Timko y el orinal grande
El erizo Timko ya usa su orinal pequeño, pero al grande, como el de mamá y papá, le tiene miedo, hasta que papá saca una cuerdecita.
- Un cuento tranquilo
Había una vez en la Robleda un erizo llamado Timko. Ya sabía ir solito al orinal. Al pequeño, el rojo, con asa en forma de orejita.
—¡Yo solo! —decía Timko cada vez, y resoplaba con orgullo por la nariz.
Una mañana mamá dijo:
—Timko, ya eres mayor. ¿Y si pruebas el orinal grande? Como el que tenemos papá y yo.
El orinal grande estaba en un cuartito pequeño. De madera, alto, con tapa. Y en el medio, un agujero. ¡Redondo, redondísimo, enorme!
Timko se asomó y —¡zas!— se hizo una bolita. Eso hacen todos los erizos cuando tienen miedo.
—¿Y si me caigo ahí dentro? —chilló la bolita—. ¡Como una bellota en un hueco!
Mamá le acarició las púas.
—Veo que tienes miedo. Es normal.
Y se fue a la cocina.
—Voy a hornear una tarta, por si acaso.
A la mañana siguiente, Timko fue a visitar el orinal grande.
—Buenos días, orinal —dijo muy educado—. ¿Verdad que no me vas a comer?
El orinal no dijo nada.
—Mañana —decidió Timko—. Mañana me siento en ti.
Y corrió hacia el suyo, el pequeño.
Y a la mañana siguiente, Timko fue corriendo a ver a papá.
—¡Papá, en el orinal grande vive una rana! Se está bañando ahí.
Papá se asomó al cuartito. No había ninguna rana.
—Entonces se habrá ido a buscar setas —dijo Timko—. ¡Mañana!
Papá se quedó callado un momento. Luego sacó una cuerdecita.
—Siéntate en el tocón, hijo.
Timko se sentó. Papá lo midió con la cuerdecita: así, y también así. Quería apuntarlo.
—¿Dónde está mi lápiz?
Timko soltó una risita y señaló con la patita la oreja de papá. El lápiz, como siempre, asomaba por allí.
Papá se fue al taller. Durante un buen rato se oyó desde allí: ris-ras, el serrucho; toc-toc, el martillo. Y mamá, mientras tanto, ya estaba horneando la segunda tarta. Por si acaso.
Después de comer, papá sacó dos cosas. Un escalón de madera con una estrellita tallada. Y un asiento redondo, justo del tamaño de Timko. Papá lo colocó sobre el orinal grande —¡clac!— y el agujero se hizo pequeño. Ya no era enorme, sino justo el que hacía falta.
Timko miró el escalón. El asiento. A papá. Luego se detuvo, resopló por la nariz y dijo:
—Inspiro, espiro… ¡y adelante!
Subió al escalón: top. Se sentó: ¡plof! ¡Ahí estaba! Y no se caía a ninguna parte.
—¡Yo solo! —gritó Timko por toda la Robleda—. ¡Yo solo en el grande!
Mamá se echó a reír y fue a buscar las tartas. Las dos. Como siempre, salieron demasiadas, así que una se la llevaron a la abuela Lechuza.
Y el orinal pequeño y rojo se lo acercó Timko a Lili con mucha ceremonia.
—Ahora es tuyo. Yo ya he crecido.
Lili gateó alrededor del orinal, lo olisqueó… y sentó en él a su conejito de trapo.
—¡No, no! —se rio Timko—. ¡Al conejito todavía es pronto! Si es muy pequeñito.
Luego papá puso a Timko junto a la tablilla del marco de la puerta de la cocina y trazó una raya nueva por encima de sus púas. Timko ya sabía dónde buscar el lápiz, y se lo sacó él mismo a papá de detrás de la oreja. Papá dibujó junto a la raya una estrellita diminuta.
Timko miró la estrellita y resopló con orgullo:
—¡Yo solo! Bueno, y el escalón de papá… un poquitito.





