Abrir menú
Cuentos

Pinocho

El muñeco de madera Pinocho se escapa de casa, miente y se mete en problemas, y para salvar a su padre tiene que volverse honrado y trabajador.

  • Un poco de miedo
  • Un poco triste
  • Peligroso
Para las familias

Érase una vez, en un pueblecito italiano, un viejo carpintero llamado Antonio. Todos lo llamaban maese Cereza, porque tenía la nariz roja y brillante como una cereza madura. Un día cogió un tronco de lo más corriente para sacarle la pata de una mesa, levantó el hacha y, de pronto, el tronco soltó un chillido:

—¡Ay, no tan fuerte!

Maese Cereza se asustó tanto que la nariz se le puso de roja a azul. Justo entonces llamaron a la puerta. Era su vecino, el pobre Geppetto.

—Quiero tallarme un muñeco de madera —dijo—. Uno que sepa bailar y dar volteretas. Recorreré el mundo con él y me ganaré un mendrugo de pan.

Maese Cereza se apresuró a darle el tronco. Que chillara en casa de otro.

En su casa, en un cuartucho miserable donde hasta el fuego de la chimenea estaba pintado en la pared, Geppetto se puso manos a la obra. Talló el pelo, la frente, los ojos, y los ojos de repente parpadearon y se quedaron mirándolo. Talló la nariz, y la nariz empezó a crecer. Geppetto la acorta, y ella vuelve a crecer: larga, afilada, descarada.

—Te llamaré Pinocho —decidió el viejo—. Es un nombre que da suerte.

Talló la boca, y la boca se echó a reír enseguida y le sacó la lengua. Talló las manos, y las manos, ¡zas!, le arrancaron a Geppetto la peluca amarilla.

—Hijo mío —suspiró Geppetto—, todavía no te he terminado y ya no te fías de mí.

Apenas el viejo talló las piernas, el muñeco pegó un salto al suelo, ¡trote, trote, trote!, y salió por la puerta. Geppetto corrió tras él por la calle hasta la esquina, donde un transeúnte agarró al fugitivo por la larga nariz y se lo devolvió a su padre.

Aquella tarde Geppetto fue a la panadería a por pan y Pinocho se quedó solo. De pronto, alguien dijo desde un rincón:

—¡Cri-cri!

—¿Quién eres? —preguntó Pinocho.

—Soy el Grillo Parlante. Vivo en esta habitación desde hace cien años. Y te diré una cosa: a los que no hacen caso a su padre y se escapan de casa, no les irá bien.

—¡Pues qué me importa! —cortó Pinocho—. Mañana mismo me escapo. No iré a la escuela, quiero pasarme los días jugando, comiendo y durmiendo.

—Entonces acabarás hecho un burro de verdad —dijo el Grillo, y se metió en una rendija.

Pinocho solo resopló. ¿Es que un muñeco de madera puede convertirse en burro?

Geppetto volvió tarde y con las manos vacías: la panadería ya había cerrado. Y Pinocho daba saltos:

—¡Tengo hambre! ¡Hambre!

El viejo sacó del bolsillo tres peras, su desayuno del día siguiente, y se las dio a su hijo.

—Pero pélalas —pidió Pinocho—. Yo la piel no me la como.

Geppetto peló las peras con paciencia y dejó las pieles y los corazones en el borde de la mesa. Pinocho se zampó las peras en un santiamén, pensó un momento y se comió las pieles. Después, los corazones.

—Ya ves —sonrió Geppetto—. No conviene ser tan remilgado. Nunca se sabe qué vendrá bien mañana.

Por la mañana Geppetto le cosió a su hijo un traje de retales. Y para que Pinocho fuera a la escuela como los demás, vendió su única chaqueta y le compró un abecedario. Fuera caía nieve.

—Pero tú no llevas chaqueta, papá —dijo Pinocho.

—Tengo calor —mintió Geppetto. Y es que, ¿qué otra cosa iba a decir?

Pinocho salió de casa con el firme propósito de estudiar. Pero a medio camino oyó una flauta y un tambor: ¡bum, bum, tarará! En la plaza había un teatro de títeres. La entrada costaba cuatro monedas. Pinocho no tenía dinero, solo el abecedario. Al cabo de un minuto, ya no tenía ni el abecedario.

Apenas entró en la sala, los títeres del escenario gritaron:

—¡Es nuestro hermano Pinocho! ¡Viva Pinocho!

