Abrir menú
Cuentos

Don Liebre y el Erizo

Don Liebre, muy presumido, se ríe de las patitas cortas del Erizo, pero el listo Erizo y su mujer le ganan en una carrera.

  • Un cuento tranquilo
Para las familias

Al borde de un campo vivía un Erizo. Tenía las patitas cortitas y un poco torcidas, pero la cabeza muy despierta.

Una mañana salió el Erizo a ver si habían crecido las remolachas. Tip, tap, tip, tap, iba trotando por el sendero. Y de pronto le salió al paso don Liebre: orejas hasta el cielo, patas larguísimas y la nariz bien alta.

—¡Ay, que me muero de risa! —se carcajeó don Liebre—. ¿Adónde vas, Erizo, con esas patitas torcidas? ¿Llegarás al final del sendero antes de que anochezca?

—Son unas patas como otras cualesquiera —respondió el Erizo tan tranquilo—. A mí me bastan.

—¡Le bastan! —resopló don Liebre—. Yo de un solo salto recorro más que tú en un día entero.

El Erizo se lo pensó un buen rato y dijo:

—Pues hagamos una carrera. El que pierda no se volverá a reír de nadie.

Don Liebre se cayó en la hierba de tanto reír.

—¿Tú? ¿Conmigo? ¡Venga! ¡Ahora mismo si quieres!

—No —dijo el Erizo—. Todavía no he desayunado. Ven dentro de un rato al campo arado.

El Erizo se fue corriendo a casa y llamó:

—¡Mujer, ven a echarme una mano! Vamos a darle una lección a don Liebre.

—¿A qué liebre ni qué liebre? —exclamó la señora Erizo, juntando las patitas.

El Erizo se lo contó todo, y ella también se echó a reír.

Llegaron al campo. Allí había dos surcos, dos zanjitas larguísimas en la tierra, una al lado de la otra. El Erizo dejó a su mujer al otro extremo.

—Quédate aquí calladita. Cuando llegue don Liebre, sal de un salto y grita: «¡Ya estoy aquí!».

Y tienes que saber que la señora Erizo y el Erizo se parecían como dos gotas de agua. Los dos redonditos, pinchudos y con la naricilla negra.

El Erizo volvió al principio. Don Liebre ya estaba allí, dando golpecitos con la pata en el suelo, impaciente.

—¿Qué, patituerto, estás listo?

—Listo.

—¡A la una, a las dos y a las tres!

Don Liebre, ¡fiuuu!, salió volando por el surco, levantando una gran nube de polvo. Y el Erizo dio tres pasitos, se agachó en el surco y allí se quedó sentadito.

Llegó don Liebre al final y, del surco, salió la señora Erizo:

—¡Ya estoy aquí!

Don Liebre se quedó de piedra, con las orejas tiesas.

—¿Cómo es posible? ¡Otra vez! ¡De vuelta!

Y, ¡fiuuu!, de vuelta. Llega, y allí está el Erizo:

—¡Ya estoy aquí!

—¡No puede ser! —gritaba don Liebre—. ¡Otra vez!

Para allá: «¡Ya estoy aquí!». Para acá: «¡Ya estoy aquí!».

Corrió y corrió don Liebre, hasta que las patas se le quedaron blanditas como el algodón. ¡Pum!, se dejó caer en la hierba. Allí se quedó tumbado, resoplando, con las orejas desparramadas.

—Se acabó… —dijo con un hilo de voz—. Tú ganas.

El Erizo se acercó y se sentó a su lado.

—¿Qué, amigo Liebre, te vas a seguir riendo de mis patitas?

—No —suspiró don Liebre—. Nunca más. No me reiré de las patas de nadie.

Don Liebre se marchó cojeando, despacito, hacia el bosque. Y el Erizo y la señora Erizo se fueron a casa. En casa olía a peras asadas. Comieron hasta hartarse, se hicieron una bolita bajo las hojas calentitas y se quedaron dormidos tan a gusto.

Y desde entonces, cada vez que don Liebre ve al Erizo, le hace una educada reverencia.

¿Te ha gustado el cuento?

Adaptado de: Iván Frankó, 1899

Para las familias

De qué trata

El presumido don Liebre se burla de las patas cortas del Erizo, y este lo reta a una carrera. A los niños les encanta el divertido «¡Ya estoy aquí!», que dan ganas de repetir a coro, y esperan impacientes a ver quién llega primero.

Qué enseña

  • Ingenio
  • Bondad

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué se reía don Liebre del Erizo? ¿Te parece bonito hacer eso?
  • ¿Cómo engañaron el Erizo y la señora Erizo a don Liebre?
  • ¿Qué dirías tú si alguien se riera de un amigo tuyo?

En casa

Juega en casa a las carreras: que tu hijo se esconda junto a la «meta» y grite «¡Ya estoy aquí!» en cuanto llegues. Luego, charla con él sobre lo que hace especial a cada uno.

Una frase para recordar

«Tenía las patitas cortitas y un poco torcidas, pero la cabeza muy despierta.»

Este cuento en otros idiomas

Muy pronto: escribes un nombre y recibes un cuento sobre tu hijo. Haz clic si lo estás esperando.

Ya estás en la lista de espera

También te puede gustar

  • Una zorrita va orgullosa en un trineo tirado por un ternerito, mientras un lobo asoma tras un abeto.

    La zorrita y el lobo confianzudo

    Una zorrita astuta cambió un ternerito por un pastel vacío, pero el lobo confianzudo le rompió el trineo, se comió al ternero y lo pagó con la punta de su cola.

    2–5 años5 min de lecturaAnimales

  • Un gatito gris con una hachita y un gallito rojo están junto a la puerta de una casita del bosque

    El Gatito y el Gallito

    El Gatito va a por leña y le pide al Gallito que no se asome a la ventana, pero la zorrita canta tan dulce que el Gallito no aguanta.

    2–5 años3 min de lecturaAnimales

  • El viejo trenza un torito de paja y la vieja le unta el costado con brea

    El torito de paja

    El viejo trenzó para la vieja un torito de paja y le untó el costado de brea, y al costado pegajoso se fueron pegando el oso, el lobo, la zorra y la liebre.

    2–5 años3 min de lecturaAnimales

  • El abuelo y la abuela, en su casa, se asombran ante el huevo de oro; al lado está la gallinita moteada y por un agujero asoma un ratoncito.

    La gallinita Riaba

    La gallinita Riaba puso un huevo de oro: el abuelo y la abuela no lograron romperlo, pero el ratoncito movió la colita y todo el pueblo se entristeció.

    2–5 años4 min de lecturaAnimales

  • El abuelo, la abuela, Minka, la perra, la gata y la ratoncita tiran juntos de un enorme nabo amarillo en la huerta

    El nabo gigante

    El abuelo Andrushka cría un nabo grande como su cabeza, pero no puede sacarlo: llama a la abuela, a Minka, a Finka, a Varvarka y al ratoncito. ¿Quién no caerá?

    2–5 años3 min de lecturaFamilia

  • Un pastorcillo de pie sobre una piedra entre sus ovejas grita con picardía, haciendo bocina con las manos

    El niño que gritaba «¡Lobo!»

    Un pastorcillo llama dos veces al pueblo para salvar a sus ovejas del lobo solo por broma, y cuando el lobo llega de verdad, ya nadie le cree.

    2–5 años3 min de lecturaFábulas