El Elefantito
El curioso Elefantito va al río Limpopo a averiguar qué come el Cocodrilo para almorzar y vuelve a casa con una maravillosa trompa larga.
- Un poco de miedo
- Peligroso
Hace muchísimo tiempo, cuando los elefantes todavía no tenían trompa, vivía en África un Elefantito. Tenía la nariz corta y gordita, como una botita, y la cabeza llenita, llenita de preguntas.
El Elefantito lo preguntaba todo.
—Avestruz, ¿por qué tienes las patas tan largas?
—Porque sí —refunfuñaba el Avestruz, y se daba la vuelta.
—Jirafa, ¿por qué tienes manchas en la piel?
—Porque así nací —decía la Jirafa, y seguía masticando hojas.
—Tía Hipopótama, ¿por qué tienes los ojos rojos?
—Ay, déjame en paz —bostezaba la Hipopótama. Y, ¡glub!, se zambullía en el río.
—Tío Babuino, ¿por qué los melones son tan dulces?
—Ni lo sé ni quiero saberlo —decía el Babuino rascándose la nuca.
Y como el Elefantito no se daba por vencido, el Avestruz le daba un empujón con el ala; la Jirafa, con la pezuña, y el Babuino le tiraba de la oreja: ¡no metas las narices donde no te llaman, pequeño!
El Elefantito no se ofendía. Seguía trotando con sus pasitos cortos y volvía a preguntar.
Una mañana se le ocurrió una pregunta totalmente nueva. Tan grande que hasta le temblaron las orejas.
—¿Y qué come el Cocodrilo para almorzar?
—¡Chsss! —sisearon todos a la vez.
El Avestruz escondió la cabeza bajo el ala. La Jirafa se quedó mirando al cielo. La Hipopótama soltó burbujas bajo el agua. Y el tío Babuino se escabulló a la rama más alta.
Nadie contestó.
Entonces el Elefantito fue al arbusto de espinas donde vivía un pajarito llamado Kolokolo.
—Kolokolo, ¿tú sabes qué come el Cocodrilo para almorzar?
El pajarito suspiró:
—Ve al gran río Limpopo, gris y verdoso, donde crecen los árboles amarillos. Allí lo verás con tus propios ojos.
—¡Gracias! —se alegró el Elefantito.
Se llevó cien plátanos rojos y cortos, cien cañas de azúcar dulces y cien melones verdes y crujientes. Se despidió de todos agitando una oreja.
—¡Adiós! ¡Me voy al Limpopo a averiguar qué come el Cocodrilo para almorzar!
—¡Ten cuidado! —le gritaron sus parientes. Pero el Elefantito ya iba por el sendero: pom, pom, pom, pom.
Caminó mucho tiempo. El sol quemaba, la hierba susurraba y el Elefantito comía melones. Crac, y una cáscara caía al suelo. Crac, otra más. Recogerlas no podía: ¿cómo vas a recogerlas con una naricita tan corta, si agacharse con la barriga llena cuesta tanto?
Por fin llegó un airecillo fresco con olor a barro. Allí estaba: el gran río Limpopo, gris y verdoso, con los árboles amarillos encima.
Sobre una piedra tibia de la orilla estaba tumbado el Pitón Bicolor. Tan largo y tan quieto que parecía una roca: una franja oscura, una franja clara.
—Buenos días —saludó el Elefantito con una reverencia muy educada—. ¿Por casualidad ha visto usted por aquí al Cocodrilo? ¿Y sabe qué come para almorzar?
El Pitón abrió un ojo.
—Qué pequeño tan curioso —siseó—. Al Cocodrilo lo he visto. Pero lo que come, más vale que no lo sepas. Mantente lejos de él.
Pero el Elefantito ya había visto en la orilla un tronco. Un tronco muy raro: con dos ojos y una cola.
El tronco guiñó un ojo.
—Perdone —dijo el Elefantito—, ¿no ha visto por aquí al Cocodrilo?
El tronco suspiró y de sus ojos rodaron unos lagrimones. Plic, plic.
—Soy yo —dijo con voz melosa—. Acércate un poquito, pequeño. Te diré al oído lo que como para almorzar.
El Elefantito se acercó. Se inclinó. Más cerca todavía…
¡Clac!
El Cocodrilo lo atrapó por la naricita corta.
—Hoy —gangueó entre dientes— ¡almuerzo elefantito!
¡Ay, qué susto se llevó el Elefantito! Pero se sentó sobre las patas traseras, se afianzó en la arena y tiró hacia atrás.
—¡Suéldabe! —gritó—. ¡Be duele bucho!
Quería decir: «¡Suéltame, me duele mucho!». Pero con la nariz apretada solo le salía así.
El Cocodrilo tira hacia el río. El Elefantito tira hacia el otro lado. Y la naricita, en medio, se estira. Y se estira. ¡Y se estira!
