Kotigoroshko
Un niño nacido de un guisante crece hasta ser un héroe, vence al dragón, libera a su hermana y a sus hermanos y parte por el mundo con amigos fieles.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Un poco peligroso
Había una vez un hombre y una mujer que tenían seis hijos y una hija llamada Olenka. Los hijos araban un campo al otro lado del bosque, y su hermana les llevaba la comida todos los días.
—Para que no te pierdas —le dijo un día el hermano mayor—, abriremos un surco desde la mismísima puerta de casa hasta el campo. Tú síguelo y llegarás derechita hasta nosotros.
Pero detrás de un barranco oscuro se alzaba un palacio de hierro, y en él vivía un dragón. El dragón oyó aquella conversación. Por la noche tapó el surco de los hermanos y abrió el suyo: hondo, recto, hasta la puerta de su propio palacio.
Por la mañana, Olenka cogió una jarra de leche y una hogaza de pan calentito y se puso en camino. Iba cantando y pisando por el surco. Y de pronto mira, y no hay ni hermanos ni campo. Delante de ella se alza un palacio negro como un caldero lleno de hollín. ¡Ñiiic!, se abrieron las puertas, y el dragón agarró a la muchacha y se la llevó dentro.
Los hermanos esperaron y esperaron la comida, y luego salieron corriendo a buscar a su hermana. Siguieron el surco del dragón y fueron a parar al mismo patio.
—¿Venís a por vuestra hermana? —se carcajeó el dragón—. Luchad conmigo en la era de hierro. Si me vencéis, os la lleváis. Si no, os quedaréis en mi sótano.
Los hermanos eran fuertes, pero el dragón lo era más. ¡Pum! ¡Pum!, y los fue hundiendo en el suelo de hierro hasta las rodillas, y después los encerró en un sótano muy hondo. Los ancianos padres esperaron a sus hijos un día, una semana, un mes, pero no volvieron.
La madre estaba tan triste que ni el sol le alegraba. Un día fue al pozo a por agua y, de repente, ve que un guisante viene rodando por el camino. Rueda que te rueda, da saltitos, como si quisiera ir con ella. La mujer lo recogió, le dio vueltas entre los dedos y se lo comió.
Al poco tiempo les nació un hijito. Le pusieron de nombre Kotigoroshko, porque había salido de un guisante que rodaba por el camino.
El niño no crecía por días, sino por horas. Por la mañana aún estaba en la cuna, y por la tarde ya le colgaban los pies del banco. A la semana traía del bosque un tronco al hombro. Y jugaba con los chicos de tal manera que ellos no paraban de llevarse las manos a la cabeza: les daba un empujoncito de nada y el compañero salía rodando hasta el río.
—¡Kotigoroshko, más te valdría ir a liberar a tus hermanos en vez de molernos a golpes a nosotros! —le gritaron un día los chicos.
—¿Qué hermanos? —se extrañó él.
Volvió corriendo a casa:
—Mamá, ¿es que yo tengo hermanos?
La madre suspiró y se lo contó todo: lo de los dos surcos, lo de Olenka, lo de los seis hijos y el palacio de hierro.
—Entonces iré a liberarlos —dijo Kotigoroshko.
—¡Pero adónde vas a ir tú, hijo mío! Si todavía eres muy pequeño.
—¿Pequeño yo, mamá? —se rio él, y agachó la cabeza, porque ya tocaba el techo con ella—. Si para pasar por la puerta tengo que ponerme de lado.
Kotigoroshko fue a ver al herrero.
—Fórjeme una maza, buen hombre. Tan pesada que nadie más que yo pueda moverla de su sitio.
El herrero juntó todo el hierro que tenía y forjó día y noche: ¡clin, clan, clin, clan! Kotigoroshko cogió la maza, la lanzó hacia arriba y, cuando venía de vuelta, puso la palma de la mano. ¡Crac!, y la maza se partió en dos.
—Muy flojita —dijo—. Hace falta una más pesada.
Entonces todo el pueblo llevó a la herrería lo que tenía: rejas de arado viejas, herraduras, hachas sin mango, cadenas oxidadas. El herrero y sus ayudantes forjaron tres días y tres noches. Salió una maza tan grande que diez hombres apenas consiguieron sacarla rodando al patio, y hasta la tierra gemía bajo su peso.
Kotigoroshko la cogió con una sola mano, tomó impulso… y la maza salió disparada hacia el cielo, más alta que las nubes. La gente levantó la cabeza, esperó y esperó, pero la maza no volvía.
—Bueno, pues mientras tanto echaré una cabezadita —dijo Kotigoroshko, se tumbó junto a la cerca y se quedó dormido.
Durmió hasta la tarde del día siguiente. De pronto, ¡uuuuu!, algo retumbó en el cielo y silbó. La maza volvía como un trueno. Kotigoroshko se levantó, puso un dedo… ¡bam!, y la maza solo se dobló un poquito.
—Esta sí que me sirve —sonrió.
