El Príncipe Feliz
La estatua dorada del Príncipe pide a una pequeña Golondrina que reparta sus joyas entre los pobres, y ella se queda con él todo el invierno.
- Triste
- Un poco peligroso
Sobre la ciudad, en lo alto de una columna, se alzaba el Príncipe Feliz. Estaba cubierto de finas hojitas de oro puro, en lugar de ojos tenía dos zafiros azules, y en la empuñadura de su espada brillaba un gran rubí rojo.
Los habitantes de la ciudad estaban muy orgullosos de él.
—Es tan bonito como una veleta —decía uno de los concejales, porque quería que lo tomaran por un entendido en arte—. Aunque no tan útil —se apresuraba a añadir, porque todavía le daba más miedo que lo tomaran por un soñador.
Y las madres les decían a sus hijos caprichosos:
—Pórtate como el Príncipe Feliz. Él nunca llora ni pide nada.
Una tarde de otoño, una pequeña Golondrina pasó volando sobre la ciudad. Sus amigas se habían marchado a Egipto hacía seis semanas, pero ella se había quedado atrás. En verano se había enamorado de un Junco tan esbelto y delgadito que quitaba el aliento. La Golondrina revoloteaba a su alrededor días enteros, y el Junco solo asentía.
—Pero si no dice ni una palabra —piaban las otras golondrinas—. Y se balancea con cada soplo de viento.
Cuando llegó el otoño, la Golondrina le preguntó:
—¿Te vienes volando conmigo?
El Junco negó con la cabeza: quería demasiado a su río.
—¡Entonces solo estabas jugando conmigo! —pió la Golondrina—. Me voy a las pirámides. ¡Adiós!
Voló todo el día, y al anochecer vio la ciudad.
—¿Dónde pasaré la noche?
Y de pronto vio la estatua en lo alto de la columna.
—Aquí me quedo. Es un buen sitio, con mucho aire fresco.
Se posó entre los pies del Príncipe.
—Tengo un dormitorio de oro —susurró la Golondrina, muy contenta, y escondió la cabecita bajo el ala.
¡Plic! Una gota grande le cayó en la espalda.
—¡Qué raro! No hay ni una nube en el cielo, las estrellas brillan, y sin embargo llueve.
¡Plic! Cayó otra.
—¿Y para qué sirve una estatua si ni siquiera protege de la lluvia? Mejor me busco una buena chimenea.
¡Plic! La Golondrina miró hacia arriba y se quedó inmóvil. Los ojos del Príncipe estaban llenos de lágrimas, y las lágrimas le corrían por las mejillas doradas. Su cara, a la luz de la luna, era tan hermosa y tan triste que a la Golondrina se le encogió el corazón.
—¿Quién eres? —preguntó en voz bajita.
—Soy el Príncipe Feliz.
—¿Y por qué lloras? Me has empapado entera.
—Cuando estaba vivo y tenía un corazón humano —respondió el Príncipe—, no sabía lo que eran las lágrimas. Vivía en un palacio donde no dejaban entrar la tristeza. De día jugaba con mis amigos en el jardín, y por la noche bailaba en el gran salón. Un muro alto rodeaba el jardín, y nunca se me ocurrió preguntar qué había al otro lado. Todos me llamaban el Príncipe Feliz. Y ahora me han puesto aquí, tan alto que veo todas las penas de mi ciudad. Ahora mi corazón es de plomo, y aun así no puedo dejar de llorar.
—Lejos, muy lejos, en una callejuela estrecha —siguió el Príncipe—, hay una casita pobre. Una de las ventanas está abierta, y veo a una mujer sentada a la mesa. Tiene la cara delgada y cansada, y los dedos pinchados por la aguja, porque es costurera. Está bordando flores en un vestido de raso para una dama de la corte que irá al baile del rey. Y en un rincón, en la cama, está su hijito. Está enfermo, tiene fiebre y pide naranjas. Pero su madre solo puede darle agua del río, y por eso llora. Golondrina, Golondrina, pequeña Golondrina, ¿no le llevarías el rubí de mi espada? Tengo los pies sujetos a la columna y no me puedo mover.
—Me esperan en Egipto —dijo la Golondrina—. Mis amigas ya vuelan sobre el Nilo y cuchichean con las flores de loto.
—Golondrina, Golondrina, pequeña Golondrina —le rogó el Príncipe—, quédate conmigo una noche. El niño tiene mucha sed, y su madre está muy triste.
—A mí no me gustan mucho los niños —refunfuñó la Golondrina—. El año pasado, los hijos del molinero me tiraban piedrecitas. No me dieron, claro: las golondrinas volamos con mucha agilidad. Pero aun así es de mala educación.
Pero el Príncipe la miraba con tanta tristeza que la Golondrina se sintió incómoda.
—Aquí hace mucho frío —suspiró—. Pero me quedaré contigo una noche.
