El paragüitas que tenía miedo de la lluvia
Un paragüitas nuevo y amarillo se esconde de la lluvia en el armario, hasta que una niña perdida, Solomiyka, se queda bajo el chaparrón.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Un poco peligroso
En una casa vieja a las afueras del pueblo, en el armario de debajo de la escalera, vivía un paragüitas nuevo. Era amarillo, amarillísimo, como un diente de león, y tenía un mango de madera curvado como un gancho. Solo tenía un problema: le daba muchísimo miedo la lluvia.
En cuanto aparecía la primera gota en el cristal de la ventana, el paragüitas, ¡zas!, se escondía detrás del pesado abrigo de la abuela.
—¡Plic-plic, chof! —susurraba—. ¡Mejor me quedo en el armario!
A su lado, colgado de otro gancho, estaba el viejo Paraguas negro. En su vida había visto chaparrones, granizo y hasta una tormenta de verdad, en la que el viento le dio la vuelta del revés, como si fuera una flor. Desde entonces tenía una varilla un poco torcida, pero eso de ponerse triste no iba con él.
—¿Por qué te escondes, pequeño? —le preguntaba—. La lluvia es nuestro trabajo.
—¿Y si me mojo? —chillaba el paragüitas—. ¿Y si me destiño y me vuelvo gris en vez de amarillo? ¿Y si me despego y me deshago en trocitos?
—Pues yo no me he deshecho —sonreía el Paraguas.
—Usted es grande y valiente. Y yo soy pequeño y nuevo.
Así que, cuando el abuelo Petro, el dueño de la casa, salía con mal tiempo, se llevaba al viejo Paraguas. Y el paragüitas amarillo se quedaba en el armario. Sequito. Y un poquito triste, porque en el armario estaba oscuro y era muy aburrido.
Así pasó un verano entero. Pero un día de otoño el cielo frunció el ceño como un oso enfadado. El abuelo Petro se llevó al Paraguas y fue a casa de la vecina a buscar leche. La puerta del armario se quedó abierta. Y la puerta del porche no llegó a cerrarse del todo: en el umbral, el Paraguas se había enganchado en el marco con su varilla torcida. Así que se quedó entornada y crujía bajito con el viento.
—Quédate quietecito —le dijo el Paraguas al despedirse, y le guiñó un ojo—. Vuelvo enseguida.
¡Bum!, retumbó el trueno. Shhhhh… empezó a llover a cántaros. El paragüitas se asomó con cuidado fuera del armario. En el pasillo había una ventana, y la lluvia golpeaba el cristal con tanta fuerza que hasta tintineaba.
—Ay, ay —susurró—. Menos mal que estoy en casa.
Y de pronto lo ve: bajo el viejo tilo, al otro lado de la calle, hay una niña pequeña con una chaqueta verde. Sin gorro, sin paraguas. Las trencitas mojadas, la naricita roja. La niña mira a todos lados y se frota los ojos con el puño.
—¡Mamá! —llamaba—. Mamá, ¿dónde estás?
Pero el chaparrón se tragaba su voz como un pez hambriento.
Al paragüitas le temblaron todas las varillas.
—Ahí fuera está todo mojado —se dijo—. Ahí hace frío. Ahí me desteñiré…
La niña sorbió por la nariz y se abrazó a sí misma.
El paragüitas la miró. Luego miró el armario oscuro. Luego otra vez a la niña.
—Plic-plic, chof… —empezó a decir, y se calló.
¡Hop!, saltó del gancho. Hop, hop, hop, fue brincando sobre su mango por el pasillo. Se coló por la rendija de la puerta… y una gota fría le cayó justo en la coronilla.
¡Plic!
El paragüitas cerró los ojos con fuerza. Ahora… ahora se iba a desteñir…
Pero no pasó nada. La gota resbaló hacia abajo, y en la tela amarilla no quedó ni una manchita.
—¡Anda! —se sorprendió el paragüitas.
Y cruzó la calle a saltitos, chapoteando en los charcos, ¡chof, chof!, hasta llegar al tilo. Se plantó delante de la niña, hizo fuerza y… ¡clac!, se abrió de par en par. Sobre la niña se encendió un círculo amarillo, como un pequeño sol en medio del chaparrón gris.
La niña se quedó con la boca abierta.
—¿Y tú… tú de quién eres?
