El traje nuevo del emperador
Dos pícaros tejen para el emperador una tela que los tontos no ven. Todos fingen verla, hasta que en el desfile habla una niña pequeña.
- Un cuento tranquilo
Érase una vez un emperador que amaba los trajes nuevos más que nada en el mundo. Ni los libros, ni los paseos, ni siquiera la tarta de cerezas: lo suyo eran los jubones, las capas y los mantos. Tenía un traje distinto para cada hora del día. Así que, cuando alguien preguntaba dónde estaba el emperador, no le respondían «en el consejo», sino «en el vestidor».
Un día llegaron a la capital dos forasteros con capas polvorientas. Dijeron que eran tejedores y fueron derechos al palacio.
—Majestad —se inclinó el primero, largo y flaco—, ¡sabemos tejer una tela como el mundo jamás ha visto!
—Colores como el arcoíris después de la lluvia —añadió el segundo, bajito y redondo—. Y dibujos como la escarcha en el cristal.
—Y otra maravilla más —dijo el flaco, levantando un dedo—. Quien es tonto o no sirve para su cargo no puede ver esta tela. ¡Ni un solo hilito!
El emperador casi dio un brinco en el trono. «¡Vaya tela! —pensó—. Si me pongo un traje así, sabré enseguida cuál de mis ministros es tonto y cuál no sirve para su cargo».
—Tomad seda, tomad hilo de oro —ordenó—. ¡Y a tejer sin perder tiempo!
Los pícaros montaron dos telares en el palacio y se pusieron manos a la obra. Todo el día —tac-tac, fru-fru— las lanzaderas volaban de aquí para allá. Solo que en los telares no había nada. ¡Vacíos! La seda cara y el hilo de oro los escondían los tejedores en sus sacos, y hasta bien entrada la noche movían los telares vacíos a la luz de las velas.
El rumor de la tela mágica corrió por toda la ciudad. En el mercado, junto al pozo, en la panadería no se hablaba de otra cosa: ¿quién resultaría ser tonto? Solo a los niños les daba igual. La tela no les importaba, porque tenían sus propios asuntos: pelotas, charcos y gatitos.
Pasó una semana, y al emperador le entraron ganas de ver cómo iba el trabajo. Pero ir él mismo le daba un poco de miedo. «¿Y si no la veo? —susurraba—. No, no, claro que la veré. Pero que vaya primero otro».
Y envió a su ministro más anciano, canoso y solemne, con una barba que le llegaba hasta el cinturón.
El ministro entró, miró los telares… y se quedó helado. ¡Vacíos!
«¡Ay, madre mía! —pensó, y la barba empezó a temblarle—. ¿Seré tonto? ¡Nadie debe enterarse!»
—¿Y bien, señor ministro? —preguntaron los tejedores—. ¿Le gustan los colores?
—¡Magníficos! ¡Preciosos! —se apresuró a decir el ministro, y hasta se puso las gafas para que se viera con qué atención miraba—. Ese rojo… y ese verde… ¡Se lo contaré todo, todito, al emperador!
Los pícaros solo se miraron de reojo y pidieron más seda y más hilo de oro. «Para los dibujos», explicaron.
Después fue a ver a los tejedores otro funcionario, más joven. Y le pasó exactamente lo mismo. Miraba, parpadeaba, se frotaba los ojos, pero solo veía telares vacíos.
«Tonto no puedo ser —pensaba—. Entonces, ¿no sirvo para mi cargo? ¡Ah, no, nadie se va a enterar!»
—¡Qué esplendor! —exclamó en voz alta—. ¡Hasta deslumbra!
Por fin el emperador fue a verlo él mismo, con todo un séquito de cortesanos, entre ellos los dos señores que ya habían estado allí. Los tejedores estaban junto a los telares trabajando con todas sus fuerzas —fru-fru, tac-tac— sobre el puro aire.
—¿Verdad que es maravilloso, majestad? —señalaba con el dedo el viejo ministro—. ¡Mire qué dibujos!