—Gracias, pequeña Golondrina.
Arrancó el rubí con el pico y echó a volar sobre los tejados. Pasó junto al campanario, donde había ángeles blancos de mármol. Pasó junto al palacio, de donde salía música. En el balcón, una hermosa joven le decía a su galán:
—Espero que mi vestido esté listo a tiempo. He mandado que le borden flores, ¡pero estas costureras son tan lentas!
La Golondrina siguió volando, sobre el río, donde los faroles se mecían en los mástiles de los barcos. Por fin llegó a la casita. El niño se revolvía en la cama, y la madre, agotada, se había quedado dormida sobre la costura. ¡Hop! La Golondrina entró por la ventana y dejó el rubí sobre la mesa, junto al dedal. Luego revoloteó despacito sobre la cama y le abanicó con las alas la frente ardiente al niño.
—Qué fresquito —susurró él—. Creo que ya estoy mejor.
Y se durmió plácidamente.
La Golondrina volvió junto al Príncipe.
—Qué raro —dijo—. Fuera hace frío, pero yo estoy calentita.
—Es porque has hecho una buena obra —respondió el Príncipe.
La Golondrina se puso a pensar en ello y se quedó dormida. Pensar siempre le daba sueño.
Al día siguiente se bañó en el río, recorrió la ciudad, y por la tarde fue a despedirse.
—¿Tienes algún encargo para Egipto? Me marcho.
—Golondrina, Golondrina, pequeña Golondrina, quédate conmigo una noche más.
—Me esperan. Allí, junto a la cascada, un hipopótamo dormita entre los juncos tibios, y en las rocas hay un dios de piedra sentado que contempla las estrellas.
—Lejos, en la otra punta de la ciudad —dijo el Príncipe—, hay un joven en una buhardilla. Tiene la mesa llena de papeles, y en un vaso hay unas violetas marchitas. Está escribiendo una obra de teatro, pero tiene tanto frío que ya no puede sostener la pluma. El fuego de la chimenea se ha apagado, y del hambre le da vueltas la cabeza.
—Está bien —suspiró la Golondrina, porque tenía buen corazón—. ¿Le llevo otro rubí?
—Ya no me quedan rubíes. Solo me quedan los ojos. Son de zafiros rarísimos, que trajeron de la India hace mil años. Arráncame uno y llévaselo al joven. Venderá la piedra, comprará leña y pan, y terminará su obra.
—Querido Príncipe, no puedo —y la Golondrina se echó a llorar.
—Golondrina, Golondrina, pequeña Golondrina, haz lo que te pido.
Y lo hizo. Se coló por un agujero del tejado. El joven estaba sentado con la cabeza entre las manos y no oyó el aleteo. Y cuando levantó la vista, sobre las violetas marchitas había una piedra azul, azulísima.
—¡Por fin alguien me valora! —exclamó el joven—. Esto es de alguien a quien le gustan mis versos. ¡Ahora terminaré mi obra!
Y se le iluminó la cara.
Al día siguiente, la Golondrina se posó en el mástil de un barco del puerto y miró cómo los marineros sacaban cofres de la bodega.
—¡Arriba! ¡Arriba! —gritaban.
—¡Y yo me voy a Egipto! —gritaba también la Golondrina, pero nadie le hacía caso.
Por la tarde fue volando hasta el Príncipe.
—He venido a despedirme.
—Golondrina, Golondrina, pequeña Golondrina, quédate conmigo una noche más.
—Ya es invierno —dijo la Golondrina—. Pronto caerá la nieve fría. En Egipto, en cambio, el sol calienta las palmeras verdes, y los cocodrilos toman el sol perezosos en el barro tibio. Querido Príncipe, tengo que irme, pero nunca te olvidaré. En primavera te traeré dos piedras en lugar de las que regalaste: un rubí más rojo que una rosa y un zafiro azul como el mar.
—Allí abajo, en la plaza —dijo el Príncipe en voz baja—, hay una niña que vende cerillas. Se le han caído en un charco y se han mojado. Si no lleva nada a casa, su padre la regañará, y ahora está llorando. No tiene zapatos ni medias, y lleva la cabeza descubierta. Arráncame el otro ojo y llévaselo.
—Me quedaré contigo una noche más —dijo la Golondrina—, pero no puedo arrancarte el ojo. ¡Entonces ya no verías nada de nada!
—Golondrina, Golondrina, pequeña Golondrina, haz lo que te pido.
Y lo hizo. Bajó en picado, pasó rozando a la niña, y el zafiro le cayó justo en la palma de la mano.
—¡Qué cristalito tan bonito! —exclamó la niña, y se fue corriendo a casa entre risas.
La Golondrina volvió junto al Príncipe.
—Ahora estás ciego —le dijo—. Por eso me quedaré contigo para siempre.
