Por qué la zarigüeya tiene la cola pelada
La Zarigüeya presumía tanto de su cola peluda que el Conejo y el Grillo le dieron una lección, y por eso las zarigüeyas aún tienen la cola pelada.
- Un poco triste
Hace mucho, mucho tiempo, cuando los animales todavía hablaban entre sí, la Zarigüeya tenía una cola larga y peluda. Plateada y suave como una nubecita. Y tan bonita que la propia Zarigüeya no se cansaba de mirarla.
Cada mañana se sentaba junto al arroyo y se peinaba la cola con las patitas. Una vez, y otra, y otra más. Pelito a pelito. Luego la levantaba bien alta, como una bandera, y se paseaba por el bosque canturreando:
—¡Mirad, mirad mi cola! ¡No hay otra tan bonita!
A todo el que se encontraba se la enseñaba.
—¿La has visto, Ardilla? La tuya es pelirroja, y la mía, como una nubecita.
—Vista, vista —refunfuñó la Ardilla, y saltó a una rama más alta.
—¿Y tú, Tortuga? ¿La has visto?
—Cien veces —suspiró la Tortuga, y escondió la cabeza en el caparazón.
A quien más fastidiaba aquella cancioncilla era al Conejo. Porque el Conejo no tenía cola: solo le quedaba un muñón cortito. Cómo pasó eso ya es otro cuento, el del Oso. Así que cada vez que la Zarigüeya pasaba flotando a su lado con su nubecita, el Conejo arrugaba el hocico.
—Menuda presumida —susurraba—. Ya verás tú.
Un día, los animales decidieron celebrar una gran fiesta con baile. El Conejo tenía que recorrer todo el bosque e invitar a todo el mundo. Brinco, brinco, a casa del Oso. Brinco, brinco, a casa del Ciervo. Y luego, al hueco del árbol donde vivía la Zarigüeya.
—Zarigüeya, ¿vendrás a la fiesta?
La Zarigüeya se acarició la cola y contestó muy solemne:
—Iré. Pero solo si me dan un sitio aparte. El mejor. Para que todos vean mi cola.
—Tendrás tu sitio —prometió el Conejo—. Y además te mandaré a alguien que por la mañana te cepille la cola hasta dejarla reluciente. Para que brille en el baile.
La Zarigüeya hasta entornó los ojos de gusto.
—¡Eso sí que es una buena idea! Mándamelo.
El Conejo se metió entre los arbustos y se fue derechito a ver al Grillo. Y es que el Grillo de aquel bosque era un peluquero de primera. Chas, chas, con las patitas, y el flequillo del Mapache quedaba bien recto. Chas, chas, y la barba del Ciervo, bien arreglada.
—Grillo —susurró el Conejo—, tengo un trabajo para ti. Pero uno muy especial.
Y estuvo un buen rato cuchicheándole al oído. El Grillo escuchaba y escuchaba, y luego hizo cri-cri tan contento que hasta temblaron las briznas de hierba.
—Lo haré —dijo—. ¡Vaya si lo haré!
A la mañana siguiente, el Grillo llamó al hueco de la Zarigüeya.
—Me manda el Conejo. Vengo a peinarte la cola.
—¡Pasa, pasa! —se alegró la Zarigüeya. Se tumbó sobre el musgo, estiró la cola y cerró los ojos—. Pero con cuidado, ¿eh? Es la cola más bonita del bosque.
—Ya lo sé, ya lo sé —dijo el Grillo.
Tomó un hilo rojo muy largo y empezó a enrollarlo alrededor de la cola, desde la puntita hasta el lomo. Vuelta tras vuelta.
—Es para que el pelo se quede lisito hasta la noche —explicó—. Que no se esponje ni se enrede.
—Muy listo —ronroneó la Zarigüeya.
Y el Grillo enrollaba el hilo y, sin hacer ruido, a ras de la piel, cortaba: chas, chas, chas, chas. Enrollaba y cortaba. Enrollaba y cortaba. La Zarigüeya estaba tan a gusto que se quedó dormida. No oyó nada ni vio nada.
—Listo —dijo por fin el Grillo—. Ahora escucha bien. No te quites el hilo hasta el baile. Entonces lo desenrollas y todos dirán: «¡Ooooh!».
—«¡Ooooh!» —repitió feliz la Zarigüeya.
Se pasó todo el día paseando por el bosque con la cola envuelta en hilo rojo, sonriendo. Si alguien le preguntaba:
—¿Qué llevas ahí?
La Zarigüeya solo guiñaba un ojo:
—Ya lo veréis esta noche.
Llegó la noche. En el claro encendieron una gran hoguera. Las chispas volaban hacia las estrellas y los tambores retumbaban: bum, bum, bum, bum. Los animales se sentaron en corro. Y en el mejor sitio, sobre una alfombrita mullida de hojas, estaba sentada la Zarigüeya. El Conejo había cumplido su palabra.
Bailaron todos por turnos. El Ciervo, ligero y saltando muy alto. El Oso, pesado y bamboleándose, tanto que hasta retumbaba el suelo. Por fin le llegó el turno a la Zarigüeya.
Se levantó, desenrolló el hilo rojo, lo tiró a un lado y salió al centro. Los tambores sonaron más fuerte. Y la Zarigüeya se puso a dar vueltas al corro cantando:
—¡Mirad, mirad mi cola!
¡Y los animales se pusieron a gritar! La Zarigüeya se quedó radiante: «¡Ay, cuánto les gusta!». Siguió adelante y levantó la cola todavía más:
—¡Mirad qué bonita es! ¡Mirad cómo brilla!
Los animales gritaron todavía más fuerte. Y luego se echaron a reír. El Oso retumbaba de risa sujetándose la barriga. El Ciervo tuvo que sentarse. La Ardilla casi se cae de la rama. Hasta la Tortuga sacó la cabeza del caparazón y soltó una risita.
La Zarigüeya se detuvo. «¿Qué les pasa?». Volvió la cabeza y se miró la cola.
¡No había quien la reconociera! Ni nubecita ni plata. ¡Ni un solo pelo! Pelada, rosada y fina, como la de una lagartija.
La Zarigüeya abrió la boca, quiso decir algo… y no pudo. Le dio tanta vergüenza que le zumbaban los oídos. Le flaquearon las patas. Se desplomó de espaldas en medio del claro, se hizo un ovillo y se quedó quieta. Solo los labios se le estiraron en una sonrisa rara y desconcertada, como si en cualquier momento fuera a echarse a reír de sí misma.
Desde entonces, a las zarigüeyas nunca les ha vuelto a crecer el pelo de la cola. Y cuando algo las sorprende, todavía hoy se caen de espaldas, se quedan quietas y sonríen de esa manera tan rara, igualito que aquella vez en la fiesta.