La madre le preparó unas tortas para el camino y el padre lo acompañó hasta la puerta. Kotigoroshko se echó la maza al hombro y siguió el viejo surco del dragón, cubierto de ajenjo desde hacía mucho tiempo.
Anduvo por campos y barrancos hasta que vio el palacio de hierro. Junto a la ventana estaba sentada una muchacha de larga trenza, hilando, y por las mejillas le rodaban las lágrimas.
—¡Buenos días, hermana! —gritó Kotigoroshko.
—¿Hermana yo de ti? —se asustó la muchacha—. Mis hermanos están todos en el sótano del dragón. Y a ti es la primera vez que te veo.
—Porque yo aún no había nacido cuando te llevaron. Soy Kotigoroshko, el más pequeño. He venido a por ti y a por nuestros hermanos.
Olenka dio una palmada de asombro:
—¡Huye, hermanito, antes de que sea tarde! El dragón está a punto de llegar. A los que son como tú los pone en una mano y los aplasta con la otra.
—Que llegue primero —dijo Kotigoroshko muy tranquilo—. Y luego ya veremos quién aplasta a quién.
Kotigoroshko no pensaba huir ni por asomo. Entró en la sala, se sentó en un banco y dejó la maza en un rincón, tan pesada que el suelo crujió. Al poco, fuera empezó a retumbar, silbó el viento y tintinearon los cristales. Llegó el dragón, puso una pata en el umbral y olfateó:
—¡Puaj, puaj! ¡Aquí huele a humano! ¿Quién anda ahí?
—Yo, Kotigoroshko.
—¿Y a qué has venido?
—A por mi hermana y mis hermanos.
El dragón soltó tal carcajada que temblaron las paredes:
—¡Pero qué gracioso! Vamos a la era de hierro, allí hablaremos.
—Vamos —aceptó Kotigoroshko—. Pero golpea tú primero, que aquí el amo eres tú.
Salieron a la era, lisa y brillante como el hielo. El dragón levantó la pata… ¡pum!, y clavó a Kotigoroshko en el hierro hasta los tobillos. Kotigoroshko sacó los pies de un tirón, alzó la maza… ¡pataplum!, y el dragón se hundió en el suelo hasta las rodillas.
—Vaya —resopló el dragón, saliendo como pudo—. ¡Otra vez!
Golpeó el dragón por segunda vez, y Kotigoroshko se hundió hasta las rodillas. Golpeó Kotigoroshko, y el dragón quedó metido en el hierro hasta la cintura. A la tercera, el dragón casi no pudo levantar la pata, y Kotigoroshko solo se tambaleó un poco. Pero cuando él blandió la maza, el dragón se hundió hasta los mismísimos hombros.
—¡Basta! —chilló el dragón—. ¡Llévate a tu hermana, llévate a tus hermanos, llévatelo todo!
—Has hecho llorar tanto a la gente —dijo Kotigoroshko— que ya nadie te va a creer.
Y golpeó una vez más. ¡Clonc!, el dragón se hundió en el hierro de la cabeza a los pies, como un cubo en un pozo. Y nunca más nadie lo volvió a ver en este mundo.
Olenka salió corriendo con un manojo de llaves:
—¡Nuestros hermanos están en el sótano, debajo del palacio! ¡Deprisa!
Bajaron por una escalera empinada. Allí abajo estaba oscuro y húmedo, y por las paredes brillaban gotitas de agua. Junto a la pared estaban sentados los seis hermanos, encadenados, pálidos y flacos.
—¿Quién anda ahí? —preguntó con voz ronca el mayor.
—Vuestro hermano, Kotigoroshko.
—Nosotros no tenemos ningún hermano que se llame así.
—Pues ahora sí lo tenéis —se rio Olenka entre lágrimas.
Kotigoroshko agarró una cadena, tiró… ¡clinc!, y los eslabones de hierro salieron volando por todo el sótano. Rompió también la segunda cadena, y la tercera, hasta que todos los hermanos quedaron libres. Entonces sacó del zurrón las tortas de mamá.
El más pequeño de los seis le dio un mordisquito y se quedó quieto:
—¡Si son de mamá! Este sabor no lo olvidaría ni en cien años.
Salieron todos a la luz. Los hermanos entornaban los ojos por el sol y caminaban despacio, porque llevaban mucho tiempo sin moverse. Kotigoroshko subió al más débil a sus hombros y arrastró la maza por el suelo detrás de él. Y tras ella se iba abriendo un surco nuevo, recto y ancho, hasta la puerta de casa.
Al caer la tarde apareció su casa. El padre y la madre salieron corriendo al umbral y se quedaron quietos. Miraban y no daban crédito a sus ojos: seis hijos, Olenka, y delante de todos, Kotigoroshko con su maza.
—¡Hijitos míos! —lloró la madre, y corrió a abrazarlos a todos, uno detrás de otro.
