Rexik, Trika y la competición de los papás
El papá de Rexik y el tío Cuerno compiten a ver quién es más fuerte, mientras las mamás salvan en silencio de la crecida los nidos con huevos.
Dibujos para colorear de este cuento
- Un poco peligroso
Por la noche, en las montañas que hay sobre el Valle de los Helechos, tronó y llovió. Al valle solo llegaron unas gotas, y por la mañana todo humeaba.
Rexik estaba sentado a la orilla del arroyo, buscando el tesoro del día. El arroyo estaba hoy muy raro: marrón y turbio, y en vez de murmurar, gruñía, como si estuviera enfadado. Junto a Rexik pasó una ramita, ¡fiu!, y ya no estaba.
—Mamá, ¿por qué va tan rápido el arroyo? —preguntó Rexik.
Mamá levantó la cabeza y aguzó el oído. El collar de conchas que llevaba al cuello tintineó suavemente.
—Porque ha llovido en las montañas —dijo—. Las orejas de mamá lo oyen todo. Hasta lo que dice el arroyo.
En ese momento, entre los helechos, ¡pum, pum, pum!, llegó Trika corriendo. Detrás, sin prisa, venían su mamá y su papá: la alegre tía Frila y el severo tío Cuerno.
—¡Rexik! —gritó Trika—. ¡Vamos a saltar el arroyo!
Rexik miró el agua turbia.
—¿Y si mejor no? Hoy está enfadado.
—¡Ay, Don Mejor-No! —se rio Trika.
Entonces salió de detrás de los árboles el papá de Rexik, se estiró y soltó un rugido que se oyó en todo el valle:
—¡BUENOS DÍAS!
El tío Cuerno dio un salto y, por si acaso, bajó los cuernos.
—¿Por qué ruges así?
—Pero si ha sido bajito —se rio el papá—. Cuando yo era pequeño como tú… bueno, como Rexik, rugía tan alto que se caían las nubes del cielo.
—Las nubes no se caen —gruñó el tío Cuerno—. Y, además, yo puedo rugir más alto.
—¿Tú? ¿Más alto que un tiranosaurio?
—Más alto. ¡Y más fuerte!
La tía Frila soltó un resoplido de risa tan sonoro que de los helechos salieron volando las libélulas. Y la mamá de Rexik no dijo nada. Miró largo, larguísimo rato el arroyo marrón y luego susurró a Frila:
—Vamos, Frilita, competiremos nosotras también. Pero bajito.
Frila miró también el arroyo… y dejó de reír de golpe.
Al juez lo encontraron enseguida los papás. Por el sendero avanzaba con calma la abuela Anki, una vieja anquilosaurio de caparazón pardo verdoso. En su lomo crecía una flor: la abuela caminaba tan despacio que a la flor le daba tiempo de crecer.
—¡Abuela Anki! —gritó el papá—. ¡Sea usted la jueza! ¿Quién rugirá más alto?
—¿Quién roncará más alto? —repitió la abuela—. Pues roncad, hijitos, roncad.
—¡RU-GI-RÁ!
—Ah, rugirá. Pues rugid. Pero no mucho, que mis nietos aún duermen en sus huevos, allí, en la orilla baja.
El papá llenó el pecho de aire:
—¡R-R-R-R-R!
El tío Cuerno clavó las patas en el suelo:
—¡MU-U-U-O-O-O!
De los árboles cayeron hojas. De los claros vecinos llegaron corriendo triceratops y arrastrándose anquilosaurios: ¿qué pasaba? Enseguida todo el valle se reunió alrededor de los papás.
—Empate —anunció la abuela Anki—. No he oído nada.
Luego los papás se pusieron a empujar una piedra. El papá de Rexik la empujó con el costado, y la piedra rodó hasta un arbusto. El tío Cuerno la empujó con los cuernos, y la piedra rodó aún más lejos.
—¡Ajá! —se alegró el tío Cuerno.
—Gana el que la haya empujado más cerca —dijo la abuela—. Gana… este, el colorado.
—¡El que MÁS LEJOS! —gritaron los dos papás.
La abuela se volvió para oír mejor, y su cola de maza, ¡zas!, lanzó la piedra a los arbustos. Nadie volvió a verla.
Rexik se rio con todos y luego miró a su alrededor. Mamá no estaba por ninguna parte. Y la tía Frila tampoco.
—Trika, ¿dónde están nuestras mamás?
—Se habrán ido a por helechos —respondió Trika, quitándole importancia—. ¡Mira, mira, ahora viene lo más gracioso!
Rexik miró al suelo. Por la tierra mojada se alargaban unas huellas: las de mamá, con tres dedos largos, y las de Frila, anchas y redondas. Y al lado, largos surcos, como si alguien hubiera arrastrado algo pesado. Las huellas bajaban hacia la orilla baja.
