El León y la Ratoncita
El León se ríe de la diminuta Ratoncita y la deja marchar; tiempo después, ella roe las cuerdas de una red y lo salva.
- Un poco de miedo
- Un poco peligroso
Había una vez, en la sabana amarilla, un León muy grande. Tenía la melena como el sol y la voz como un trueno.
Un día de mucho calor, el León se quedó dormido bajo un árbol. De pronto, ¡tris, tras!, pasó corriendo una Ratoncita. Corría y corría, se equivocó de camino y, ¡hop!, fue a parar justo encima de la nariz del León.
—¡Achís! —estornudó el León.
Abrió los ojos y, ¡zas!, atrapó a la Ratoncita con la pata.
—¡Ay, ay, ay! —chilló la Ratoncita—. ¡Suéltame, León! Soy pequeñita, pero ¡algún día te podré ayudar!
—¡Ja, ja, ja! —se rio el León tan fuerte que hasta temblaron las hojas—. ¿Una cosita tan chiquitina me va a ayudar a mí? ¡Qué risa me das!
Pero levantó la pata. Y la Ratoncita, ¡fiu!, se escabulló entre la hierba, y solo se le vio la colita.
—¡Gracias! —gritó desde la hierba—. ¡No lo olvidaré!
Pasaron muchos días. Una vez, el León iba por un sendero hacia el río para beber agüita. Y de repente, ¡pum!, algo le cayó encima. ¡Cuerdas! Unos cazadores habían tendido una red enorme entre los árboles.
El León tiraba, pero la red se apretaba todavía más. El León se movía para aquí, se movía para allá, pero las cuerdas no lo soltaban.
—¡Grrr! —rugió tan fuerte que lo oyó toda la sabana—. ¿Quién me puede ayudar?
Los pájaros salieron volando y los monos se escondieron. Solo alguien muy pequeñito lo oyó y llegó corriendo: ¡tris, tras, tris!
—¡No tengas miedo, León! —chilló la Ratoncita—. ¡Te lo prometí!
—¿Tú? —suspiró el León—. ¿Una cosita tan chiquitina?
—¡Sí, tan chiquitina! —se rio la Ratoncita—. Pero tengo los dientes muy afilados.
Y se puso manos a la obra. Ñic, ñic… ¡y una cuerda, crac! Ñic, ñic… ¡y otra, crac! Ñic, ñic, ñic… y en la red ya había un agujero bien grande.
El León salió con cuidado, se sacudió la melena y se quedó mirando un buen rato a la Ratoncita.
—Perdóname por haberme reído de ti —le dijo en voz bajita.
El León miró la red rota. Miró sus patas enormes. Miró a la diminuta Ratoncita. Y de repente soltó una carcajada tan fuerte que hasta temblaron las hojas. Pero esta vez no se reía de la Ratoncita, sino de sí mismo:
—¡Qué risa me das! ¡Una cosita tan chiquitina ha salvado a un grandullón como yo!