Aquella noche, en la casa había mucho jaleo y mucho calorcito. La madre cocinaba empanadillas, el padre cortaba pan y tocino. Los hermanos contaban sus aventuras, Olenka se reía, y Kotigoroshko comía por todos y todavía pedía más.
Pasó una semana, y luego otra. Los hermanos volvieron a arar el campo, Olenka les llevaba la comida, y nadie tenía ya miedo de surcos ajenos. Pero Kotigoroshko no encontraba su sitio. Andaba por la casa de lado, se daba con la cabeza en la viga y miraba por la ventana.
—Aquí estoy muy apretado, mamá —dijo por fin—. Y además veo que a mis hermanos les da vergüenza que los haya liberado el más pequeño. Me iré a ver mundo y a buscar mi suerte.
La madre suspiró, pero no lo detuvo: ya sabía que a un hijo así no se le puede retener en casa. Volvió a prepararle tortas, el padre lo acompañó hasta la puerta y Olenka le ató a su hermano una cinta roja en la muñeca.
—Para que no te olvides de nosotros.
—¿Cómo voy a olvidar algo así? —sonrió Kotigoroshko, se echó la maza al hombro y se fue a correr mundo.
Anduvo un día, anduvo otro. Hasta que unas montañas le cerraron el paso, cada una más alta que la anterior. Y entre ellas trajinaba un gigante: cogía una montaña, la ponía a un lado como quien coloca un cuenco en la alacena —¡bruuum!— y se ponía con la siguiente.
—¡Salud, buen hombre! —gritó Kotigoroshko—. ¿Quién eres tú?
—Vernigora. Cambio las montañas de sitio. ¿Y tú quién eres y adónde vas?
—Kotigoroshko. Voy a buscar mi suerte.
—Pues llévame contigo —le pidió el gigante—. Solo con las montañas me aburro. No dicen ni pío.
Siguieron los dos juntos. Hasta que les cerró el camino un bosque tan espeso que ni una liebre podía colarse. Entre los árboles había un grandullón que arrancaba robles de raíz como quien arranca rabanitos del huerto. ¡Crac!, y ya hay un roble en el suelo. ¡Crac!, y otro más.
—¿Quién eres tú? —preguntó Kotigoroshko.
—Vernidub. Abro caminos para la gente. ¿Y vosotros quiénes sois?
—Kotigoroshko y Vernigora. Vamos a correr mundo.
—He oído hablar de ti, Kotigoroshko —dijo Vernidub, entornando los ojos—. Dicen que venciste al dragón. A ver, déjame sostener tu maza.
Kotigoroshko le tendió la maza. Vernidub la agarró con las dos manos, apretó con todas sus fuerzas, se puso rojo como un tomate y a duras penas la levantó un palmo del suelo. En cambio, Kotigoroshko volvió a subírsela al hombro como si fuera una almohada de plumas.
—Tienes razón, eres más fuerte que yo —reconoció Vernidub, y se echó a reír—. Llevadme como compañero. Yo solo, siempre con robles y más robles, y con vosotros por lo menos veré mundo.
Ahora iban los tres, y el bosque se abría ante ellos, porque el mismísimo Vernidub les abría el camino. Y al otro lado del bosque rugía un río ancho y bravo, sin puente ni vado. En la orilla estaba sentado un hombre con unos bigotes larguísimos, cuyas puntas le colgaban hasta las rodillas.
—No os preocupéis —dijo—. Soy Krutivus.
Se retorció el bigote izquierdo, y el río se desvió hacia un lado. Se retorció el derecho, y en el fondo apareció un sendero seco, cubierto de piedrecitas. Pasaron todos a la otra orilla, y Krutivus se destorció los bigotes, y el agua volvió a correr alegremente por su cauce.
—¿Y a mí me llevaréis con vosotros? —preguntó—. Es que ya estoy harto de desviar el río aquí.
—En compañía, el camino se hace más corto —respondió Kotigoroshko.
Al caer la tarde, los cuatro compañeros encendieron una hoguera en una colina. Kotigoroshko compartió las tortas de su madre. Vernigora se tragó la suya entera y se pasó un buen rato entornando los ojos de gusto. Vernidub trajo un roblecito seco para que el fuego durase hasta la mañana, y Krutivus se retorció el bigote y un arroyuelo vino corriendo solito hasta ellos, para que tuvieran con qué beber.
Cuando salieron las estrellas, todos se tumbaron sobre la hierba tibia. Kotigoroshko dejó la maza a su lado y se quedó mirando el cielo.
—¿Mañana seguimos? —preguntó Vernidub, medio dormido.
—Seguimos —bostezó Kotigoroshko—. El mundo es muy grande. Pero primero hay que dormir bien.
Cantaban bajito los grillos, crepitaba la hoguera. Kotigoroshko miró la cinta roja de su muñeca y sonrió. En casa todos estaban sanos y salvos, y a su lado roncaban sus fieles compañeros. Y el muchacho más fuerte del mundo se durmió tranquilo, como cuando era pequeño y dormía en la cuna.





