rio bajito:

—Ese «ajá» ya lo he oído antes.

¿Te ha gustado el cuento?

Un cuento original escrito para esta web.

Para las familias

De qué trata

La cartera Quetza le trae a Rexik una carta extraña de tres palabras, y mamá y papá no están en casa. Con la incansable Trika, recorre el valle para resolver el enigma, aunque tiene un poco de miedo. A los niños les gusta descubrir las pistas con Rexik y reírse de la charlatana Quetza.

Qué enseña

  • Valentía
  • Curiosidad
  • Familia

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Qué pistas de que no era un problema, sino una fiesta, se podían ver antes de llegar a la Piedra Grande?
  • ¿Por qué Rexik fue hasta la piedra aunque tenía miedo?
  • ¿Por qué Quetza mezcló a propósito las palabras de la carta? ¿A ti te gustaría resolver una adivinanza así?

En casa

Escribe a tu peque una carta-adivinanza con tres palabras-pista que lleven a una pequeña sorpresa en casa. Luego, cambiad los papeles: que sea él quien esconda algo para ti.

Una frase para recordar

«Rexik tragó saliva. ¡No iba a dejarla ir sola!»

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