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Cuentos

Rikki-Tikki-Tavi

Una mangosta pequeña y valiente protege al niño Teddy y a su familia de dos cobras traicioneras que viven en un gran jardín de la India.

  • Da miedo
  • Un poco triste
  • Peligroso
Para las familias

Muy lejos, en la India, había una gran casa blanca con un jardín, y en ella vivían un papá, una mamá y un niño llamado Teddy. Pero en aquel jardín vivían también dos cobras, Nag y Nagaina, y todos a su alrededor les tenían miedo. Así fue hasta que llegó allí una pequeña mangosta llamada Rikki-Tikki-Tavi.

Rikki-Tikki se parecía un poco a un gato y un poco a una comadreja. Tenía el pelaje gris, como empolvado, la cola esponjosa como un cepillo de botellas, los ojitos rosados y una naricilla que no paraba de moverse. Cuando Rikki-Tikki se enfadaba, se le erizaba el pelo y se volvía el doble de grande. Además, tenía un grito de guerra que lanzaba cuando corría a toda prisa entre la hierba alta:

—¡Rikk-tikk-tikki-tikki-chk!

Por ese grito le pusieron el nombre.

Un verano llegaron las grandes lluvias. El agua inundó la madriguera donde Rikki-Tikki vivía con su papá y su mamá, lo arrastró y se lo llevó por una zanja. Él pataleaba y se agarraba a las briznas de hierba, y de pronto, ¡pum!, la corriente lo dejó tirado justo en un sendero del jardín. Allí se quedó, mojado, sucio y completamente agotado.

—¡Mamá! —gritó Teddy—. ¡Aquí hay un animalito y no se mueve!

La mamá se agachó para mirarlo de cerca.

—Está vivo —dijo—. Solo tiene frío y ha tragado mucha agua. Ven, vamos a secarlo.

Envolvieron a Rikki-Tikki en una toalla calentita y lo pusieron junto al fuego. Estornudó una vez, estornudó otra… y abrió los ojos.

Las mangostas tienen una regla de familia: «Corre y averigua». Así que Rikki-Tikki se puso manos a la obra enseguida. Olfateó la toalla, saltó a la mesa, de allí al hombro de Teddy, y le metió el hocico por el cuello de la camisa.

—¡Ay, qué cosquillas! —se rio Teddy.

—No tengas miedo —sonrió el papá—. Es su forma de conocerte. A un animal al que nadie ha asustado es fácil domesticarlo.

Antes de que anocheciera, a Rikki-Tikki le dio tiempo a probar un plátano y un trocito de huevo duro, a meter la naricilla en el tintero (y arrepentirse mucho) y a chamuscarse los bigotes con la lámpara. Y cuando Teddy se fue a dormir, se acurrucó a sus pies. Pero dormía, como todas las mangostas, con un ojo abierto: en cuanto algo crujía, ya estaba alerta.

—¿Y si muerde al niño? —preguntó la mamá en voz baja.

—De ninguna manera —respondió el papá—. Con un animal así, Teddy está más seguro que con el mejor perro guardián.

Por la mañana, Rikki-Tikki salió corriendo al jardín. ¡Y menudo jardín! Los rosales habían crecido tanto que uno podía esconderse debajo como en un cenador. Había limoneros y naranjos, el bambú susurraba y la hierba crecía alta y espesa.

—¡Qué buen sitio para cazar! —se relamió Rikki-Tikki.

De pronto oyó que alguien lloraba. En un arbusto espinoso estaban posados dos pájaros sastre, Darzi y su esposa. Se habían cosido un nidito con dos hojas grandes, y ahora se balanceaban sobre él piando con tristeza.

—¿Por qué lloráis? —preguntó Rikki-Tikki.

—Nos ha pasado una desgracia —suspiró Darzi—. Ayer Nag se acercó a escondidas a nuestro nido y se tragó uno de nuestros huevitos.

—Hum —dijo Rikki-Tikki—. Qué triste. ¿Y quién es ese Nag?