Estaba seguro de que todos los demás veían la tela.
El emperador miró… y el corazón le dio un vuelco. ¡Nada! ¡Absolutamente nada!
«¿Pero qué es esto? —se asustó—. ¿Seré tonto? ¿No serviré para emperador? ¡No se me ocurre nada peor!»
—Oh, muy bonito —dijo en voz alta, asintiendo con la cabeza—. ¡Me gusta muchísimo!
Y los cortesanos, que tampoco veían nada, exclamaron a cual más:
—¡Encantador! ¡Increíble! ¡Espléndido!
Le aconsejaron al emperador que se hiciera con la tela nueva un traje para el gran desfile, que iba a celebrarse muy pronto.
La noche antes del desfile los pícaros la pasaron en vela. Encendieron dieciséis velas para que todos vieran cuánto se esforzaban. Quitaban la «tela» de los telares, cortaban el aire con unas tijeras enormes —¡chis, chas!— y cosían con agujas sin hilo. Y por la mañana anunciaron solemnemente:
—¡El traje está listo!
El emperador llegó con sus nobles más ilustres. Los tejedores levantaban los brazos como si sostuvieran algo ligerísimo.
—Aquí están los calzones. Aquí, el jubón. Y aquí, el manto con una cola larguísima —iban diciendo—. ¡Ligero como una telaraña! Parece que uno no lleva nada encima, y en eso está su belleza.
—Sí, sí —asentían los nobles, aunque no veían nada, porque allí no había nada.
—Y ahora, majestad, quítese, por favor, la ropa vieja —se inclinaron los pícaros—. Quédese solo con la camisa interior: así la tela nueva sentará mejor.
El emperador se desvistió, y los pícaros hicieron como que lo vestían, prenda por prenda. Él se giraba ante el gran espejo a un lado y a otro.
—¡Qué bien le queda! ¡Cómo le sienta! —murmuraban los cortesanos.
Los dos criados que debían llevar la cola se agacharon, tantearon el suelo como si la recogieran… y echaron a andar detrás, sosteniendo aire con las manos. Tampoco ellos querían pasar por tontos.
A los tejedores les pagaron generosamente, y ellos, con una profunda reverencia, desaparecieron vete a saber adónde con sus pesados sacos.
Y entonces arrancó el desfile. Delante, las trompetas: ¡tararí! Bajo un palio que llevaban cuatro pajes caminaba el emperador. La gente se agolpaba a lo largo de las calles y se asomaba a las ventanas.
—¡Qué traje tan lujoso! —gritaban—. ¡Qué cola! ¡Qué bien le queda todo al emperador!
Nadie quería decir que no veía nada. Porque ¿a quién le gusta que los vecinos lo tomen por tonto?
Pero en medio de la multitud, sobre los hombros de su papá, iba sentada una niña pequeña. Ni siquiera había oído lo que se decía de la tela mágica: ella tenía sus propios asuntos, charcos, gatitos y ahora, además, un desfile. Miró al emperador y luego otra vez, con atención, como miran los niños.
—¡Pero si el emperador va desnudo! —dijo en voz alta, muy sorprendida.
Bueno, a decir verdad, no del todo desnudo: llevaba una larga camisa interior blanca. Pero del traje nuevo no tenía encima ni un hilito.
—¿Oís lo que dice la niña? —le susurró el papá al vecino.
Y el vecino lo susurró al siguiente:
—La niña dice que el emperador no lleva nada…
El susurro corrió de persona en persona como el viento por la hierba… y de pronto toda la calle gritó:
—¡Pero si no lleva nada encima!
El emperador se estremeció. Él mismo sentía que la gente decía la verdad. Se le encendieron las mejillas y los pies se le detuvieron un instante.
«Pero un desfile es un desfile —pensó—. Hay que llegar hasta el final».
Y el emperador sacó pecho, levantó la barbilla y siguió caminando aún más solemne que antes. Y los criados iban detrás de él, sujetando todavía con más fuerza la cola que nunca había existido.





