El relojero de la Calle de las Sombras
Un aprendiz de relojero descubre un reloj mágico que devuelve los minutos perdidos y debe elegir: borrar su error o confesarlo con valentía.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
En la Calle de las Sombras, las casas eran tan altas y estaban tan apretadas que el sol solo se asomaba a mediodía, y eso un ratito nada más. Y justo al final de la calle, bajo un letrero con un péndulo de cobre, tenía su taller el viejo relojero Severín. Con él vivía su aprendiz, Andriyko, que tenía once años y siempre iba con prisa a todas partes.
Andriyko sabía engrasar una ruedecita, cortar un cristalito y sacar tanto brillo a una esfera que hasta podías verte la nariz en ella. Solo había una cosa que no sabía hacer: esperar.
—A los relojes no les gustan las manos con prisa —decía el maestro, colocándose bien las gafas.
—Yo no tengo prisa, yo soy rápido —contestaba Andriyko.
El maestro se limitaba a carraspear entre su barba canosa.
Cada tarde, cuando encendían las farolas de la calle, Severín cogía una pequeña red de cazar mariposas y salía a los adoquines. Durante mucho tiempo, Andriyko pensó que el viejo cazaba polillas. Hasta que una tarde de invierno el maestro lo llamó para que lo acompañara.
—Mira —susurró, señalando una rendija entre dos piedras.
Allí titilaba algo. Algo cálido, dorado, como una chispita escapada del horno. El maestro movió la red con suavidad —¡fsss!— y la chispita se quedó revoloteando dentro.
—¿Qué es eso? —preguntó Andriyko, casi sin aliento.
—Un minuto perdido. Hoy alguien estuvo aquí, enfadado porque llegaba tarde, y se pasó un minuto entero dando pisotones en el sitio. Y claro, se le cayó. La gente pierde minutos todos los días: cuando discute por tonterías, cuando le da miedo empezar algo, cuando espera y no se fija en nada de lo que tiene alrededor.
—¿Y para qué los quiere usted?
—Ven, que te lo enseño.
En el cuarto del fondo, donde a Andriyko nunca le habían dejado entrar, había un reloj alto de nogal oscuro. En lugar de esfera tenía una cúpula de cristal, y debajo daban vueltas decenas de chispitas doradas, como luciérnagas en un tarro. A un lado asomaba una llavecita de plata.
—Este es el Reloj de los Minutos Perdidos —dijo el maestro, y soltó la chispita nueva bajo la cúpula. Ella se puso a girar, feliz, entre las demás—. Cuando alguien no llega a tiempo de hacer algo verdaderamente importante, le devuelvo un poco de tiempo.
—¿A quién, por ejemplo?
—Anteayer, a la señora Hanna, la panadera. Su hermana se marchaba en diligencia, y la señora Hanna estaba sacando el pan del horno y no iba a llegar a despedirse. Le di tres minutos. Llegó corriendo, abrazó a su hermana y encima le puso en las manos un hatillo de empanadillas.
El maestro señaló la chispita más brillante, que giraba justo debajo del cristal.
—Y esta la tengo guardada para la pequeña Mariyka, la de la tercera casa. Dentro de una semana es la fiesta, ella va a cantar en la plaza y está tan nerviosa que le da miedo olvidarse de la letra. Un minutito para acordarse.
Andriyko tocó la llavecita con el dedo. Estaba tan fría que hasta picaba.
—¿Y si se gira hacia atrás?
—Entonces el tiempo también va hacia atrás —respondió el maestro con calma—. Pero recuerda: estos minutos no son míos ni tuyos. Son para toda la calle. Nunca gires la llave para ti.
—No la giraré —prometió Andriyko. Y se lo creía de verdad.
A la mañana siguiente tintineó la campanilla de la puerta y entró en el taller la señora Hanna: redondita, con los mofletes sonrosados y harina en la manga. Traía en las manos un reloj con un pajarito de madera sobre el tejadillo.
—Mi golondrina se ha quedado muda —suspiró la panadera—. Este reloj era de mi madre. Cada hora, el pajarito se asomaba por la ventanita y cantaba «¡pío, pío!». Y ahora no dice ni mu, como si le hubiera comido la lengua el gato.
—Vamos a echarle un vistazo —asintió el maestro—. Andriyko, desmonta el mecanismo y límpialo. Pero no toques el muelle. Ya le daré cuerda yo cuando vuelva de la feria.
El maestro se fue. Andriyko colocó los tornillitos sobre un paño, y el trabajo iba a buen ritmo. Pero entonces Ostap se puso a gritar al otro lado de la ventana:
—¡Andriyko! ¡El estanque se ha helado! ¡Toda la calle está ya patinando!
—¡Ya voy! —gritó Andriyko—. ¡Un momentito!
Miró el muelle. ¡Pero si eso era trabajo de un minuto! El maestro iba a darle cuerda de todas formas, y así acabarían antes. Andriyko cogió la llave y la giró. Una vez. Otra. Y otra más.
¡Clinc!
