Rexik y el huevo perdido
Rexik encuentra un huevo solitario junto al río y lo vigila con Trika durante muchos días, hasta que descubre quién vive dentro.
Dibujos para colorear de este cuento
- Un poco triste
Una mañana, Rexik y su mamá llegaron al río para pescar. Mamá se metió donde el agua no cubría, y Rexik caminaba por la arena mirándose las patas. Siempre notaba lo que los demás no ven.
De pronto vio un rastro extraño que iba del agua hasta la arena seca. Como si alguien hubiera avanzado despacito, arrastrándose con las patitas bien abiertas. Y donde el rastro terminaba, asomaba algo blanco en la arena.
—¿Una piedrecita? —susurró Rexik.
Apartó la arena con cuidado. No, no era una piedrecita. ¡Un huevo! Pequeño, redondo, calentito por el sol. Y completamente solo.
—¿Y dónde está tu mamá? —preguntó Rexik.
El huevo no respondió.
¡Tup, tup, tup! Por la orilla ya venía corriendo Trika.
—¿Qué has encontrado, Don Mejor-No?
—Un huevo. Alguien lo ha perdido.
—¡Pues vamos a rodarlo hasta mi casa! —Trika ya bajaba los cuernecitos—. ¡Yo primero hago y luego pienso!
—¿Y si mejor no? —se asustó Rexik—. ¿Y si se rompe?
Trika se detuvo. Pensó. Y esta vez estuvo de acuerdo.
Taparon el huevo con hojas blandas de helecho. Rexik se sentó a un lado y Trika al otro. Dos vigilantes.
Entonces, despacio, muy despacio, por la orilla avanzó la abuela Anki. En su lomo se balanceaba una flor.
—¡Abuela, cuidado! ¡Aquí hay un huevo!
—¿Qué? ¿Un nuevo? —Anki se llevó la pata a la oreja—. ¡Ah, un huevo! Entonces será el mío. Yo también llevé un huevo una vez… ¿O era una piña?
Meneó la cola de maza —¡zas!— y un arbusto de helecho cayó sobre la arena. Rexik y Trika taparon el huevo con su cuerpo.
—No, el mío era más grande —murmuró la abuela—. ¿O más pequeño? Quién sabe. —Y siguió su camino.
Mamá salió del río.
—Ya lo sé —dijo, aunque Rexik ni siquiera había abierto la boca—. Las orejas de mamá lo oyen todo.
—Mamá, ¿de quién es? ¿Qué hacemos con él?
—Solo esperar. Un huevo necesita arena tibia y silencio. Tú también estuviste una vez dentro de un huevo, así de chiquitito. Todos los dinosaurios nacen de huevos.
—¿Yo? ¿En un huevo? —Rexik abrió la boca de par en par.
Y esperaron. Un día, y otro día, y muchísimos días más. Cada mañana, Rexik y Trika corrían al río, arreglaban las hojas y susurraban:
—Toc, toc, ¿quién hay en el huevo?
El huevo no respondió.
Hasta que una mañana, ¡crac! Trika dio un salto. ¡Crac, crac! En la cáscara apareció un agujerito, y del agujerito, una naricita diminuta. Luego una patita. Luego… ¡un caparazoncito!
—¡Una tortuguita! —exclamó Trika, boquiabierta.
—Entonces fue su mamá quien dejó el rastro —susurró Rexik—. Vino del río, escondió el huevo en la arena y volvió al agua.
La tortuguita era más pequeña que un dedo de Rexik. Parpadeó, olisqueó el aire y echó a andar, arrastrando los pies, derechita hacia el agua. Ras, ras por la arena.
—¡Espera! —gritó Rexik—. ¡Pero si te hemos cuidado nosotros!
Pero la tortuguita no miró atrás. ¡Plof! Y solo quedaron círculos en el agua.
Rexik estuvo mirando el río mucho rato.
—Ni siquiera se ha despedido —dijo en voz baja.
—Pero está sana y salva —dijo Trika, y lo empujó con suavidad con el cuerno—. Si yo hubiera rodado el huevo entonces, quién sabe qué habría pasado. Menos mal que te tengo a ti, Don Mejor-No.
Rexik sonrió, un poquito triste y un poquito orgulloso. Recogió de la arena un trocito de cáscara.
Por la noche, Rexik puso la cáscara en su estantería, junto a sus otros tesoros, y se metió en el nido.
—Mamá —susurró—, ella no se acordará de mí.
—Pero tú te acordarás de ella —dijo mamá, y le arregló las hojas del nido. Igual que él había arreglado las hojas del huevo.
Rexik bostezó y cerró los ojos.