—De mí mismo —contestó el paragüitas—. ¡Agárrame fuerte!
La niña se agarró al mango. Y la lluvia tamborileaba encima: toc-toc-toc, tarará-ram-tam.
Al principio el paragüitas se encogió. Pero luego se puso a escuchar. ¡Si esto es música! Como si alguien tocara sobre él igual que sobre una pandereta.
—¡Toc-toc-toc! —se rio—. ¡Me hace cosquillas!
La niña también sonrió. Por primera vez en todo el día.
—¿Cómo te llamas? —preguntó el paragüitas.
—Solomiyka. Iba corriendo detrás de un gatito naranja y luego… luego no sé adónde he llegado. —Y los labios le volvieron a temblar.
—¿Y dónde vives?
—Al lado de la panadería. De su chimenea siempre sale humo y huele a rosquillas.
El paragüitas se estiró todo lo que pudo, tanto que Solomiyka tuvo que ponerse de puntillas. Desde allí arriba se veían tejados mojados, chimeneas, vallas… Y allí, a dos calles, de una chimenea alta salían bocanadas de humo blanco. Incluso a través de la lluvia llegaba el olor cálido del pan recién hecho.
—¡Por allí! —gritó el paragüitas, y tiró de Solomiyka hacia delante.
Costaba mucho caminar. El viento soplaba y soplaba; quería arrancarle el paragüitas de las manos y darle la vuelta del revés. Pero él sujetaba sus varillas con fuerza, con muchísima fuerza.
—¡No la suelto! —resoplaba—. ¡No suelto a Solomiyka!
Chof, un charco. Chof, otro más. Solomiyka saltaba por encima, y el paragüitas flotaba sobre ella, amarillo y alegre.
Junto a la panadería, bajo el toldo, había una mujer con un pañuelo rojo en la cabeza que gritaba para que la oyera toda la calle:
—¡Solomiyka! ¡Solomiyka-a-a!
—¡Mamá! —Solomiyka corrió hacia ella.
La mamá levantó a su hija en brazos, la abrazó fuerte y le dio un beso en la coronilla mojada.
—¿Dónde te habías metido, solecito mío?
—¡Me ha traído el paragüitas! —dijo Solomiyka—. ¡Uno amarillo, amarillo!
La mamá miró a su alrededor. Pero bajo el toldo no había nadie. Solo unas huellitas pequeñas y redondas brillaban sobre los adoquines mojados. Hop, hop, hop… y a la vuelta de la esquina.
El paragüitas entró de un salto en el pasillo justo cuando chirrió la verja del jardín. Apenas le dio tiempo a colgarse de su gancho, y todavía goteaba: plic, plic, plic. Debajo del armario se había formado un charquito bastante grande.
El abuelo Petro entró, sacudió al Paraguas, miró el charquito y se rascó la nuca.
—¡Qué cosa más rara! ¿No será que hay una gotera en el tejado?
El viejo Paraguas miró a su vecino amarillo y sonrió con picardía.
—¿Y bien? ¿Te has despegado?
—No —dijo el paragüitas—. Y tampoco me he desteñido. ¡Mire, estoy todavía más amarillo!
Y era verdad: lavado por la lluvia, relucía como nunca.
—Tenía miedo —confesó en voz bajita—. Pero luego Solomiyka tenía frío… y no sé cómo, se me olvidó tener miedo.
—Así son las cosas —dijo el Paraguas, y le dio un toquecito suave con su varilla torcida.
El paragüitas miró aquella varilla torcida. Luego la puerta del porche, que seguía chirriando: ñic, ñic. Luego otra vez la varilla.
—Un momento —dijo despacio—. ¿Y por qué hoy no se ha cerrado la puerta?
—Quién sabe —respondió el Paraguas—. Habrá sido el viento.
—¿Y entonces por qué me guiñó el ojo?
El viejo Paraguas carraspeó.
—Bueno… sí, me enganché —admitió—. Un poquitín a propósito. Pensé que al menos te asomarías al porche a mirar la lluvia. ¡Quién iba a imaginar que cruzarías la calle corriendo y encima llevarías a Solomiyka a su casa!
Del asombro, el paragüitas se abrió de golpe: ¡clac!
—¿Entonces lo planeó usted todo?
—Yo solo te dejé una rendijita en la puerta, pequeño —sonrió el Paraguas—. La calle la cruzaste tú solito.