La función se convirtió en un alboroto. Salió el dueño del teatro, Mangiafuoco, un gigante con una barba negra hasta el suelo, y tronó:

—¡A este travieso, al horno! ¡Justo me falta leña para terminar de asar la cena!

Pinocho se echó a llorar:

—¡Papá, sálvame! Mi papá es pobre, vendió su chaqueta para que yo estudiara...

Y entonces ocurrió algo extraño. Mangiafuoco hizo una mueca, arrugó la nariz y soltó un estornudo:

—¡Achís!

Siempre que aquel gigante tan temible sentía lástima por alguien, estornudaba. Preguntó por Geppetto, se rascó la barba y le dio a Pinocho cinco monedas de oro.

—Llévaselas a tu padre. Y que no vuelva a verte por aquí.

Pinocho corría a casa haciendo tintinear las monedas en el bolsillo. Y de frente venían un Zorro que cojeaba de una pata y un Gato que se hacía el ciego.

—¡Buenos días, Pinocho! —dijo el Zorro con voz melosa—. Cinco monedas no son nada. ¿Quieres mil? Cerca de aquí está el Campo de los Milagros. Entierras allí una moneda, la riegas con agua y por la mañana crece un árbol todo cubierto de oro.

—Todo cubierto de oro —repitió el Gato como un eco.

Pinocho pensó en la chaqueta de su padre, que podría comprarse junto con una tienda entera, y se fue con ellos. Al anochecer se detuvieron en la posada «El Cangrejo Rojo». El Gato se comió treinta y cinco pescados, el Zorro una liebre entera, y dejaron que pagara Pinocho: una moneda se la dio al posadero.

De noche, en el bosque, lo persiguieron dos figuras con sacos negros y agujeros para los ojos. Las voces de los bandidos sonaban extrañamente familiares: uno ronqueaba como un zorro, el otro maullaba como un gato.

—¡La bolsa o la vida!

Pinocho escondió las monedas debajo de la lengua y echó a correr. Corrió hasta que vio entre los árboles una casita blanca. Golpeó la puerta con fuerza y se abrió. De dentro salió una luz tan clara que los bandidos retrocedieron y desaparecieron en la oscuridad.

En el umbral había una muchacha de pelo azul como el cielo. Era el Hada. Acostó a Pinocho en la cama, le dio una infusión caliente y le preguntó:

—¿Y dónde están tus monedas?

—Las perdí —dijo Pinocho. Y en ese momento las monedas estaban en su bolsillo.

La nariz se le alargó enseguida un palmo.

—¿Dónde las perdiste exactamente? —preguntó el Hada.

—En el bosque... ¡No, me las tragué! ¡Junto con la medicina!

La nariz volvió a crecer, y tanto, que Pinocho no podía girar la cabeza: chocó con el armario, se enganchó en la puerta y casi rompe el cristal. El Hada se echó a reír.

—La mentira, hijo mío, es de dos clases. Una tiene las patas cortas y la otra, la nariz larga. La tuya, por lo que veo, tiene la nariz larga.

Pinocho lloró tanto que el Hada se compadeció y llamó a los pájaros carpinteros. ¡Toc, toc, toc! Y la nariz volvió a ser normal.

—Ahora mismo voy a buscar a papá —prometió Pinocho.

Pero en el sendero, bajo la encina, ya lo esperaban el Zorro y el Gato, tan amables como si nada hubiera pasado. Y Pinocho, ¡qué cabeza de chorlito!, se fue con ellos al Campo de los Milagros. Enterró cuatro monedas, las regó con agua de un charco y se fue a dar un paseo, como le había enseñado el Zorro. Todo el camino fue soñando: «Le compraré a papá una chaqueta, ¡qué digo una, diez chaquetas! Y un palacio. Y un carro entero de caramelos». Después volvió corriendo a por su árbol de oro. En el campo solo había un agujerito. En una rama estaba un loro, partiéndose de risa:

—¡Quien siembra dinero, cosecha tontería!

Al Zorro y al Gato nadie volvió a verlos.

Pinocho regresó junto al Hada. Ella lo perdonó y fue para él casi como una madre. Durante todo un año fue a la escuela y se esforzó tanto que el maestro lo elogiaba. Y entonces el Hada dijo:

—Mañana te convertirás en un niño de verdad.

Esa misma noche Pinocho se encontró con su mejor amigo, el flaquito Pabilo.

—¡Me voy al País de los Juguetes! —susurró este—. Allí no hay escuelas ni maestros. Una semana allí son seis jueves y un domingo.

—Mañana tengo que estar en casa...

—¡Pues quédate en casa como un viejo abuelo!