Mientras tanto, los papás habían inventado una tercera competición: ver quién aguantaba más tiempo sobre una pata. El papá de Rexik levantó una pata y se tambaleó. El tío Cuerno pensó mucho, porque un triceratops tiene cuatro patas y no estaba claro cuántas levantar. Al final levantó nada menos que tres… y se tambaleó más todavía.
Para no caerse, el papá se puso a cantar. Cantaba tan desafinado que hasta la abuela Anki lo oyó y puso mala cara.
—El que aguante más tiempo sobre la cabeza —anunció—, ese…
—¡Sobre una PATA!
Rexik ya no se reía. Escuchaba. El arroyo gruñía ahora no donde por la mañana, sino más abajo, donde estaba la orilla baja.
—Trika —susurró—. El arroyo va hacia los nietos de la abuela Anki.
Trika dio media vuelta al instante.
—¡Yo primero hago y luego pienso! —y salió corriendo tras las huellas.
—¿Y si mejor no?… —chilló Rexik. Pero ya corría detrás de ella.
En la orilla baja el agua se había salido del cauce y se arrastraba por la arena. Y en la arena, en hoyitos calentitos, había huevos. Los dinosaurios no llevaban los huevos a cuestas: los ponían directamente en la tierra, en hoyos, y los cubrían con arena y hojas para que se mantuvieran calientes. El agua fría enfría un nido así en un santiamén.
Pero entre el agua y los nidos ya había un dique de piedras y troncos. La mamá de Rexik hacía rodar otra piedra enorme. El collar lo tenía salpicado de barro. La tía Frila sujetaba un tronco con la cabeza y resoplaba. Ninguna rugía ni competía. Solo trabajaban, y el agua, gruñendo, se desviaba hacia el viejo cauce seco, lejos de los nidos.
—¡Yo ayudo! —gritó Trika, y tiró de una piedra justo de debajo del dique.
¡Ssss! Por la rendija salió agua a chorro.
—Ay… —Trika se quedó helada—. No he pensado.
—Ponla otra vez, hija —dijo con calma la tía Frila.
Trika puso la piedra en su sitio y se puso roja hasta la gola.
Pero Rexik miraba con atención. Debajo del tronco más grande, justo donde nadie había mirado, ¡glu, glu!, subían burbujitas. Un hilillo fino de agua se colaba a escondidas hacia los nidos.
—¡Mamá! ¡Ahí, debajo del tronco, hay un agujero!
Mamá acercó una piedra plana, la tía Frila la sujetó con la cabeza, y Rexik y Trika taparon las rendijas con guijarros y barro. El agua gorgoteó, gruñó… y se fue por el viejo cauce. Los nidos quedaron secos y calentitos.
—¡Esto sí que es una competición! —se rio la tía Frila a carcajadas por toda la orilla—. ¡A ver quién rueda más piedras!
—Ya por la mañana oí que el arroyo no gruñía porque sí —sonrió mamá.
Rexik se agachó junto al barro. Allí había un guijarro con un agujerito de lado a lado, que el agua habría tardado cien años en hacer. El tesoro del día.
Cuando volvieron al claro, los papás seguían sobre una pata. Mejor dicho: el papá sobre una, y el tío Cuerno sobre una de cuatro. Los dos se bamboleaban como helechos al viento, y todo el valle los miraba.
—¡Abuela! —gritó Rexik con todas sus fuerzas—. ¡Las mamás han hecho un dique en el arroyo! ¡Sus nietos están secos!
—¿Qué, qué? —la abuela Anki levantó la cabeza—. ¿Quién ha rodado más piedras? ¡Haberlo dicho enseguida!
Pensó un momento y luego anunció:
—¡Ganan las mamás! Han rodado más piedras que nadie, y a ellas se las ha oído menos.
Los papás se miraron. El papá de Rexik bajó la pata, el tío Cuerno bajó las suyas tres —¡pum, pum!— y los dos se sentaron en un charco.
—Hemos perdido —dijo el papá.
—Los dos —dijo el tío Cuerno. Y por primera vez se rio junto a un tiranosaurio, y tan fuerte que le tembló el cuerno mellado.
Por la noche, Rexik puso el guijarro con el agujero en su estante, junto a los demás tesoros, y se acurrucó en el nido.
—Cuando yo era pequeño como tú —empezó el papá—, yo solito hice un dique en todo un río. ¡Con la cola!
—Eso ya me lo sé —sonrió mamá—. Ayer lo cruzaste de un salto.
Rexik miró por el agujero del guijarro a mamá, luego a papá, y cerró los ojos. Lejos, el arroyo gruñía, ya por donde lo habían desviado las mamás.