—No, pequeña Golondrina, tienes que volar a Egipto.
—Me quedaré contigo para siempre —repitió la Golondrina, y se durmió a sus pies.
Todo el día siguiente lo pasó en el hombro del Príncipe, contándole cosas de tierras lejanas. De los ibis rojos que se ponen en fila a la orilla del Nilo y pescan peces dorados con el pico. De la Esfinge, vieja como el mundo, que vive en el desierto y lo sabe todo. De los mercaderes que caminan sin prisa junto a sus camellos, pasando entre los dedos las cuentas de sus collares de ámbar. De los hombrecillos diminutos que navegan por un lago sobre anchas hojas y siempre están discutiendo con las mariposas.
—Querida pequeña Golondrina —dijo el Príncipe—, me cuentas cosas maravillosas. Pero lo más asombroso del mundo es el sufrimiento de la gente. Vuela sobre mi ciudad y cuéntame lo que ves.
La Golondrina echó a volar. Vio cómo los ricos se divertían en sus casas iluminadas mientras los mendigos se sentaban a sus puertas. Vio callejones oscuros y las caritas pálidas de los niños hambrientos. Debajo de un puente, dos niños se abrazaban para darse un poco de calor.
—¡Ay, qué hambre tenemos! —susurraban.
—¡Aquí no se puede dormir! —gritó el vigilante, y los niños se marcharon arrastrando los pies bajo la lluvia.
La Golondrina se lo contó todo al Príncipe.
—Estoy cubierto de oro puro —dijo él—. Quítamelo hoja a hoja y repártelo entre los pobres.
Hoja a hoja fue quitando la Golondrina el oro, hasta que el Príncipe se quedó gris y apagado. Hoja a hoja lo fue llevando por toda la ciudad. Y las caritas de los niños se volvieron sonrosadas, y en las calles volvieron a sonar las risas.
—¡Ahora tenemos pan! —gritaban los niños.
Después llegó la nieve, y tras la nieve, la helada. Las calles brillaban como si fueran de plata, de los tejados colgaban largos carámbanos, y los niños con gorritos rojos patinaban sobre el hielo.
La pequeña Golondrina tenía cada vez más frío, pero no abandonaba al Príncipe, porque lo quería muchísimo. Picoteaba migas a la puerta de la panadería cuando el panadero no miraba, y se calentaba batiendo las alas.
Pero una tarde sintió que ya casi no le quedaban fuerzas. A duras penas consiguió subir volando al hombro del Príncipe.
—¡Adiós, querido Príncipe! ¿Me dejas besarte la mano?
—Me alegro de que por fin te vayas a Egipto, pequeña Golondrina. Te has quedado aquí demasiado tiempo. Pero bésame en los labios, porque te quiero.
—No me voy a Egipto —susurró la Golondrina—. Me voy allí donde se sueñan los sueños más tranquilos.
Besó al Príncipe, se acurrucó a sus pies, escondió la cabecita bajo el ala y se quedó dormida con su sueño más profundo.
En ese mismo instante, algo crujió dentro de la estatua. ¡Crac! Era el corazón de plomo, que se había partido en dos.
A la mañana siguiente, el alcalde pasaba por la plaza con los concejales.
—¡Válgame! ¡Qué andrajoso está el Príncipe Feliz! —exclamó.
—¡Es verdad, qué andrajoso! —corearon los concejales, que siempre le daban la razón.
—Se le ha caído el rubí, no tiene ojos, el oro se le ha desprendido. ¡Si parece casi un mendigo!
—Casi un mendigo —asintieron los concejales.
—¡Y encima hay un pájaro a sus pies!
Bajaron la estatua y la llevaron a la fundición para fundirla. Luego el alcalde reunió al ayuntamiento: ¿qué pondrían ahora en la columna?
—Una estatua nueva, por supuesto —dijo—. La mía.
—¡No, la mía! —dijo un concejal.
—¡La mía! —dijo otro.
Y se pelearon. Dicen que todavía siguen discutiendo.
Mientras tanto, en la fundición, el maestro se rascó la cabeza:
—¡Qué cosa más rara! Este corazón roto no se funde en el horno.
Y lo dejó sobre un montoncito de hojas secas, justo donde dormía la pequeña Golondrina.
Esa noche bajó del cielo un Ángel luminoso. Le habían encargado que llevara las dos cosas más valiosas de la ciudad. El Ángel estuvo mucho rato mirando a su alrededor, y luego levantó con cuidado el corazón de plomo y el pajarito.
—Has elegido bien —oyó el Ángel cuando volvió al cielo.
Y los llevó a un jardín donde nunca es invierno. Allí la Golondrina despertó, se sacudió de las alas los últimos copos de nieve y se puso a cantar. Ahora cantará allí para siempre. Y a su lado está el Príncipe, sonriendo. Vuelve a ver, y solo ve alegría.