El muelle se rompió, el mecanismo dio un salto y el pajarito de madera salió volando del tejadillo y se dio contra el suelo. ¡Crac! Una de las alitas se partió por la mitad.
Andriyko se quedó helado. Le pitaban los oídos. Ostap seguía llamándolo, pero ahora su voz le llegaba como desde debajo del agua. Con las manos temblorosas, el chico metió las piezas en una caja, la tapó con el paño y escondió el pajarito en un cajón, debajo de unos trapos viejos.
Por la tarde, el maestro volvió de la feria y se sacudió la nieve del gorro.
—Bueno, ¿qué tal está la golondrina?
—Pues... tiene una pieza gastada —balbuceó Andriyko, sin levantar la vista—. Hay que encargar una nueva.
—Mmm —dijo el maestro. Y nada más.
Andriyko no llegó a ir a patinar. Las gachas de trigo sarraceno con leche, que siempre le habían encantado, le parecieron sosas. Y las palabras «una pieza gastada» se le quedaron en la tripa como una piedrecita fría.
Por la noche no podía dormir. Desde abajo, desde el taller, le llegaba el tictac de decenas de relojes, y parecía que todos decían lo mismo:
—Tic, mentira. Tac, mentira. Tic, mentira.
Andriyko se sentó en la cama. «Solo un poquito hacia atrás —pensó—. Solo para arreglarlo. Si no es del todo para mí. Es para la señora Hanna».
Bajó la escalera sin hacer ruido. En el taller estaba oscuro; solo la luna entraba por la ventana. De pronto, en la pared apareció una sombra alargada con los brazos abiertos. Andriyko se agachó del susto. Luego miró mejor: ¡pero si era el abrigo de piel del maestro colgado del gancho! Y en un rincón algo crujió. El chico contuvo la respiración... y de allí salió, bostezando, el gato Murko.
—¡Anda ya, gato tonto! —susurró Andriyko, aunque se le escapó una sonrisita.
En el cuarto del fondo, los minutos dorados giraban en silencio bajo la cúpula. Andriyko agarró la llavecita de plata. Un frío le subió por los dedos hasta el codo. La giró... hacia atrás.
El tictac cambió. En vez de «tic-tac» sonaba «tac-tic». Al otro lado de la ventana, los copos de nieve subieron volando hacia el cielo. La luna se deslizó hacia atrás, por detrás de los tejados. El humo volvía a meterse en las chimeneas y las farolas se apagaban una detrás de otra. El cielo se puso rosado, después se aclaró... y de repente en el taller era pleno día, los tornillitos estaban sobre el paño y el muelle estaba enterito, sin un rasguño.
—¡Andriyko! —gritó Ostap al otro lado de la ventana—. ¡El estanque se ha helado!
Andriyko se rio de puro alivio. ¡Había funcionado! Esta vez no iba a tener prisa. Esta vez ni siquiera iba a mirar ese muelle.
—¡Ya voy! —gritó—. ¡Solo acabo esto!
—¡Tú siempre con tu «solo acabo esto»! —se enfadó Ostap—. ¡Todos están patinando y tú nunca vienes!
Andriyko miró a la ventana, luego al reloj. Un minuto. Solo un minuto de trabajo y sería libre. Los dedos se le fueron solos hacia la llave...
¡Clinc!
El muelle se rompió por segunda vez. El pajarito salió volando del tejadillo por segunda vez. Y la alita se partió justo por el mismo sitio que la otra vez.
Andriyko soltó un gemido. Corrió al cuarto del fondo, agarró la llavecita de plata... y de pronto se detuvo.
Bajo la cúpula había menos luz. Hacía nada giraban allí decenas de chispitas, y ahora quedaba, como mucho, la mitad. Las demás se habían apagado mientras él giraba la llave hacia atrás. Y la más brillante, la de Mariyka, temblaba justo debajo del cristal y apenas brillaba, como una brasa a punto de apagarse.
«Una vez más —le susurraba alguien por dentro—. Esta vez seguro que sale bien».
¿Y si no salía bien? Pues otra vez. Y otra. Hasta que bajo la cúpula no quedara ni un solo minuto: ni para la señora Hanna, ni para Mariyka, ni para nadie que algún día no llegara a tiempo de verdad.
Andriyko se miró la mano sobre la llave. Era la misma mano que una hora antes. Igual de impaciente. La llavecita podía devolver minutos, pero no podía enseñarle a esperar.
Poco a poco, abrió los dedos.
Por la tarde, el maestro volvió de la feria y se sacudió la nieve del gorro. Andriyko ya lo estaba esperando junto a la puerta. Sujetaba delante de él la caja con las piezas, y encima estaba el pajarito con la alita rota.
—Maestro —dijo, y la voz se le escapó en un gallito—. He roto el muelle. Usted me dijo que no lo tocara, pero yo tenía prisa por ir a patinar. Y luego... luego giré la llave. Quería arreglarlo todo. Y lo rompí otra vez. Y por mi culpa se han apagado un montón de minutos.
