Una almohada para la Luna
La Luna no consigue dormirse, y la pequeña Sonia, junto con los animalitos, le cose una almohada blandita hecha con una nube.
- Un cuento tranquilo
Había una vez una niña pequeña que se llamaba Sonia. Llegó la noche. Mamá la tapó con la manta, le dio un beso en la naricita y apagó la luz.
Sonia cerró los ojitos. Y entonces oyó:
—¡A-a-ah!
¡Alguien estaba bostezando! Sonia se incorporó y se asomó a la ventanita. Y allí, encima del bosque, estaba la Luna. Redonda, amarilla. Se daba la vuelta hacia un lado, se daba la vuelta hacia el otro.
—Luna, ¿por qué no duermes? —le preguntó Sonia.
—No puedo —suspiró la Luna—. El cielo es muy duro. Mi cabecita no está cómoda. Ay, si tuviera una almohada…
—¡Yo te coseré una! —dijo Sonia—. Pero yo sola no voy a poder.
Abrió la ventanita y llamó bajito:
—¿Quién quiere ayudar a la Luna?
Hop, hop… Llegó corriendo un conejito.
—¡Yo! Yo traeré pelusa de diente de león.
—¿Quién quiere ayudar a la Luna? —llamó Sonia por segunda vez.
Ras, ras… Bajó corriendo del abeto una ardillita.
—¡Yo! Yo traeré musgo blandito.
—¿Quién quiere ayudar a la Luna? —llamó Sonia por tercera vez.
Uh, uh… Llegó volando la abuela Lechuza.
—¡Yo! Te daré una pluma, la más suave de todas.
Y de una ramita bajó, colgada de un hilito, una arañita.
—Y yo la coseré. Mi hilito es fino y fuerte.
—Pero ¿con qué haremos la almohada? —se preguntó Sonia.
Todos miraron hacia arriba. Y por encima del árbol flotaba una nubecita. Blanca y esponjosa, como un gatito.
—Nubecita, nubecita, ¿quieres ser la almohada de la Luna?
—Sí, quiero —susurró la nubecita, y bajó hasta la mismísima ventanita.
El conejito le metió la pelusa. La ardillita, el musgo. La abuela Lechuza, la pluma. Y la arañita cosía: por aquí, por allá, por aquí, por allá. Sonia sujetaba la nubecita por una puntita para que no se escapara volando.
Sonia tocó la almohada con un dedito.
—¡Ay, qué blandita!
—Blandita, blandita —chilló la ardillita.
—Como acurrucarse junto a mamá —se rio el conejito.
Sonia sopló flojito: ¡fu-u-u! Y la almohada-nube empezó a subir flotando. Más alto, más alto, hasta llegar a la mismísima Luna.
La Luna apoyó la mejilla en ella.
—A-a-ah… —bostezó—. Qué blandita. Gracias, Sonia. Gracias, animalitos.
Y cerró los ojos. Ahora brillaba bajito, muy bajito, como si cantara una nana.
Los animalitos se fueron a casa. El conejito, a su madriguera. La ardillita, a su hueco del árbol. La arañita, a su ramita. Y la abuela Lechuza batió las alas:
—Buenas noches, Sonia.
Sonia cerró la ventanita, se metió en su camita y abrazó su almohada.
—Buenas noches, Luna —susurró.
Pero la Luna ya estaba dormida. Y al ratito se durmió también Sonia.