Entonces el Pitón bajó deslizándose de su piedra.
—¡Aguanta, pequeño! —siseó, y se enroscó dos veces alrededor de las patitas traseras del Elefantito—. ¡Tiremos juntos!
Tira el Elefantito. Tira el Pitón. Y el Cocodrilo golpea el agua con la cola —¡chas, chas!— y sigue tirando.
—¡Otra vez! —sisea el Pitón—. ¡Y... a-a-ahora!
¡Pum!
El Cocodrilo abrió las fauces. El Elefantito salió volando a la arena; el Pitón, encima del Elefantito, y el Cocodrilo —¡chof!— al agua turbia. Solo quedaron unas burbujas. Seguro que se enfurruñó por quedarse sin almuerzo.
El Elefantito se sentó y bizqueó para mirarse la nariz. Era larguísima, le llegaba hasta el suelo. Se balanceaba como una cuerda al viento.
—Ay —dijo bajito el Elefantito—. Ahora mi nariz es muy distinta.
Envolvió la nariz en hojas mojadas de platanero y la metió en el agua fresca. ¿A lo mejor se encogía?
Esperó y esperó, pero la nariz no se encogía.
De pronto —¡bzzz!— llegó una mosca y se le posó en el hombro. Y el Elefantito, sin darse cuenta siquiera, sacudió la nariz —¡zas!— y la espantó.
—¡Qué maravilla! —exclamó.
—¿Lo ves? —sonrió el Pitón—. ¿Habrías podido hacer eso con tu naricita corta?
El Elefantito volvió a probar. La nariz rodeó un manojo de hierba, lo arrancó y se lo llevó derechito a la boca. ¡Ñam! Luego el Elefantito sorbió con la nariz barro fresquito y se lo plantó en la cabeza. Le quedó un gorrito mojado precioso, y el sol ya no quemaba. Y después sorbió agua y —¡pssshh!— se duchó de la cabeza a la cola.
—¿Sabe una cosa? —dijo el Elefantito—. Esta debe de ser la mejor nariz del mundo.
—Entonces, buen viaje —siseó el Pitón—. Y la próxima vez, pregunta con más cuidado.
El Elefantito le dio las gracias y emprendió el camino a casa. Por el camino recogió todas las cáscaras de melón que había ido perdiendo. Ahora ni siquiera tenía que agacharse: un movimiento de trompa, y a la bolsa.
En casa todos se quedaron boquiabiertos.
—¿Qué es eso que tienes? —dijo el Avestruz con los ojos como platos.
—Una trompa —dijo el Elefantito muy orgulloso—. El Cocodrilo tiró un poquito.
—¿Y qué come el Cocodrilo para almorzar? —preguntó en voz baja la Jirafa.
—¡Hoy, nada! —se rio el Elefantito.
Y entonces les enseñó lo que sabía hacer. Arrancó plátanos de una rama alta para el tío Babuino. Le echó agua fresquita a la tía Hipopótama para que no tuviera calor. Y al Avestruz le puso en la cabeza un gorrito de barro contra el sol. El Avestruz primero parpadeó, y luego él también asintió, muy contento.
El tío Babuino se rascó la nuca.
—Mira tú —dijo—. Ahora a mí también me pica la curiosidad.
Y a la mañana siguiente el Elefantito se despertó con una pregunta nueva.
—Avestruz, ¿por qué, cuando te asustas, escondes la cabeza bajo el ala?
—¡Porque sí! —gruñó el Avestruz, y, como siempre, le dio un empujón con el ala.
Pero el Elefantito, con la trompa —¡zis!—, le dio un tironcito de las plumas de la cola. El Avestruz pegó un brinco.
—Jirafa, ¿por qué miras al cielo cuando no quieres contestar?
La Jirafa levantó la pezuña. Pero el Elefantito sorbió agua con la trompa y —¡pssshh!— la empapó desde los cuernecitos hasta las pezuñas.
—Tía Hipopótama, ¿por qué…?
—¡Ay, déjame en paz! —Y, ¡glub!, al río.
El Elefantito metió la trompa bajo el agua y le sopló burbujas justo en la oreja: ¡blub, blub, blub! La Hipopótama salió disparada como un corcho.
El tío Babuino ni esperó a la pregunta: ¡fiu!, a la rama más alta. Pero la trompa llegó también allí. Se le enroscó en la cola y, con suavidad —¡hop!—, bajó al Babuino al suelo.
Los parientes miraron aquella trompa, se miraron unos a otros… y salieron corriendo, uno detrás de otro, hacia el gran río Limpopo, gris y verdoso. A buscar sus propias trompas.
Delante de todos corría el tío Babuino. Ahora él también quería saber qué come el Cocodrilo para almorzar.