Darzi y su esposa no contestaron; se escondieron a toda prisa en el nido. Porque de la hierba, bajo el arbusto, llegó un siseo suave, sss-sss, y despacio, muy despacio, se alzó una gran cobra negra. Era tan larga como un banco del jardín. En la capucha abierta tenía un dibujo que parecía unas gafas.

—¿Que quién es Nag? —siseó la cobra—. Yo soy Nag. Mírame y tiembla.

Rikki-Tikki se asustó por un momento, como se habría asustado cualquiera. Pero sabía que las mangostas adultas luchan contra las serpientes. Él nunca había peleado con una cobra viva, pero también sabía que Nag les tenía miedo a las mangostas. Y quien tiene miedo ya no da tanto miedo.

—¿Y qué? —dijo Rikki-Tikki, y se le volvió a esponjar la cola—. Tu dibujo es bonito. Pero robar huevos de nidos ajenos no es nada bonito.

Nag se mecía de un lado a otro y hablaba despacio, con dulzura, sin quitarle los ojos de encima a Rikki-Tikki. De pronto Darzi chilló:

—¡Detrás de ti! ¡Mira atrás!

Rikki-Tikki no se volvió a mirar. Dio un salto hacia arriba, ¡hop!, tan alto como pudo. Y por debajo de él, ¡zas!, pasó como un rayo la cabeza de Nagaina. Mientras Nag entretenía a Rikki-Tikki con su charla, su esposa se había acercado a escondidas por detrás.

Rikki-Tikki cayó justo sobre su lomo y le dio un mordisco, pero no logró sujetarse y se apartó de un salto. Nagaina siseó furiosa y se escabulló entre la hierba. Nag se fue detrás de ella.

Rikki-Tikki se sentó y se rascó detrás de la oreja. El corazón le latía con fuerza.

«Dos contra uno —pensó—. Tengo que estar más atento».

Por la tarde, correteaba por el sendero junto a la casa, donde Teddy jugaba en el polvo. De repente, el polvo se movió. Allí había una serpiente diminuta, de color gris parduzco, igual que la tierra. Era Karait. No era más grande que una lombriz, pero su mordedura era tan peligrosa como la de una cobra.

—Cuidado —siseó Karait con una vocecita fina—. Soy peligroso.

A Rikki-Tikki se le pusieron los ojos rojos, como siempre que se enfadaba. Se puso a bailar alrededor de la serpiente, pasando de una patita a otra. Karait atacó, ¡una!, y falló. Atacó otra vez, y otra vez nada. A la tercera, Rikki-Tikki ya no esperó: saltó, agarró a Karait por detrás de la cabeza y no lo soltó hasta que dejó de retorcerse.

—¡Mamá! ¡Papá! —gritó Teddy—. ¡Rikki-Tikki ha peleado con una serpiente!

Llegaron corriendo el papá y la mamá. La mamá alzó a Rikki-Tikki en brazos y lo apretó contra sí como si fuera él quien acababa de caerse a la zanja.

—Has salvado a nuestro Teddy —le susurraba.

A Rikki-Tikki todo aquel alboroto le hacía un poco de gracia. Él solo había hecho lo que las mangostas hacen siempre.

Por la noche, en la mesa, podría haber comido hasta hartarse, pero no lo hizo. Una mangosta hambrienta es ligera y rápida, y Rikki-Tikki sospechaba que las peleas aún no habían terminado.

Cuando todos se fueron a dormir, salió a hacer la ronda por la casa. En el pasillo oscuro, algo arañaba junto a la pared. Era Chuchundra, una rata almizclera gris que le tenía miedo a todo en el mundo y siempre andaba lloriqueando.

—¡No me muerdas, Rikki-Tikki! —chilló Chuchundra.

—¿Y quién va a morderte? —resopló Rikki-Tikki—. Yo cazo serpientes, no ratas.

—¡Silencio! —Chuchundra se echó a temblar—. Nag anda por todas partes. Escucha.

