Timko y la primera nieve
El erizo Timko nunca ha visto la nieve, y la abuela Lechuza le promete llamarlo en cuanto caiga el primer copo.
- Un poco de miedo
Érase una vez, en el bosque, un erizo llamado Timko. Había llegado el final del otoño, y todos los erizos tenían que irse a dormir hasta la primavera.
Pero Timko no quería.
—¡Si yo todavía no he visto nunca la nieve! —resopló.
Así que Timko fue a ver a la abuela Lechuza. Tip, tap, hacían sus patitas sobre las hojas secas.
—Abuela Lechuza, ¿ya está nevando?
—Todavía no, Timko, todavía no —ululó la Lechuza desde el hueco de su árbol.
—¿Y cómo es la nieve?
—Blanca, blanquísima. Ligera como una plumita. Y fría, tan fría que te pellizca la naricita.
Timko alzó el hocico hacia el cielo. Estaba gris. Ni un solo copo.
—Pues esperaré —dijo Timko.
Se sentó bajo el roble y se puso a esperar. El viento, fiu, fiu, mecía las ramas desnudas. Las hojas, fris, fras, caían al suelo. Pero la nieve no llegaba.
—Abuela Lechuza, ¿ya está nevando?
—Todavía no, Timko, todavía no.
Timko bostezó. Un bostezo grande, grandísimo, que le hizo temblar los bigotitos.
—Ay —dijo—. Se me cierran los ojitos.
La abuela Lechuza salió volando del hueco de su árbol y se posó en una rama baja, a su lado.
—¿Sabes qué? Yo soy una lechuza. Por la noche no duermo y lo veo todo. En cuanto caiga el primer copo, te llamaré. Te lo prometo.
—¿De verdad de la buena?
—De verdad de la buena.
Timko se puso muy contento y empezó a prepararse una camita entre las raíces del viejo roble. Hojitas secas: una. Musgo blandito: dos. Un puñadito de hierba: tres. ¡Calentito como dentro de un guante!
En ese momento se hizo de noche. Timko se asomó desde su madriguera y se le erizaron todas las púas.
—Abuela, está muy oscuro...
—Pero yo estoy aquí —ululó la Lechuza—. Mis ojos brillan como dos farolillos. ¿Los ves?
Timko miró hacia arriba. Y era verdad: en la rama brillaban dos lucecitas amarillas. Ya no daba nada de miedo.
Timko se hizo una bolita. Púas con púas, el hocico entre las patitas.
—Abuela Lechuza, ¿ya está nevando? —susurró.
—Todavía no, Timko... todavía no...
El bosque estaba en silencio. Timko respiraba despacito, despacito. Los ojitos se le iban cerrando...
Y, de repente, la abuela Lechuza abrió las alas.
—¡Timko! ¡Timko! ¡Mira!
Del cielo oscuro bajaba un copo de nieve. Pequeño, blanco, ligerito. Dio vueltas y más vueltas... y se posó justo en la naricita de Timko.
—¡Ay, qué fresquito! —sonrió Timko medio dormido—. ¿Esto es... la nieve?
—Esto es la nieve —dijo la Lechuza en voz bajita.
Y detrás del primer copo llegó el segundo, y el tercero, y el décimo. Una manta blanca cubrió las hojas, el musgo y la madriguera bajo el roble.
—Gracias, abuela —susurró Timko.
Y se quedó dormido. Dulcemente, muy dulcemente. Hasta la primavera.
Y la abuela Lechuza pasó toda la noche en la rama, velando su sueño.





