Timko se muda de casa
La familia de Timko se muda a una casa nueva en el Claro de los Fresnos: hay que despedirse de Canelo, de Miga y de la casita vieja, y hacer un amigo nuevo.
- Un poco triste
La casita de Timko en la Robleda era redondita, con musgo en el tejado. Antes era justo para tres. Pero llegó Lili, creció, aprendió a correr, y la casita se quedó estrecha como una cáscara de nuez. Pisaras donde pisaras, allí estaba la pelota de Lili, la cucharita de Lili o la propia Lili.
Así que papá se pasó todo el verano yendo al otro lado del bosque y construyendo una casa nueva: más grande, con puerta verde y porche, en el Claro de los Fresnos, junto al Arroyo Cantarín. Y hoy la familia se mudaba.
Desde por la mañana mamá estaba horneando. Una tarta, otra, una tercera…
—Mamá, ¿para qué tantas? —se extrañó Timko.
—Voy a hornear una tarta, por si acaso —sonrió mamá, y metió en el horno la cuarta.
Timko solo resopló. ¿Qué casos? Todo en la casa estaba ya en hatillos y cestas. La cocina vacía retumbaba como un hueco de árbol: dices «oh» y las paredes te contestan «oh».
Papá se quedó junto a la puerta de la cocina y estuvo mucho rato mirando el marco. Allí había clavada una tablita, y en ella, rayitas de lápiz: la altura de Timko. Junto a cada rayita, papá había dibujado un dibujito minúsculo: un corazón, una mochila, una estrella, una cruz de tirita, un diente. Más abajo corría una segunda fila, la de Lili, solo puntitos, porque Lili todavía era pequeña.
—¿La dejamos aquí? —preguntó Timko en voz baja. Se puso tan triste que le picó la nariz.
Papá no dijo nada. Cogió unas tenazas —cric, cric— y sacó con cuidado los clavitos. La tablita quedó entre sus patas.
—Nos la llevamos —dijo papá—. Si no, ¿cómo vamos a saber cuánto has crecido?
Timko se apretó contra papá. Y Lili vino corriendo y se apretó también, porque ella hacía todo como Timko.
Fuera esperaba el carro de papá, lleno de hatillos. Y junto al carro, Canelo y Miga.
—¡He venido el primero a despedirme! —gritó Canelo—. ¡Yo primero!
Se lanzó a abrazar a Timko, tan fuerte que casi lo tira de las patas. Miga se acercó despacito: la misma Miga a la que Timko había acompañado una vez con el farolillo hasta su madriguera. Se puso de puntillas y le colocó bien la bufanda roja a Timko.
—¿Tienes miedo? —le preguntó Timko—. Sin mí, digo.
—Solo un poquitito —dijo Miga. Luego lo pensó y añadió con sinceridad—: Pero triste, mucho.
Los tres se quedaron callados. Todavía ayer todo era sencillo: por la mañana la guardería, después de comer el escondite bajo el roble, por la tarde «¡hasta mañana!». Y ahora no se podía decir «hasta mañana». El Claro de los Fresnos estaba lejos, al otro lado del bosque. De allí no se viene corriendo todos los días.
—Ven a visitarme —gruñó Canelo, y sorbió por la nariz—. No, mejor voy yo a verte. Voy yo primero, ¿vale?
—Vale —dijo Timko, y la voz se le quedó finita, finita.
Mamá repartió las tartas: a la mamá de Canelo, a la abuela de Miga, a los erizos vecinos e incluso al viejo tejón, que salió a ver qué era aquel jaleo. Y una tarta, envuelta en un paño, la puso en lo más alto del carro.
—¿Y esta para quién es? —preguntó Timko.
—Por si acaso —dijo otra vez mamá.
De pronto —¡zas!— la abuela Lechuza bajó volando del roble y se posó en el borde del carro.
—Abuela, ¿y usted? —le temblaron los bigotes a Timko—. Si usted se queda aquí…
—¡Uh, uh! Ahí va una adivinanza —dijo Lechuza, y se ajustó las gafas—. Para las patitas, un día entero de camino; para las alas, tres aleteos. ¿Qué es?
Timko pensó y pensó, y no lo adivinó.
—No importa —le guiñó Lechuza—. Por la tarde me lo dirás.
—¿Cómo voy a decírselo, si usted estará aquí y yo allí?
—Pues piénsalo —ululó la abuela Lechuza.
Cric, cric, el carro echó a rodar. Papá tiraba, mamá llevaba la cesta, Lili iba arriba entre los hatillos, y Timko caminaba detrás mirando atrás una y otra vez. La casita redonda se hacía más pequeña, más pequeña aún, y al final se escondió tras los robles. Timko sabía que ya no volverían allí. La casita se quedó en pie, sola, vacía y callada, y a él se le puso el pecho pesado, como si se hubiera tragado una piedrecita.
