Timko va al médico
El erizo Timko asusta a su hermanita Lili con cuentos de miedo sobre el médico, y luego va él mismo a la revisión y a la vacuna con el doctor Castor.
- Un poco de miedo
Había una vez, en la Robleda, un erizo llamado Timko. Con él vivía su hermanita Lili. Ya sabía gatear y agarraba todo lo que veía.
Aquella mañana Lili gateó hasta Timko… ¡y zas, le pellizcó la orejita!
—¡Ay! —chilló Timko. Pero al momento ya se reía—: ¡Si ya ni me duele!
—Timko —dijo mamá—, después del desayuno iremos al doctor Castor. Te examinará y te pondrá una vacuna.
Una vacuna es un pinchazo. Timko frunció el ceño. Un pinchazo es una aguja. ¿Y cómo será esa aguja? Timko no lo sabía, y por eso daba aún más miedo.
Mamá se ató el delantal azul.
—Voy a hornear una tarta, por si acaso.
Mientras mamá amasaba, Timko se metió con Lili debajo de la mesa.
—Lili —susurró con voz de susto—, ¡el doctor Castor es enorme! ¡Tiene unos dientes así de grandes! ¡Y la aguja es como un palo! ¡Si te pincha, llorarás hasta la noche!
Lili abrió mucho los ojitos. Le tembló el labio.
—¡No, no! —chilló, y gateó hacia mamá rapidísimo, tanto que el gorrito se le torció a un lado.
A Timko le dio un poco de vergüenza. Y también un poco de miedo. ¿Y si la aguja de verdad era como un palo?
El hospital del bosque estaba en un viejo tocón, con ventanitas redondas y musgo verde en el tejado. El doctor Castor salió a recibirlos: grande, castaño, con bata blanca.
—Buenos días, Timko. Primero veremos cuánto has crecido.
Timko se puso junto a la pared… ¡oh, más alto que en primavera! Luego se subió a la báscula… ¡oh, más pesado!
El doctor apoyó el estetoscopio en el pecho de Timko.
—¡Uy, qué frío! —se estremeció Timko.
—Frío —admitió el doctor—. Enseguida se calienta. Respira hondo. Y ahora di «aaah».
—¡Aaaaah! —dijo Timko tan fuerte que el doctor sonrió bajo el bigote.
—Y ahora la vacuna. Enseña a tu cuerpo a reconocer la enfermedad. Si algún día llega, el cuerpo dirá: «¡Te conozco!», y la echará enseguida.
—¿Dolerá? —susurró Timko.
—Te lo digo con sinceridad: te dolerá un poquito. Como si alguien te pellizcara. Y luego pasará enseguida.
Pero Timko se acordó de su aguja-palo. Y, ¡fus!, se hizo una bolita. Solo asomaban las púas.
El doctor Castor no tenía prisa. Se sentó a su lado y esperó. Mamá encontró entre las púas la patita de Timko y la sostuvo.
Timko asomó un ojo. Resopló con su naricita.
—Inspiro, espiro… ¡y adelante!
No ayudó mucho. Volvió a respirar hondo. Y otra vez. Y por fin ofreció el hombrito.
¡Pellizco! Y ya está.
—¿Ya está? —se sorprendió Timko—. ¡Si es como cuando Lili me pellizcó la oreja!
El doctor le puso una tirita en forma de cruz.
—La heridita puede dolerte un poco durante un día. No pasa nada, es normal.
En casa olía a tarta de manzana. Timko entró corriendo en la cocina.
—¡Lili! ¡Mira, tengo una tirita! ¡La aguja era pequeñita, pellizcó y ya está! ¡No da nada de miedo!
Lili miró la tirita… y se escondió detrás del delantal de mamá.
—¡No, no! —chilló.
—¡Pero si es verdad! —dijo Timko.
Pero Lili solo se agarró más fuerte al delantal de mamá.
—La semana que viene le toca a Lili ir al doctor —dijo mamá en voz baja, y acarició a la pequeña—. Uf, nos va a costar convencerla.
Papá llevó a Timko hasta la tablita de estatura del marco de la puerta.
—¿Dónde está mi lápiz?
Timko señaló la oreja de papá. Papá trazó una rayita y, a su lado, dibujó una diminuta cruz de tirita.
El hombro bajo la tirita le dolía un poquito, tal como había dicho el doctor. Y, desde detrás del delantal de mamá, dos ojitos asustados miraban a Timko.
Timko se inventó el cuento de miedo en un minuto. Pero para que Lili volviera a creerle, un minuto no bastaba.





