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Cuentos

Pulgarcita

Una diminuta niña nacida de un tulipán escapa de un sapo, un abejorro y un topo ciego, y la golondrina que salvó la lleva a un cálido país de flores.

  • Un poco de miedo
  • Un poco triste
  • Un poco peligroso
Para las familias

Había una vez una mujer que deseaba mucho tener un hijito, aunque fuera pequeñísimo. Fue a ver a una vieja hechicera, y esta le dio un granito de cebada.

—Plántalo en una maceta —dijo la hechicera—. Verás lo que crece.

La mujer plantó el granito y al día siguiente ya asomaba de la tierra un brote verde, y tras él una flor grande, parecida a un tulipán. Sus pétalos estaban muy apretados, como si la flor aún estuviera pensando en algo.

—¡Qué bonita eres! —dijo la mujer, y besó los pétalos rojos.

¡Cloc! La flor se abrió. Y dentro, sobre el pistilo verde, estaba sentada una niña no más grande que una pulgada, es decir, que la falange de arriba de un dedo. Por eso la llamaron Pulgarcita.

Su camita era una cáscara de nuez, su colchón, pétalos de violeta, y su manta, un pétalo de rosa. De día la mujer ponía sobre la mesa un plato con agua y colocaba en él un pétalo de tulipán, y Pulgarcita navegaba sobre él como en una barquita, remando con dos crines blancas de caballo. Y cantaba, muy bajito, tan bonito como nadie había oído jamás.

Una noche, mientras Pulgarcita dormía en su cáscara, por un cristal roto entró de un brinco, plof, plof, un sapo. Grande, mojado, lleno de verrugas.

—¡Ya tengo una novia para mi hijo! —croó, agarró la cáscara con la niña dentro y se fue dando saltos hasta el pantano.

Su hijo era igual que su madre, solo que además perezoso. Vio a Pulgarcita y no dijo más que:

—¡Cruac, cruac, brequeque-quex!

—Calla, que la vas a despertar —le chistó el sapo—. Se nos escaparía, es ligera como el plumón de un cisne. La pondremos en una hoja de nenúfar en medio del río, de allí no podrá huir, y mientras tanto arreglaremos la casita.

Por la mañana Pulgarcita despertó sobre una hoja verde, con agua por todas partes y la orilla muy lejos, y lloró amargamente. Llegó nadando el sapo con su hijo y se inclinó hasta tocar el agua:

—Este es mi hijito, tu novio. ¡Viviréis en el fango, y viviréis muy bien!

—¡Cruac, cruac, brequeque-quex! —fue lo único que añadió el hijito.

Bajo la hoja nadaban unos pececillos. Lo habían oído todo y asomaron la cabeza fuera del agua.

—¿Tan bonita y al fango? ¡No puede ser! —decidieron los pececillos.

Entre todos se pusieron a roer el tallo que sujetaba la hoja, y royeron y royeron hasta que, ¡crac!, lo partieron. La hoja se fue con la corriente, lejos, muy lejos, adonde los sapos ya no podían alcanzarla. Sobre Pulgarcita revoloteó una mariposa blanca y se posó en la hoja. La niña se quitó el cinturón, ató un extremo a la mariposa y el otro a la hoja, y la hoja salió disparada aún más deprisa.

Y entonces, ¡zum!, llegó volando un abejorro grande. Agarró a Pulgarcita con sus patitas y se la llevó a un árbol. La mariposa siguió su camino, y la niña se quedó en la rama, temblando.

El abejorro la obsequió con miel y le dijo que era muy bonita, aunque no se parecía nada a un abejorro. Pero llegaron de visita otros abejorros. Las señoritas abejorro movieron las antenas y resoplaron:

—¡Solo tiene dos patitas!

—¡Y no tiene antenas!

—¡Qué cintura tan delgada, puaj! ¡Igualita que una persona!

El abejorro escuchó y escuchó, y acabó creyendo él mismo que Pulgarcita era fea. La bajó al suelo y la puso sobre una margarita:

—Vuela adonde quieras.

Pero ella no sabía volar. La niña se sentó en la margarita y lloró, porque pensaba que era tan fea que ni los abejorros la querían. Y eso que era la más hermosa que se pueda imaginar.

Todo el verano vivió Pulgarcita sola en el bosque. Se tejió una hamaca de hierba y la colgó debajo de una hoja de bardana para que la lluvia no la mojara. Comía néctar de las flores y bebía rocío. Pero pasó el verano, pasó el otoño y llegó el invierno. Los pájaros que le cantaban se marcharon, la bardana se marchitó y los copos de nieve caían sobre ella como si le echaran una pala entera de nieve.

Helada, Pulgarcita llegó a la casita de una ratona de campo, bajo el rastrojo.

—¡Ay, pobrecita! —dijo la ratona, juntando las patitas—. Entra, caliéntate. Quédate todo el invierno, solo ordena mi casa y cuéntame cuentos, porque los cuentos me encantan.

Así fue como Pulgarcita se quedó con la ratona. Y la ratona tenía un vecino, un topo. Andaba con un abrigo negro de terciopelo, tenía grandes despensas y una casa grande, pero no veía nada de nada. No le gustaba el sol, no le gustaban las flores, porque nunca las había visto, y solo hablaba mal de ellas.

—¡Ahí tienes un novio! —susurraba la ratona—. ¡Rico y con abrigo de piel!

