Rexik y Trika
La ruidosa Trika invita a Rexik a jugar al escondite y no consigue encontrarlo, aunque él está todo el rato justo a su lado.
Dibujos para colorear de este cuento
- Un cuento tranquilo
En el Valle de los Helechos vivía un pequeño tiranosaurio llamado Rexik. Le encantaba buscar tesoros: plumitas, conchas, piedrecitas. Pero un amigo todavía no lo había encontrado.
Un día, Rexik estaba sentado junto al río mirando piedras. De pronto, ¡crac, crac!, de entre los helechos salió de un salto una triceratops de color lila. Tenía una gorguera amarilla como el sol y tres cuernecitos en la frente.
—¡Hola! ¡Soy Trika! —gritó tan fuerte que las ranas saltaron al agua—. ¡Juguemos al escondite! ¡Tú buscas!
—¿Y si mejor no? —preguntó Rexik.
—¡Yo primero lo hago y luego lo pienso! —se rio Trika, y salió corriendo.
Trika corría deprisa. Pisaba fuerte. Y nunca miraba hacia atrás: ¡lo de delante siempre es más interesante!
Rexik cerró los ojos y contó hasta diez. Los abrió. No había nadie. Solo algo amarillo asomaba detrás de los helechos. Una gorguera amarilla con lunares naranjas.
Rexik olfateó: snif, snif. Olía a helecho y a Trika.
—¡Te encontré!
—¡Anda! —Trika salió de un salto—. ¿Cómo lo has adivinado?
—Con la nariz —dijo Rexik. De la gorguera no dijo ni una palabra.
La segunda vez, Trika se escondió detrás de una piedra grande. Y por encima de la piedra asomaba una gorguera amarilla.
Snif, snif.
—¡Te encontré!
La tercera vez se metió en un tronco viejo y hueco. Y del tronco asomaba una gorguera amarilla.
Snif, snif.
—¡Te encontré!
—¡¿Pero cómo?! —Trika dio un pisotón.
—Los tiranosaurios tenemos el mejor olfato —explicó Rexik—. Olemos las cosas desde muy, muy lejos.
Y es verdad: con la nariz, un tiranosaurio notaba incluso lo que sus ojos no veían.
—¡Ahora busco yo! —anunció Trika. Se puso de cara a la piedra y empezó a gritar—: ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres!…
Rexik daba vueltas sin saber qué hacer. ¿Dónde se escondía? Detrás de los helechos se le vería la cola. En el tronco no cabía.
—¿Y si mejor no me escondo? —susurró.
Y, muy calladito, se colocó justo detrás de Trika. Se agachó a la sombra de su gran gorguera.
—…¡Diez! ¡Voy a buscarte!
Trika miró debajo de los helechos. Nada. Pum, pum, detrás de la piedra. Nada. Metió la nariz en el tronco. ¡Nada!
Y Rexik iba detrás de ella. Paso a paso. Ella, pum, y él, pum. Ella se paraba, y él se paraba.
A sus pies brilló una piedrecita de rayas, naranjas y blancas. Rexik se agachó y la recogió sin hacer ruido. Trika no lo oyó. Estaba gritando:
—¡Rexiiik! ¿Dónde estááás?
Lo buscó junto al río. Lo buscó entre los arbustos. Hasta miró al cielo: ¿y si sabía volar? Pero hacia atrás no miró ni una sola vez.
—¡Me rindo! —gritó por fin Trika, y se dejó caer en la hierba.
—Estoy aquí —dijo Rexik a su espalda.
—¡Aaah! —Trika dio un salto más alto que los helechos. Se dio la vuelta. Parpadeó—. ¿Tú… tú has estado aquí todo el rato?
—Ajá. Es que no has mirado hacia atrás ni una vez.
Trika se rio tanto que se cayó de espaldas y se puso a patalear.
—¡Ay, que no puedo más! ¡Don Mejor-No! ¡Don Mejor-No, qué pillo eres! ¡Mañana volvemos a jugar!
—¿Y si mejor no? —sonrió Rexik.
—¡Sí que sí!
Al caer la noche, Rexik volvió a casa.
—¿Qué, has encontrado una amiga? —le preguntó su mamá.
—¿Cómo lo sabes?
—Las orejas de mamá lo oyen todo —sonrió ella—. Y a Trika se la oye desde el otro lado del río.
Rexik puso la piedrecita de rayas en su estante. Era su primer tesoro de su nueva amiga. Luego se acurrucó en su nido.
Mañana Trika seguro que mira hacia atrás.
O a lo mejor no.