Rikki-Tikki aguzó el oído. De algún sitio llegaba un ras-ras casi inaudible, como si unas escamas rozaran los ladrillos. El ruido venía del cuarto de baño, donde había un agujero en la pared por el que salía el agua.

Rikki-Tikki se acercó sigilosamente. Al otro lado de la pared, Nag y Nagaina hablaban en voz baja.

—Cuando no queden personas en la casa —siseaba Nagaina—, la mangosta también se irá. Y el jardín volverá a ser nuestro. Nuestros huevos del melonar están a punto de abrirse. Nuestros hijitos necesitan tranquilidad.

—Lo haré todo —respondió Nag—. Me esconderé en el baño. Por la mañana el hombre vendrá a lavarse, y entonces lo morderé.

Fsss… y Nag se coló por el agujero. Se enroscó alrededor de una gran tinaja de agua y se quedó inmóvil.

Rikki-Tikki esperaba sentado en la oscuridad. Pasó una hora, luego otra. Por fin, Nag se quedó dormido.

«Si muerdo, solo en la cabeza —pensaba Rikki-Tikki—. Y no soltar por nada del mundo».

Saltó. Sus dientes se clavaron en la cabeza de Nag, ¡y empezó la pelea! La cobra azotaba con la cola, lanzaba a Rikki-Tikki arriba y abajo y lo golpeaba contra el suelo. ¡Pum!, rodó la jabonera. ¡Clinc!, cayó el cazo de hojalata. A Rikki-Tikki lo zarandeaban como a un trapo, pero él no se soltaba.

«No sueltes —se repetía—. No sueltes, pase lo que pase».

Y entonces, ¡bum!, sonó un estruendo tan fuerte que retumbaron los cristales. Era el papá, que se había despertado y había llegado corriendo con la escopeta. Y ese fue el fin de Nag.

El papá levantó a Rikki-Tikki, que estaba medio muerto de cansancio.

—Otra vez este pequeñín —dijo en voz baja—. Ahora también nos ha salvado a nosotros.

La mamá estaba blanca como la cal. Y Rikki-Tikki, todo magullado, fue cojeando hasta la cama de Teddy, se hizo un ovillo y se durmió.

Por la mañana se despertó pensando: «Nagaina sigue aquí. Y ahora está muy enfadada».

En el jardín, Darzi cantaba a pleno pulmón. Cantaba que Nag ya no estaba y que Rikki-Tikki era muy valiente.

—¡Basta ya! —gritó Rikki-Tikki—. ¡No es momento para canciones! ¿Dónde esconde Nagaina sus huevos?

—En el melonar, junto al muro, donde más calienta el sol —respondió Darzi—. Pero no irás allí, ¿verdad?

—Sí que iré. Solo necesito que Nagaina no se acerque por allí.

Darzi era un pájaro bueno, pero no muy listo. Su esposa, en cambio, era muy espabilada. Bajó revoloteando al suelo cerca de Nagaina y empezó a cojear, arrastrando un ala.

—¡Ay, mi alita! —piaba—. ¡Ay, no puedo volar!

Nagaina se irguió de golpe.

—¿No puedes? Pues mejor —siseó, y se arrastró tras el pájaro.

Mientras tanto, Rikki-Tikki corrió a toda velocidad hacia el melonar. Allí, en la tierra caliente, había huevos blancos y correosos. Empezó a romperlos de un mordisco, uno tras otro: ¡crac!, ¡crac!, y con cada huevo había menos peligro en el jardín. Solo quedaban tres cuando, a lo lejos, se oyó el grito de la esposa de Darzi:

—¡Rikki-Tikki! ¡Nagaina está en la veranda! ¡Junto a la gente!

Rikki-Tikki agarró un huevo con los dientes y corrió hacia la casa.

En la veranda, la familia estaba desayunando. Pero nadie comía. El papá, la mamá y Teddy estaban sentados sin moverse, blancos como el mantel. Y junto a la silla de Teddy, Nagaina estaba enroscada, se balanceaba y decía en voz baja:

—Quedaos quietecitos. Si os movéis, muerdo. Si no os movéis, muerdo igual.