El maestro se quedó callado un buen rato. Luego se quitó las gafas y las limpió con un pañuelo.
—Ya vi que bajo la cúpula había menos luz —dijo al fin—. Me preguntaba si me lo ibas a contar o no.
—¿Está enfadado?
—Un poco —respondió Severín con sinceridad—. Por los minutos. Por el muelle, no. Yo rompí mi primer muelle a los nueve años. ¡Y en el reloj del mismísimo alcalde! Madre mía, cómo lloré aquel día, se me oía en toda la calle.
Andriyko se sorbió los mocos y sonrió con timidez.
—Pondremos un muelle nuevo —siguió el maestro—. La alita la pegarás tú. Y mañana le llevarás el reloj a la señora Hanna y se lo contarás todo, igual que a mí.
—¿Yo solo? —exclamó Andriyko.
—Tú solo —asintió el maestro—. Que eres el rápido, ¿no?
Pasaron toda la tarde inclinados sobre el reloj. El maestro colocaba el muelle nuevo y Andriyko pegaba la alita. Despacio. Muy despacio. La sujetó hasta que el pegamento secó, contando hasta cien, y luego otra vez hasta cien. Resultó que esperar también es un trabajo. Y no más fácil que los demás.
A la mañana siguiente, la panadería olía a semillas de amapola y a pan calentito. La señora Hanna estaba sacando del horno unas roscas doraditas. Andriyko se quedó en el umbral con el reloj en las manos, y le temblaban las rodillas más que la noche anterior, cuando se asustó del abrigo colgado del gancho.
—¡Ay, mi golondrina! —se alegró la panadera—. ¿Ya está lista?
Andriyko cogió aire hasta llenarse el pecho.
—Señora Hanna, fui yo quien la rompió. Tenía prisa y no hice caso al maestro. Hemos cambiado el muelle y yo he pegado la alita. Pero se nota la marca. Lo siento.
La señora Hanna cogió el reloj, levantó el pajarito hacia la ventana y lo estuvo mirando un buen rato. Andriyko esperaba que frunciera el ceño. Pero, de repente, se echó a reír.
—¿Ves este remiendo en la otra ala? Fui yo, cuando tenía tu edad: se me cayó el pajarito al suelo. ¡Ay, cómo lloré! Y mi madre lo pegó y me dijo: «Ahora tiene una historia». Pues ahora tendrá dos remiendos: uno mío y otro tuyo.
Giró las agujas. La ventanita chirrió, el pajarito se asomó y cantó:
—¡Pío, pío! ¡Pío, pío!
Y la señora Hanna le metió a Andriyko en el bolsillo una rosquilla de amapola todavía calentita.
Esa misma tarde, cuando encendieron las farolas, el maestro le tendió a Andriyko la red.
—Hoy los recoges tú. Hay que devolverle a la calle lo que le debemos.
Andriyko recorrió los adoquines durante mucho rato. Junto al estanque, donde los niños patinaban, había más minutos perdidos que en ningún otro sitio: alguien tenía miedo de soltarse de la mano, alguien discutía por un trineo. ¡Fsss!, uno. ¡Fsss!, otro. Ostap también le ayudó, aunque no veía ni una sola chispita: simplemente le iluminaba el camino con un farol. Siguieron buscando hasta que a los dos se les quedaron los dedos helados.
En casa, Andriyko soltó su botín bajo la cúpula. Siete chispitas. Se pusieron a girar alegres entre las demás, pero bajo el cristal apenas hubo un poquito más de luz. Allá arriba, el minutito de Mariyka seguía brillando muy débil.
—¿Y cuántas se apagaron aquella noche? —preguntó Andriyko en voz baja.
—Cuarenta y dos —dijo el maestro—. Las había ido juntando desde el otoño.
Cuarenta y dos en una sola noche. Y siete en toda una tarde.
Mientras tanto, el maestro sacó la llavecita de plata del reloj, pasó un cordón por la anilla y se la colgó del cuello.
—¿Ya no confía en mí? —susurró Andriyko.
—En ti, sí —respondió Severín—. Has dicho la verdad, y eso no es fácil. Pero en tus manos, todavía no. La llavecita se quedará conmigo hasta que bajo la cúpula vuelva a no caber ni una chispa más.
—¿Y eso tardará mucho?
—Ya veremos.
Tardó mucho. Cada tarde Andriyko tomaba la red y salía a recorrer los adoquines, pero no todos los días aparecían minutos: unas tardes tres, otras uno, otras ninguno. El minutito de Mariyka no volvió a brillar antes de la fiesta, y Mariyka cantó en la plaza sin él. Se acordó de la letra, aunque no enseguida. Y Andriyko, entre la gente, apretó los puños hasta que terminó la canción.
La llavecita de plata estuvo colgada del cuello del maestro hasta la primavera. Y cada vez que Andriyko cruzaba el taller y pasaba junto al cuarto del fondo, los relojes de las paredes le repetían a sus espaldas:
—Tic, espera. Tac, espera.





