El guante
Un abuelo pierde un guante en el bosque y, uno tras otro, varios animalitos se instalan dentro… hasta que llega el oso.
- Un poco de miedo
Iba un abuelo por el bosque en invierno. La nieve crujía bajo sus botas de fieltro, el frío le pellizcaba las mejillas y, delante de él, corría un perrito pelirrojo. El abuelo tenía tanta prisa por llegar a casa que ni se dio cuenta de que se le había caído un guante del bolsillo: un guante calentito, de lana, con el borde rojo. Cayó en la nieve, debajo de un abeto, y allí se quedó.
Pasa corriendo una ratita. Ve el guante y lo olfatea por todas partes.
—¡Anda, qué casita! Calentita y blandita. Aquí me quedo a vivir.
Se metió dentro y se hizo una bolita.
Llega dando saltos una ranita: ¡hop, hop!
—¿Quién vive, quién vive en el guante?
—Yo, la ratita rasca-rasca. ¿Y tú quién eres?
—Yo soy la ranita croa-croa. ¡Déjame entrar a mí también!
—Pasa, que entre dos se está más a gusto.
Llega corriendo un conejito, con las orejas temblando de frío.
—¿Quién vive, quién vive en el guante?
—La ratita rasca-rasca y la ranita croa-croa. ¿Y tú quién eres?
—Yo soy el conejito brinca-brinca. ¡Dejadme entrar a calentarme!
—¡Pasa!
Y entonces llega una zorrita, barriendo la nieve con la cola.
—¿Quién vive, quién vive en el guante?
—La ratita rasca-rasca, la ranita croa-croa y el conejito brinca-brinca. ¿Y tú quién eres?
—Yo soy la zorrita astutita. Dejadme entrar a mí también.
Los animalitos se apretaron un poco, y la zorrita también se acomodó.
Después llegó corriendo el lobito hermanito, y detrás de él, arrastrando las patas, el jabalí colmillón. Cada uno preguntaba: «¿Quién vive, quién vive en el guante?», y a todos los dejaban pasar, porque fuera hacía mucho frío y juntitos se está más calentito. El guante ya estaba a punto de reventar por las costuras, y dentro había un apretujón y un jaleo tremendos: uno estornudaba, otro se reía, otro buscaba un huequito donde acomodarse.
Y de repente… ¡crac, crac, las ramas! Se acerca un oso.
—¿Quién vive, quién vive en el guante?
Los animalitos se presentaron uno por uno, y el oso dijo:
—Pues yo soy el oso pisafuerte. ¡Dejadme entrar a mí también!
—¿Pero dónde vas a caber tú? ¡Si aquí ya no cabe ni un alfiler!
—Ya me las apañaré —gruñó el oso.
Cada uno se apretó un poquito más, y el oso, al final, consiguió meterse. Allí estaban los animalitos, sin poder respirar ni moverse, pero calentitos y muy contentos.
Mientras tanto, el abuelo llegó a casa, metió la mano en el bolsillo… ¡y el guante no estaba! Así que volvió sobre sus pasos, y el perrito echó a correr delante. Corre que te corre, olfatea que te olfatea… y de pronto ve que debajo del abeto hay un guante, ¡y se mueve!
—¡Guau, guau, guau! —ladró el perrito.
Los animalitos se asustaron, salieron disparados del guante y cada uno huyó por su lado: la ratita a su madriguera, la ranita debajo de un tronco, el conejito a los arbustos, la zorrita, el lobito y el jabalí a la espesura del bosque, y el oso a su cueva.
Se acercó el abuelo, recogió el guante y le sacudió la nieve. Estaba calentito, como si alguien lo acabara de llevar puesto.
—¡Qué cosa más curiosa! —sonrió el abuelo—. Parece que alguien ha estado aquí de visita.
Se puso el guante, llamó al perrito con un silbido y los dos se fueron a casa a cenar.





