Por qué el Sol y la Luna viven en el cielo
El Sol y la Luna, muy hospitalarios, invitan a su amiga el Agua con todos sus habitantes, pero el Agua no para de crecer y crecer.
- Un poco peligroso
Hace muchísimo tiempo, cuando el cielo todavía estaba vacío del todo, el Sol y la Luna vivían en la tierra. Tenían una casita de barro con tejado de paja y, junto a la casita, un patio pequeño con dos palmeras.
El Sol era muy amable y hospitalario. Casi todos los días iba a ver a su mejor amiga: el Agua. El Agua vivía detrás de la colina, en un valle muy ancho, y siempre recibía a su invitado con alegría: ¡chap, chap!, y ya corría a su encuentro con sus olas.
Se quedaban juntos hasta el anochecer. El Sol contaba las novedades, el Agua murmuraba cancioncillas y los peces saltaban entre las olas para escuchar también.
Pero había una cosa que entristecía al Sol.
—¿Por qué nunca vienes a vernos? —le preguntó un día—. Yo he ido a tu casa ya cien veces, y tú a la mía, ni una.
El Agua suspiró tan hondo que hasta los juncos se mecieron.
—Me encantaría —dijo—. Pero vuestra casita es pequeña y yo soy mucha. Y además no voy sola. Conmigo vienen todos los míos: peces, cangrejos, ranas, tortugas y hasta un cocodrilo. Os echaríamos de casa.
—¡Anda ya! —se rio el Sol—. Ya nos apañaremos.
—No, no —negó el Agua meneando una ola—. Si quieres que vaya, construye un patio grande, grandísimo. Tan grande que no se le vea el final.
El Sol volvió a casa pensativo. En la puerta lo esperaba la Luna.
—¿Por qué estás tan triste? —le preguntó.
El Sol se lo contó todo.
—¡Pues a construir! —dijo la Luna, y se arremangó.
A la mañana siguiente se pusieron manos a la obra. Amasaban barro, cargaban palos, tejían esteras de junco. ¡Toc, toc!, levantaban las paredes. ¡Fris, fras!, cubrían el tejado. De día, el Sol secaba los ladrillos con sus rayos, y de noche la Luna se alumbraba ella sola y seguía trabajando.
Y el patio crecía y crecía, hasta que se hizo tan grande que desde un extremo no se veía el otro. Y en el centro se alzó una casa con un tejado altísimo.
—Bueno —dijo la Luna secándose la frente—, ahora ya puede venir el río entero si quiere.
El Sol fue corriendo a ver al Agua.
—¡Ya está! Ven mañana, te esperamos.
A la mañana siguiente, los anfitriones pusieron una alfombrilla nueva junto a la puerta, prepararon gachas y colocaron en la mesa unos plátanos muy dulces. Justo cuando lo tenían todo listo, oyeron: glu, glu, glu…
Junto a la puerta estaba el Agua y, detrás de ella, todos sus habitantes, hasta donde alcanzaba la vista.
—¿Puedo pasar? —preguntó.
—¡Pasa, pasa! —exclamaron el Sol y la Luna.
Y el Agua entró a borbotones en el patio. Los primeros en llegar nadando fueron los peces: plateados, rojos, a rayas. ¡Hop, hop!, saltaron las ranas. Despacito avanzaban las tortugas, y los cangrejos, de lado, de lado. El último en entrar fue el cocodrilo. Se limpió las patas muy educadamente en la alfombrilla, pero esta se empapó enseguida y se fue flotando.
Al poco rato, el agua les llegaba a los anfitriones por las rodillas.
—¿Pueden pasar más de los míos? —preguntó el Agua.
El Sol y la Luna se miraron. Eran sus invitados: ¿cómo no iban a dejarlos entrar?
—¡Pasad, pasad!
Pero el Agua no dejaba de subir. Ahora ya chapoteaba a la altura de la cintura. Las ranas se habían sentado en la mesa y se estaban terminando las gachas. Los cangrejos se escondieron debajo del banco. Una tortuguita se acomodó en la panera y cerró los ojitos, muy satisfecha.
—¿Pueden pasar más de los míos? —volvió a preguntar el Agua.
—¡Pasad, pasad! —respondieron los anfitriones, aunque ya un poco más bajito.
Al poco tiempo, el agua les cubría la cabeza. El Sol y la Luna tuvieron que subirse al tejado. Allí estaban, sentados en lo más alto, con los pies colgando, mientras abajo pasaba nadando el cocodrilo y los saludaba muy cortés con la cola.
—¿Pueden pasar más de los míos? —gritó el Agua desde abajo.
El Sol miró a la Luna. La Luna miró al Sol. ¿Acaso se echa a los amigos?
—¡Pasad, pasad!
Y entonces el agua rebosó por encima del tejado. Al Sol se le mojaron los talones, y a la Luna, el borde de la capa.
—¡Ay! —chilló el Sol.
No había adónde ir. El Sol dio un salto y, ¡qué maravilla!, no volvió a caer, sino que salió volando hacia arriba. La Luna se agarró a uno de sus rayitos y voló detrás de él. Más alto que las palmeras, más alto que las nubes, más alto que los pájaros… hasta llegar al mismísimo cielo.
Allí había mucho sitio, todo estaba tranquilo y completamente seco. El Sol estiró sus rayos y la Luna se sacudió la capa.
—Pues aquí no se está nada mal —dijo ella—. Y hay sitio de sobra.
—Y se ve lejos, lejísimos —sonrió el Sol.
Miraron hacia abajo y vieron que el Agua se había extendido muy, muy lejos, y en ella, como en un espejo, se reflejaban sus caras.
—¡Ya os dije que éramos muchos! —se rio el Agua, y todas sus olas se rieron con ella.
Y así fue como el Sol y la Luna se quedaron a vivir en el cielo. Pero no se olvidaron de su amiga. El Sol alumbra al Agua todos los días para que esté calentita, y al atardecer baja mucho, muchísimo, y la roza con su borde, como si se pasara un momentito a visitarla. Entonces el agua se vuelve rosa y dorada.
La Luna viene por la noche. Se asoma sin hacer ruido a cada estanque, a cada río, a cada charquito que queda después de la lluvia. Los peces duermen, las ranas ya no croan, y el Agua le cuenta muy bajito, entre chapoteos, cómo le ha ido el día.
Esta noche también se asomará: al estanque que hay a las afueras del pueblo y, quizá, a tu ventana. Mirará si todos están acostados, si todos están bien tapados. Y luego seguirá navegando por el cielo, callada y plateada, hasta que se despierte el Sol.





