La Zorrita y Don Grulla
La Zorrita le sirve a Don Grulla gachas en un plato llano, él le sirve sopa en una jarra estrecha, y los dos se vuelven a casa con hambre.
- Un cuento tranquilo
Había una vez en el bosque una Zorrita: rojiza, astuta y con una cola muy peluda. Y en la ciénaga vivía Don Grulla. Patas largas, cuello largo, y el pico, más largo todavía.
Un día se encontraron en el sendero.
—¡Buenos días, compadre Grulla! —dijo la Zorrita, moviendo la cola—. Ven mañana a comer a mi casa. ¡Te invito!
—Gracias, comadre, allí estaré —dijo Don Grulla con una reverencia.
Al día siguiente, la Zorrita preparó unas gachas. Calentitas, amarillas, con mantequilla. Y luego las extendió sobre un plato grande y llano. Finitas, finitas.
Llegó Don Grulla: tap, tap, con sus largas patas.
—¡Siéntate, compadre! —dice la Zorrita—. ¡Come, no tengas vergüenza!
Don Grulla se inclinó. Toc con el pico: nada de gachas. Toc, toc: otra vez nada. Su pico es puntiagudo, y las gachas, finas como una hoja. Don Grulla da golpecitos en el plato, pero en el pico no le entra nada.
Y la Zorrita, ¡lame que te lame con la lengüecita!, lamió ella solita todas las gachas.
—Ay, compadre, ¿por qué no comes? —pregunta—. ¿No te gusta?
—Sí que me gusta, comadre, gracias —dijo bajito Don Grulla.
Pero pensaba para sí: «Ya verás, Zorrita, ya verás».
Pasó un día, y Don Grulla le dice:
—Ahora, comadre, ven tú a comer a mi casa.
A la Zorrita se le hizo la boca agua. Llegó corriendo, ¡hop, hop!, y hasta antes de la hora.
Don Grulla había preparado una sopa de pescado con mijo y cebollita. La sirvió en una jarra alta. Y la jarra tenía el cuello estrechito, estrechito.
—¡Sírvete, comadre! —dice Don Grulla—. ¡Come, no tengas vergüenza!
La Zorrita se acerca a la jarra: el hocico no le cabe. Prueba por un lado: no le cabe. Se pone de pie sobre las patas traseras: nada, imposible. Y la sopa huele tan bien que le ruge la barriguita: ¡grrr!
Y Don Grulla metió el pico en la jarra. ¡Chup, chup!, y se lo comió todo hasta la última gota.
—Ay, comadre, ¿por qué no comes? —pregunta—. ¿No te gusta?
La Zorrita no dice nada. Solo agacha las orejitas.
La Zorrita se volvió a casa con hambre. La cola le arrastraba por la hierba, y en la barriguita: ¡grrr!
—¡Vaya compadre! —refunfuña—. ¡Vaya comida! ¿Quién trata así a sus invitados?
Y Don Grulla, allí en su ciénaga, también se enfurruñó. Se acuerda del plato llano y de las gachas finitas.
—¡Vaya comadre! —dice, chasqueando el pico—. ¡Vaya comida!
Desde entonces, la Zorrita no va a casa de Don Grulla, ni Don Grulla a casa de la Zorrita. Si se cruzan en el sendero, se dan la espalda: ella se va por un lado y él por otro.
Y así se acabó su amistad: en un plato llano y en una jarra estrecha.