—¡Nagaina! —gritó Rikki-Tikki—. ¡Date la vuelta! ¡Mira lo que tengo!

La cobra se volvió. Rikki-Tikki puso el huevo entre sus patas.

—Este es tu último huevo —dijo—. Los demás siguen en el melonar, pero ya están vacíos.

Nagaina se olvidó por un momento de todo lo demás. El papá no desaprovechó ese momento: agarró a Teddy por el hombro y, de un tirón, lo pasó por encima de la mesa, lejos de la serpiente.

—¡Ja! —se rio Rikki-Tikki—. Teddy está a salvo. Ahora estamos solos tú y yo, Nagaina.

—Dame el huevo —siseó ella—. Dámelo y me iré de este jardín para siempre.

—Te irás —asintió Rikki-Tikki—. Pero no como tú crees.

Y se puso a bailar a su alrededor: un salto a la izquierda, un salto a la derecha. Nagaina atacaba, y cada vez solo mordía el aire. De pronto se lanzó, le arrebató el huevo y huyó a toda prisa por el jardín hacia su madriguera.

Rikki-Tikki salió tras ella. Justo a la entrada de la madriguera, le clavó los dientes en la cola… y desapareció con ella bajo tierra.

—¡Ay, hemos perdido a nuestro Rikki-Tikki! —se lamentó Darzi—. ¡Nadie ha vuelto nunca de la madriguera de una cobra!

En el jardín se hizo un silencio total. Hasta el viento se calmó.

Pero entonces la hierba junto a la madriguera se movió, y de allí salió Rikki-Tikki. Estaba cubierto de polvo, con tierra en los bigotes, pero vivo. Se sacudió, estornudó y dijo:

—Se acabó. Nagaina no volverá a salir nunca más.

Entonces se posó en una rama el pájaro calderero. Tiene una voz clara, como si alguien golpeara un caldero de cobre. Y se puso a repicar por todo el jardín:

—¡Din! ¡Din! ¡Nag ya no está! ¡Nagaina ya no está! ¡Din!

Cantaron los pájaros y croaron las ranas del estanque. Hasta Chuchundra se asomó desde debajo de la pared y dejó de lloriquear.

Rikki-Tikki volvió a la casa. La mamá se echó a llorar mientras lo acariciaba, el papá solo sacudía la cabeza y sonreía, y Teddy no se separaba de él ni un paso. Aquella noche, Rikki-Tikki por fin comió hasta hartarse.

—Bueno, ya está bien —resopló, relamiéndose los bigotes—. Ya no hay cobras. Y si las hubiera, aquí estoy yo.

Rikki-Tikki tenía motivos para estar orgulloso. Pero no se volvió presumido. Cuidaba su jardín como debe hacerlo una mangosta de verdad: con dientes y saltos, con brincos y mordiscos. Y desde entonces, ninguna cobra se atrevió ni a asomar la cabeza por allí.

¿Te ha gustado el cuento?

Adaptado de: Rudyard Kipling, 1894

Para las familias

De qué trata

Una inundación lleva a la pequeña mangosta Rikki-Tikki-Tavi al jardín donde vive Teddy con sus padres. Pero allí se esconden dos cobras traicioneras, y el animalito tendrá que ser valiente y astuto para proteger a su familia. A los niños les encantan los combates tensos y el héroe vivaz y curioso.

Qué enseña

  • Valentía
  • Ingenio
  • Responsabilidad

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué crees que Rikki-Tikki no huyó, aunque nunca antes había luchado contra una cobra?
  • ¿Cómo ayudó la esposa de Darzi a Rikki-Tikki y por qué lo que hizo también fue valiente?
  • ¿Qué significa para ti ser valiente: no tener nada de miedo o algo distinto?

En casa

Jugar a «Corre y averigua»: esconder en casa algunos objetos pequeños y dejar que el niño los busque como una mangosta curiosa. Después, hablar de qué ayudó a Rikki-Tikki a vencer el miedo.

Una frase para recordar

«Y quien tiene miedo ya no da tanto miedo.»

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