Kirilo Kozhumiaka
Un dragón feroz ha raptado a la princesa de Kyiv, y solo puede salvarla Kirilo, el curtidor que ablanda doce pieles a la vez con sus manos.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Peligroso
Hace muchísimo tiempo, cuando Kyiv todavía se escondía tras murallas de madera en lo alto de los barrancos sobre el Dniéper, se instaló cerca de la ciudad un Dragón. Era grande como una buena casa, tenía alas de cuero, anchas como velas de barco, y de los ollares le salían, una y otra vez, bocanadas de humo gris.
Cada mes el Dragón volaba hasta la puerta de la ciudad y rugía tan fuerte que la paja caía de los tejados:
—¡Traed el tributo! ¡Diez bueyes, veinte barriles de miel y tanto pan como yo pueda morder!
La gente de Kyiv suspiraba, pero lo llevaba. ¿Qué otra cosa podía hacer? Las flechas rebotaban en las escamas del Dragón como garbanzos contra una pared, y las lanzas se doblaban como juncos.
Pero una mañana de primavera, al Dragón ya no le bastó con eso. La única hija del príncipe paseaba por el jardín entre los cerezos en flor. De pronto, ¡fsssh!, el cielo se oscureció, sopló un viento caliente, y antes de que la princesa pudiera siquiera gritar, el Dragón la atrapó con sus garras y se la llevó volando sobre el Dniéper, hasta su cueva, más allá de los bosques oscuros.
El príncipe salió corriendo al jardín, pero allí solo giraban pétalos blancos y, sobre la hierba, había una cinta roja de la trenza de la muchacha.
La cueva del Dragón era profunda y estaba negra de hollín, y olía a humo y a hierro viejo. A la princesa no le hizo daño: quería que le llevara la casa.
—Me cocinarás gachas —resopló el Dragón—, me peinarás la cresta y me alabarás todos los días. Porque en todo el mundo no hay nadie más fuerte que yo.
La princesa no era de las que se asustan fácilmente. Se secó las lágrimas con la manga y pensó: «¿Que no hay nadie más fuerte, dices? Pues eso habrá que averiguarlo».
Así que cocinaba gachas en un caldero grande como un almiar, peinaba la cresta espinosa del Dragón con un rastrillo de madera y, de vez en cuando, decía:
—¡Ay, señor Dragón, qué alas tienes! ¡Ay, qué escamas tan brillantes!
Al oír aquello, el Dragón casi ronroneaba, como un gato junto a la estufa.
Una noche, cuando ya había cenado a gusto y se había tumbado junto al fuego, la princesa le preguntó como quien no quiere la cosa:
—Señor Dragón, ¿hay alguien en el mundo a quien tengas miedo?
Al Dragón hasta se le atragantó el humo.
—¿Yo? ¿Miedo? ¡Ja! ¡A nadie!
Se quedó callado un rato, se rascó detrás de la oreja con una garra y soltó, ya más bajito:
—Bueno, a uno sí. Vive en Kyiv un tal Kirilo Kozhumiaka. A ese no me gustaría encontrármelo.
—¿Y eso por qué? —preguntó la princesa sin levantar la vista del caldero.
—Porque es fuerte como un roble centenario. ¡Pero tú de esto ni una palabra! —El Dragón le lanzó una mirada amenazante con su ojo amarillo y, al cabo de un momento, ya roncaba tan fuerte que del techo de la cueva caían piedrecitas.
A la mañana siguiente llegó volando a la entrada de la cueva un palomo blanco. Era un palomo del palomar del príncipe, que desde pequeño comía de la mano de la princesa. Había volado sobre todos los bosques buscando a su dueña… y por fin la había encontrado.
La princesa arrancó una tira de corteza de abedul, escribió en ella con un carboncillo de la hoguera: «Papá, el Dragón solo le tiene miedo a Kirilo Kozhumiaka. Búscalo», y la ató bajo el ala del palomo.
—Vuela a casa, palomito —susurró—. Vuela más rápido que el viento.
Y el palomo, ¡frrr!, desapareció en el azul del cielo.
El príncipe leyó la corteza una vez, la leyó otra, y llamó a gritos a sus boyardos:
—¿Quién es ese Kirilo Kozhumiaka?
Los boyardos se encogieron de hombros. Hasta que habló un viejo mozo de cuadra:
—Es el que curte pieles en el Podil, junto al mismo río, mi príncipe.
En aquellos tiempos las pieles se curtían a mano: se remojaban en el río, se estrujaban y se frotaban hasta que la piel, dura como una tabla, quedaba suave como un lienzo. Por eso a esos artesanos los llamaban kozhumiakas, que quiere decir «los que ablandan el cuero». Era un trabajo duro, no apto para cualquiera. Y Kirilo ablandaba doce pieles a la vez.
