El erizo y la linterna
El pequeño erizo Timko tiene miedo a la oscuridad, pero una noche debe volver solo a casa con una linterna.
- Un poco de miedo
Vivía en el bosque un pequeño erizo llamado Timko. De día era muy valiente: se metía entre las raíces enmarañadas, buscaba setas y no le tenía miedo ni siquiera al tejón gruñón. Pero al caer la tarde, cuando el sol se escondía detrás de los árboles, a Timko le daban escalofríos. La oscuridad le parecía enorme y negra, y cada arbusto se parecía a algún desconocido.
Un día, Timko fue de visita a casa de la abuela Lechuza. Tomaron té con mermelada de frambuesa, jugaron a las adivinanzas, y Timko ni se dio cuenta de que fuera ya empezaba a oscurecer.
—¡Ay! —se asustó—. ¡Tengo que volver a casa! Y ya está oscuro…
La abuela Lechuza entornó sus grandes ojos, rebuscó en el armarito y sacó una linterna pequeñita.
—Toma —le dijo—. Esta no es una linterna cualquiera. Cuanto más valiente camines, más fuerte brillará.
Timko sujetó la linterna con las dos patitas. Dentro titilaba una lucecita cálida.
Y salió al sendero. A su alrededor, todo susurra, cruje, ulula. Timko dio un paso, luego otro… ¡Y de pronto ve que delante hay alguien enorme, peludo y con unos brazos larguísimos!
Timko se echó a temblar, pero recordó las palabras de la abuela, levantó la linterna un poco más… y se echó a reír. Era un tocón viejo, y los «brazos» no eran más que unas ramas secas.
—Buenas noches, tocón —dijo Timko muy educado, y caminar se le hizo un poquito más fácil. La lucecita de la linterna brilló con más fuerza.
Más adelante, el sendero se colaba entre los arbustos. De repente, algo hizo «¡frus, frus!». Timko se detuvo y luego alumbró hacia allí. De debajo de una hojita asomó una ratita.
—¿Tú también tienes miedo? —preguntó con su vocecita.
—Un poquito —confesó Timko con sinceridad—. Pero con la linterna no da tanto miedo. ¿Quieres que te acompañe hasta tu madriguera?
La ratita aceptó encantada, y siguieron el camino juntos. Y resulta que, cuando vas acompañado, el miedo se queda en la mitad.
De pronto, a su alrededor se encendieron unas lucecitas: eran las luciérnagas, que habían venido volando. Revoloteaban sobre el sendero como si quisieran decir: «¡Nosotras también te alumbramos, Timko!».
Timko acompañó a la ratita hasta su madriguera, le dijo adiós con la patita y vio a lo lejos una ventanita que conocía muy bien. Tenía la luz encendida: mamá lo estaba esperando.
—¡Mamá, he llegado yo solito! —gritó Timko desde la puerta—. Había un tocón, y una ratita, y luciérnagas… ¡y no daba nada de miedo!
Mamá lo abrazó y le dio un beso en la naricita húmeda.
Aquella noche, Timko puso la linterna en el alféizar de la ventana. Acostado en su camita, miraba cómo dormía el bosque al otro lado del cristal y pensaba que la oscuridad no es más que la noche, que lo tapa todo con una manta para que los árboles, los animalitos y los pequeños erizos puedan descansar.
Timko bostezó, cerró los ojitos y se quedó dormido tan a gusto.