A medianoche llegó un carro tirado por borriquillos con zapatos blancos. Pinocho dudó justo el tiempo que tardó el carro en ponerse en marcha. Y luego saltó a él.

En el País de los Juguetes todos jugaban todo el día, gritaban y perseguían pelotas. Unos montaban caballos de madera, otros echaban a volar cometas, otros dibujaban con carbón en las paredes: «¡Vivan los juguetes! ¡Abajo las lecciones!». Nadie sabía escribirlo sin faltas, pero ¿a quién le importaba?

—Bueno —preguntaba Pabilo—, ¿no se está aquí mejor que en la escuela?

—Mejor —asentía Pinocho. Y solo de vez en cuando, antes de dormirse, se acordaba de la casita blanca y del pelo azul.

Pasaron así cinco meses. Una mañana Pinocho se rascó la cabeza y notó dos orejas largas y peludas. Pabilo se quitó el gorro y a él le pasaba lo mismo.

Los chicos se miraron y estallaron en carcajadas. Pero en lugar de risas les salió:

—¡Iiah! ¡Iiah!

Entonces Pinocho recordó las palabras del Grillo, «acabarás hecho un burro de verdad», pero ya era tarde. Los chicos se habían convertido en borriquillos, y un cochero astuto los vendió en la feria: a Pabilo, a un campesino, y a Pinocho, a un circo. Allí le enseñaron a saltar por un aro. Y una vez, durante la función, vio en la primera fila a una mujer de pelo azul. Pinocho se quedó mirándola tan embobado que tropezó y se quedó cojo.

Al circo no le servía un burrito cojo. Su amo lo llevó al mar para venderlo a un pescador. Pero en el muelle el burrito resbaló y, ¡plof!, cayó a las olas. Allí ya lo esperaba un banco de pececillos que había enviado el Hada. Le fueron mordisqueando la piel de burro como si fuera un abrigo mojado, y del agua salió a flote un muñeco de madera.

—¡Adiós! —gritó Pinocho desde las olas, y se alejó nadando.

De pronto, desde el fondo se alzó una montaña oscura. Era el Tiburón Gigante, largo como un barco entero. Su boca era como la entrada de una cueva y sus dientes, como una valla blanca. Aspiró, y Pinocho, junto con agua, peces y algas, voló hacia la oscuridad.

Dentro todo era negro y silencioso, y olía a pescado. De pronto, muy lejos, parpadeó una lucecita. Pinocho fue hacia ella chapoteando en los charcos. Había una mesa, sobre la mesa una vela dentro de una botella, y junto a la mesa estaba sentado un anciano, canoso y desmejorado.

—¡Papá!

—¡Hijo mío! ¿De verdad eres tú?

Geppetto, según resultó, había salido a buscarlo en una barquita por todo el mar, y el Tiburón se había tragado al viejo junto con la barca. Desde entonces vivía allí, en su barriga, y comía lo que quedaba del barco tragado. Y ahora solo le quedaba una última vela.

—Escapemos —dijo Pinocho.

—Pero si yo no sé nadar —suspiró Geppetto.

—Yo sí. Soy de madera.

El Tiburón era viejo y dormía con la boca abierta, porque se ahogaba. Pinocho y Geppetto pasaron de puntillas por su lengua, como por una alfombra blanda, y saltaron al mar de la noche. El viejo iba agarrado a los hombros de su hijo. Pinocho nadó hasta que le dolieron los brazos, y la orilla seguía sin aparecer.

—Veo que no llegaré —susurró.

Entonces, bajo ellos, salió a la superficie un gran Atún. También a él lo había tragado el Tiburón en otro tiempo, y se había escapado siguiéndolos.

—Subid a mi lomo —dijo el Atún—. Yo conozco el camino.

Al amanecer los llevó hasta la orilla.

Geppetto estaba débil y apenas podía andar. Encontraron una choza de paja y en ella, ¡quién lo iba a pensar!, al Grillo Parlante.

—Quedaos todo lo que haga falta —dijo el Grillo—. Ya os lo dije: a los que hacen caso a su padre les irá bien.

Cada mañana Pinocho iba a casa del hortelano Giangio y hacía girar la rueda que sacaba agua del pozo. Cien cubos por un vaso de leche para papá. Por la tarde trenzaba cestas para vender y aprendía a leer a la luz de un candil. Pasaron así cinco meses. Geppetto fue reviviendo poco a poco, y Pinocho ahorró cuarenta monedas para una chaquetita nueva.

Un día se encontró con el Caracol, que servía al Hada.