El príncipe le mandó a los boyardos más importantes, con sus gorros de marta. Llegaron los boyardos a la casa de Kirilo: de la puerta salía vapor, olía a corteza de roble, y de espaldas a ellos había un gigante con un delantal de cuero, que estrujaba entre sus manazas un montón entero de pieles.
Los boyardos llamaron a la puerta: ¡pum, pum!
Kirilo se sobresaltó del susto y, ¡riiis!, las doce pieles se rompieron por la mitad.
—¡Ay, qué desgracia! —refunfuñó—. ¡Una semana entera de trabajo!
Los boyardos hicieron una reverencia hasta el suelo y le contaron lo del Dragón y la princesa. Kirilo se limpió las manos en el delantal y frunció el ceño.
—¿Me estropeáis las pieles y encima me mandáis a pelear con el Dragón? No, señores. Yo soy curtidor, no caballero. Lo mío son las pieles; de los dragones, que se ocupen los capitanes.
Y les cerró la puerta.
Entonces el príncipe le envió a los ancianos más viejos, blancos como la leche, con bastones de sauce. Llegaron los ancianos, se sentaron en el banco de piedra junto a la casa y se pusieron a convencerlo. Kirilo escuchaba, suspiraba, pero negaba con la cabeza:
—Me da pena la princesa, abuelos, muchísima pena. Pero no soy un guerrero. No iré.
El príncipe se quedó muy triste. Pero entonces su vieja niñera le dio un consejo:
—Mándale niños a Kirilo, mi príncipe. Con los pequeños tiene el corazón blando.
Y así lo hicieron. Se juntaron niños de todo Kyiv: del Podil, de la Colina y de la otra orilla del río. Se quedaron todos juntos delante de la casa de Kirilo, calladitos, calladitos. Kirilo salió a la puerta, y del grupo se adelantó la niña más pequeña, con un abriguito remendado.
—Tío Kirilo —dijo—, hoy el Dragón se ha llevado a la princesa. ¿Y mañana a quién? ¿A mi hermana? ¿A mí? ¿Quién nos va a proteger, si no es usted?
Kirilo la miró, miró a todos los niños, que esperaban conteniendo la respiración, y se le hizo un nudo en la garganta. Estuvo mucho rato callado y luego hizo un gesto con la mano:
—Bah, ¡qué remedio! Iré.
Los niños dieron un brinco y se pusieron a parlotear como gorriones en una cerca.
Y Kirilo se puso manos a la obra. Mandó traer doce haces de cáñamo y un barril de brea caliente. Se envolvió en cáñamo de la cabeza a los pies, lo untó de brea, luego se envolvió otra vez y lo untó otra vez… y quedó como un enorme almiar negro. Se hizo una maza con una raíz de roble entera, forrada de hierro. Y a los herreros les encargó forjar un arado, pero no uno cualquiera, sino uno tan pesado que ni diez bueyes podrían moverlo.
—¡Tío —se rieron los niños—, parece usted un oso con abrigo de piel!
—Oso o no oso —sonrió Kirilo—, al fuego no le voy a poner las cosas fáciles.
Llegó a la cueva del Dragón y gritó tan fuerte que de los robles cayeron las bellotas:
—¡Eh, Dragón! ¡Sal de ahí!
De la cueva asomó primero un ollar, luego el otro, y después toda la cabeza del Dragón. Vio el Dragón el almiar negro con la maza y enseguida supo quién era. Pero no lo dejó ver.
—¿A qué has venido, Kirilo? ¿A pelear o a hacer las paces?
—¡Qué paces ni qué nada contigo! A pelear, Dragón.
El Dragón echó fuego: ¡fuuuh! Las llamas envolvieron a Kirilo, la brea chisporroteó y humeó, pero él siguió allí plantado, parpadeando, nada más. Levantó la maza y, ¡pum!, el Dragón rodó por la hierba.
Y empezó la pelea. El Dragón batía las alas hasta doblar los árboles y azotaba con la cola hasta hacer retumbar la tierra. Kirilo golpeaba con la maza hasta sacar chispas de las escamas. Cuando la brea se le ablandaba con el calor, Kirilo corría al Dniéper y se zambullía de cabeza, ¡shhh!, y solo subía una nube de vapor. Y luego volvía a la pelea, fresco como el rocío de la mañana.
Así lucharon desde el amanecer hasta el mediodía. El Dragón se paraba cada vez más a menudo para tomar aliento, su fuego se debilitaba, y de los ollares ya solo le salían nubecitas grises. Por fin Kirilo levantó la maza por última vez y, ¡pum, pataplum!, el Dragón se quedó tendido en la hierba como un gran tronco verde.