El camino serpenteó mucho rato, entre avellanos, entre helechos, por clarillos soleados. Y por fin aparecieron los fresnos, esbeltos y claros, y entre ellos la casa nueva. Grande, olía a virutas frescas, con puerta verde y porche.
—Esta es tu ventana —señaló papá—. Tu habitación.
¡Una habitación propia! Todavía ayer Timko soñaba con ella. Y ahora estaba en el umbral y no podía dar ni un paso. La casa era bonita, pero ajena.
Timko se detuvo, resopló por la nariz y dijo:
—Inspiro, espiro… ¡y adelante!
—¡Inspilo! ¡Espilo! ¡Adelante! —chilló Lili, y fue la primera en entrar corriendo en la casa, tap, tap, tap.
Timko se rio. Ayudó un poquito. Solo un poquito.
Para no quedarse en el umbral, se fue al arroyo. El agua sonaba entre las piedrecitas, tilín, tilín: por algo era el Arroyo Cantarín. De pronto, ¡chapu!, del agua saltó alguien mojado y liso, con un gorro de baño turquesa, dio una voltereta en el aire y otra vez, ¡chapu!
—¡Chapu, y listo! —gritó la nutria pequeña, asomando junto a la orilla—. ¿Tú quién eres?
—Timko. Nosotros… nos hemos mudado aquí.
—¡Yo soy Chapu! Vivo aquí. ¿Sabes echar barquitos de hojas? ¿Y bucear? ¿Y atrapar olas con la nariz?
Timko no sabía nada de eso. Se quedó allí sin saber qué decir. En casa, con Canelo, las palabras salían solas, pero aquí no.
Y entonces se acordó. Corrió hasta el carro y encontró arriba del todo la tarta envuelta en el paño.
—Mamá, ¿puedo?
—¿No te lo dije? —sonrió mamá—. Por si acaso.
Así se supo para quién era aquella tarta de más. Timko y Chapu se sentaron en una piedra tibia, comieron, echaron migas a los pececillos, y Chapu le enseñó a doblar una hoja para hacer un barquito. El primer barquito de Timko se volcó enseguida.
—¡Chapu, y se acabó! —se rio Chapu a carcajadas—. No pasa nada, mañana te enseño. Mañana vendrás, ¿verdad?
—Vendré —dijo Timko. Y él mismo se sorprendió de lo fácil que le salió.
Al caer la tarde, papá clavó la tablita en el marco nuevo de la cocina. Toc, toc, y ya estaba en su sitio, como si siempre hubiera estado allí.
—Ponte —dijo papá.
Timko se puso muy derechito y estiró el cuello. Papá le apoyó la pata en la coronilla y empezó a rebuscar en los bolsillos.
—¿Dónde está mi lápiz?
Timko señaló en silencio la oreja de papá. El lápiz, como siempre, asomaba justo allí.
Papá trazó una rayita nueva —¡más alta que el diente!— y dibujó junto a ella una casita diminuta. La primera rayita en el sitio nuevo. Lili, claro, también quiso, y abajo apareció otro puntito suyo.
Luego Timko entró por primera vez en su habitación. Puso el farolillo de la abuela en el alféizar, se sentó en la cama y se quedó viendo cómo los fresnos se ponían azules fuera. Las sombras de allí eran nuevas, desconocidas, y sintió un poco de desasosiego.
De pronto, en la ventana se encendieron dos lucecitas de ámbar.
—¡Abuela! —Timko saltó hasta la ventana—. ¡Ya lo adiviné! ¡Es el camino a nuestra casa nueva! ¡Para las patitas, un día entero; para usted, tres aleteos!
—¡Uh, uh, lo adivinaste! —ululó satisfecha la abuela Lechuza—. Ya te dije que por la tarde me lo dirías.
Hablaron mucho rato por la ventanita. Timko le contó de Chapu, del barquito que se volcó y de la rayita nueva con la casita. Y luego preguntó:
—Abuela, ¿Canelo y Miga también vendrán volando?
—No tienen alas, Timko —dijo Lechuza con dulzura—. Vendrán de visita. No cada día, pero vendrán.
Timko se quedó callado. Mañana, bajo el viejo roble, volverían a jugar al escondite, pero ya sin él. Y en la casita redonda con musgo en el tejado nadie diría ya «oh» para oír cómo contestaban las paredes. Eso le daba tristeza, y esa tristeza no se iba a ninguna parte.
Pero en la cocina colgaba la tablita con todas las rayitas, las viejas y la nueva. A una casita vieja no te la puedes llevar. Pero todo lo que creció en ella, te lo llevas.