—El Hada ha enfermado y está en el hospital —dijo el Caracol—. No tiene ni para pan.

Pinocho dio las cuarenta monedas sin pensarlo ni un minuto.

—Dile al Hada que mañana le llevaré más.

Aquella noche trenzó cestas hasta medianoche. Y por la mañana abrió los ojos y no se reconoció. Las manos, tibias y rosadas. La nariz, normal, un poco respingona. Llevaba ropa nueva, y en el bolsillo había una bolsita de hueso con cuarenta monedas de oro. Junto a la ventana, fresco y alegre, Geppetto cepillaba un marco.

—¡Papá! ¿Qué ha pasado?

—Todo esto lo has hecho tú solito, hijo —sonrió Geppetto.

Y en una silla del rincón estaba sentado un viejo muñeco de madera. La cabeza ladeada, los brazos colgando, las piernas cruzadas, la nariz larga y afilada. Pinocho lo estuvo mirando un buen rato, y luego dijo:

—¡Qué gracioso era yo cuando era un muñeco!

¿Te ha gustado el cuento?

Adaptado de: Carlo Collodi, 1883

Para las familias

De qué trata

Un niño de madera se escapa de casa, cree al astuto Zorro y al Gato y se mete en un lío tras otro. A los niños les hace gracia la nariz que crece con cada mentira y el País de los Juguetes, donde la semana tiene seis jueves. Y en casa, el viejo Geppetto espera a Pinocho.

Qué enseña

  • Honestidad
  • Responsabilidad
  • Familia

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué Pinocho creyó al Zorro y al Gato, si ya lo habían engañado una vez?
  • ¿Qué dijo el Grillo Parlante al principio y qué de eso se cumplió?
  • ¿Por qué crees tú que Pinocho se convirtió en un niño de verdad?

En casa

Jueguen a «La nariz de Pinocho»: cada uno dice tres frases sobre su día y una es inventada. Quien adivina la inventada «estira» suavemente la nariz de quien la dijo.

Una frase para recordar

«La mentira, hijo mío, es de dos clases. Una tiene las patas cortas y la otra, la nariz larga.»

Este cuento en otros idiomas

Muy pronto: escribes un nombre y recibes un cuento sobre tu hijo. Haz clic si lo estás esperando.

Ya estás en la lista de espera

También te puede gustar

  • Una niña en un barquito de papel navega por el mar nocturno entre islas pequeñas; en la proa del barco va sentada una gaviota azul de tinta

    La cartógrafa de las palabras no dichas

    Yarina recibe de su abuela un mapa mágico y navega hasta la isla donde esperan las palabras que su familia nunca se atrevió a decir.

    9–12 años12 min de lecturaAventuras

  • Aladino sostiene una vieja lámpara de cobre y sobre él se alza un genio gigante de oro humeante

    Aladino y la lámpara maravillosa

    El perezoso Aladino encuentra una lámpara mágica bajo tierra y, cuando un astuto hechicero se la roba, lo recupera todo con su propio ingenio.

    9–12 años15 min de lecturaMagia

  • El joven pescador Urashima cruza el mar sobre el lomo de una gran tortuga

    Urashima Taro y el cofre de la Princesa del Mar

    El pescador Urashima salva a una tortuga y visita un palacio submarino, pero en casa le esperan un extraño secreto del tiempo y un cofre que no debe abrir.

    9–12 años13 min de lecturaMagia

  • Una muchacha de cabello dorado está de pie en la orilla del mar con una camisa verde en las manos, y hacia ella bajan volando once cisnes blancos con coronas de oro.

    Los cisnes salvajes

    Una madrastra malvada convierte en cisnes a once príncipes, y su hermana Elisa teje en silencio camisas de ortiga para romper el hechizo.

    9–12 años12 min de lecturaValentía

  • Kotigoroshko, con una maza enorme al hombro, camina por un camino entre los campos; detrás se ve su pueblo.

    Kotigoroshko

    Un niño nacido de un guisante crece hasta ser un héroe, vence al dragón, libera a su hermana y a sus hermanos y parte por el mundo con amigos fieles.

    9–12 años14 min de lecturaValentía

  • Kirilo Kozhumiaka, con su maza, de pie en una colina sobre el Dniéper frente a un enorme dragón verde

    Kirilo Kozhumiaka

    Un dragón feroz ha raptado a la princesa de Kyiv, y solo puede salvarla Kirilo, el curtidor que ablanda doce pieles a la vez con sus manos.

    9–12 años13 min de lecturaValentía