—¡Basta, Kirilo! —resolló—. ¡Tú ganas! ¡No me pegues más!
—¿Devolverás a la princesa?
—¡Sí, sí, llévatela!
Pero la princesa ya había salido corriendo de la cueva ella solita: despeinada, tiznada de hollín, pero con una sonrisa de oreja a oreja.
Kirilo se apoyó en la maza y miró al Dragón.
—Al que está en el suelo no se le pega —dijo—. Pero tampoco te voy a dejar marchar así como así. Tanto mal has hecho a la gente, tantos bueyes te has comido y tanta miel te has bebido… Ahora lo vas a pagar trabajando.
Mientras tanto, los herreros ya habían traído en carros aquel arado: negro, pesado, con una reja ancha como un portón. Kirilo enganchó al Dragón, agarró él mismo las manceras y gritó:
—¡Arre, en marcha!
El Dragón gimió, tensó todo el cuerpo y empezó a tirar. El arado se hundió en la tierra, y detrás se abrió un surco tan hondo que en él podría esconderse un jinete a caballo. Y la tierra que levantaba la reja se iba amontonando a ambos lados en una alta muralla.
Tira el Dragón un día, tira otro. Refunfuña, resopla, y Kirilo venga a meterle prisa:
—¡No seas vago, Dragón! ¡Si tú decías que no había nadie más fuerte que tú!
Así araron campos y robledales, estepas y barrancos, hasta llegar al mismísimo mar azul. En cuanto el Dragón vio el agua, suplicó:
—¡Agua, Kirilo! ¡Aunque sea un sorbito!
Kirilo lo desenganchó y le dijo:
—Bebe. Y luego vete nadando al otro lado del mar y no vuelvas nunca. ¡Que no se te vea por nuestra tierra ni un ala ni la punta de la cola!
El Dragón se tiró a las olas, ¡plaf!, y hasta se levantó vapor sobre el mar. Bebió y bebió, y luego nadó y nadó, hasta que no fue más que un puntito en el borde del cielo. Nunca más nadie lo volvió a ver por nuestras tierras.
Pero el surco y la muralla se quedaron. La gente todavía las llama las Murallas del Dragón, y dicen que si caminas a lo largo de ellas, llegarás hasta el mar.
Volvieron Kirilo y la princesa a Kyiv, y allí ya repicaban las campanas, la gente había salido en tropel a las calles y los niños corrían a recibirlos. El príncipe abrazó a su hija y luego se volvió hacia Kirilo:
—Pide lo que quieras, Kirilo. Si quieres, te sentarás a mi lado en el gran salón y serás mi primer capitán. Si quieres, te daré un palacio en la Colina y un arcón lleno de oro.
Kirilo se rascó la nuca.
—Gracias, mi príncipe. Pero yo preferiría unas pieles nuevas. Porque aquellas doce me las echaron a perder vuestros boyardos.
El príncipe se echó a reír, se rieron los boyardos, y los que más se rieron fueron los niños. Todos pensaban que Kirilo bromeaba. Pero no bromeaba. No aceptó ni el palacio, ni el oro, ni el sitio en el gran salón. Tomó doce pieles, hizo una reverencia al príncipe y se volvió tan tranquilo al Podil.
A la mañana siguiente, los boyardos volvieron a su casa, y encima con un arcón de oro: ¿y si había cambiado de idea? Llegan, y de la puerta sale vapor, huele a corteza de roble, y de espaldas a ellos hay un gigante con un delantal de cuero, que estruja entre sus manazas un montón entero de pieles.
Los boyardos llamaron a la puerta: ¡pum, pum!
Kirilo ni pestañeó. Las pieles se quedaron en sus manos enteritas.
—Llevaos vuestro arcón, señores —dijo sin darse la vuelta—. Yo no me enfrenté al Dragón por oro.
—¿Y entonces por qué? —se extrañó el boyardo más anciano.
Kirilo señaló el río con la cabeza. Allí, en la orilla, los pequeños jugaban al Dragón y a Kozhumiaka. La niña más pequeña, la del abriguito remendado, se había envuelto en cuerdas de la cabeza a los pies y agitaba, muy amenazante, una rama de roble delante del «Dragón», que se partía de risa.
—Por eso —dijo Kirilo, y volvió a sus pieles.
Desde entonces han pasado muchos cientos de años. El cuento ya no recuerda cómo se llamaba aquel príncipe, y de los boyardos con gorros de marta no queda ni rastro. Pero el lugar junto al río donde Kirilo curtía sus pieles, la gente de Kyiv todavía lo llama Kozhumiaki.