El topo cavó un largo pasadizo desde su casa hasta la de la ratona e invitó a las vecinas a pasear. Y en medio del pasadizo yacía una golondrina. Las alas pegadas al cuerpo, las patitas encogidas: seguramente estaba helada.

—Cantó y cantó todo el verano —gruñó el topo, y la empujó con el pie—. Y ahí la tienes. Menos mal que mis hijos no serán pájaros.

Pulgarcita no dijo nada. Pero por la noche no podía dormir. Tejió con heno una manta, se coló en el pasadizo y cubrió a la golondrina. Se acurrucó contra ella, y allí: ¡tum... tum... tum! ¡Un corazón latiendo! La golondrina no estaba helada, solo entumecida de frío.

A Pulgarcita le dio miedo, porque la golondrina era enorme y ella era como una pluma de golondrina. Pero no huyó. Todo el invierno le llevó a escondidas agua en una hojita de menta y la mantuvo caliente.

En primavera, cuando el sol calentó la tierra, la golondrina dijo:

—¡Súbete a mi lomo, volemos al bosque verde!

—No —suspiró Pulgarcita—. La ratona se pondrá triste si me marcho así.

—¡Entonces adiós, niña buena! —y la golondrina se elevó hacia la luz del sol.

Y a Pulgarcita le entró tanta tristeza. Ahora la ratona no la dejaba salir, porque había que coser el ajuar. El topo, en efecto, pidió su mano, y cuatro arañitas hilaban tela para ella día y noche. Cada tarde venía el topo con su abrigo y decía que la boda sería en otoño, cuando el sol ya no abrasara tanto.

—No quiero casarme con él —decía Pulgarcita en voz baja.

—¡Tonterías! —resoplaba la ratona—. ¡No inventes! ¡Un novio así, con un abrigo así! ¡Ni la reina tiene uno igual!

Y llegó el otoño, y con él el día de la boda. Pulgarcita salió al umbral a despedirse del sol.

—¡Adiós, sol brillante! —dijo, y abrazó una florecilla roja que crecía junto a la madriguera—. Si ves a la golondrina, dale recuerdos de mi parte.

—¡Pío, pío! —sonó de pronto sobre su cabeza.

¡Era la golondrina! Había oído que iban a casar a Pulgarcita con un topo que vivía bajo tierra, adonde el sol nunca se asoma.

—Pronto volverá el invierno —dijo la golondrina—, y yo vuelo a los países cálidos. ¡Ven conmigo! Tú me salvaste, ahora yo te salvaré a ti.

Esta vez Pulgarcita no dudó. Se subió al lomo de la golondrina, se ató con el cinturón a la pluma más fuerte, y echaron a volar: sobre bosques, sobre mares, sobre montañas donde hay nieve. Cuando hacía frío, Pulgarcita se escondía entre las plumas calientes.

Por fin llegaron al país cálido. Allí el sol brillaba más, en los árboles crecían limones y naranjas, y junto a un lago azul se alzaba un viejo palacio de mármol blanco. La golondrina dejó a Pulgarcita sobre una gran flor blanca. ¿Y qué vio? En medio de la flor estaba sentado un hombrecito transparente, como de cristal, tan diminuto como ella. En la cabeza llevaba una corona de oro y a la espalda, alas brillantes. En cada flor vivía aquí un elfo así, y él era su rey.

—¡Qué hermosa eres! —dijo el pequeño rey. No decía «cruac, cruac», no contaba las patitas ajenas y no le gustaba la oscuridad. Se quitó la corona y se la puso a Pulgarcita en la cabeza—: ¡Sé la reina de todas las flores!

Pulgarcita aceptó. De cada flor salieron elfos volando y le llevaron regalos, y el mejor regalo fueron unas alas transparentes. Ahora ella también podía volar de flor en flor. Y le pusieron un nombre nuevo, Maya, porque una niña tan hermosa merece un nombre hermoso.

La golondrina, en otoño, voló de vuelta al norte, a su nidito sobre la ventana. Allí vivía un hombre que sabía contar cuentos. Ella le cantó «pío, pío», y él lo escribió todo hasta la última palabra. Por eso sabemos cómo una niña diminuta que una vez dio calor a un corazón ajeno encontró ella misma su primavera.

¿Te ha gustado el cuento?

Adaptado de: Hans Christian Andersen, 1835

Para las familias

De qué trata

Una niña diminuta nacida de una flor parecida a un tulipán va a parar a casa de un sapo, de un abejorro y de un topo ciego. Los niños escuchan fascinados la camita de cáscara de nuez, la barquita de pétalo y el «¡Cruac, cruac, brequeque-quex!» del sapo.

Qué enseña

  • Bondad
  • Valentía

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué Pulgarcita no huyó de la golondrina, aunque era enorme y le dio miedo?
  • Las señoritas abejorro dijeron que Pulgarcita era fea. ¿Tenían razón? ¿Por qué les creyó el abejorro?
  • ¿Por qué Pulgarcita no quería vivir con el topo, aunque era rico?

En casa

Haz con tu hijo un cuartito para Pulgarcita: una tapa será la cama, un trozo de tela la manta, un botón el plato. Deja que sea él quien invente qué más necesita alguien tan pequeña.

Una frase para recordar

«Tú me salvaste, ahora yo te salvaré a ti.»

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