El Zorro pintado
El Zorro Mikita cae en un tonel de pintura azul y se hace pasar por el temible rey Gostromisl, pero una noche de luna lo delata su propio ladrido.
- Un poco de miedo
- Un poco triste
- Peligroso
Vivía una vez en el bosque el Zorro Mikita. ¡Era astuto como nadie! No había gallinero en la aldea al que no supiera llegar ni trampa que no supiera esquivar.
Pero una madrugada el Zorro se quedó tan embobado mirando las gallinas ajenas que ni siquiera oyó despertarse a los perros.
—¡Guau! ¡Guau, guau! —retumbó detrás de la cerca.
—¡Ay, madre mía! —chilló Mikita, y salió corriendo.
Los perros, detrás de él. El Zorro cruzó el huerto: ¡zas! Saltó la cerca: ¡hop! Y fue a parar a un patio ajeno. En aquel patio vivía un pintor. Justo acababa de preparar un tonel lleno de pintura azul, espesa y al aceite, para pintar la valla al día siguiente.
Mikita saltó sobre el tonel, el tonel se tambaleó… y ¡plaf!, cayó de cabeza en la pintura azul. Salió a la superficie, apoyó las patas en el fondo y se quedó muy quieto. Solo asomaba la punta de la nariz.
Llegaron los perros, olfatearon, estornudaron por aquel olor tan fuerte —¡achís!—, dieron unas vueltas por el patio y se marcharon por donde habían venido. Del zorro, ni rastro: como si se lo hubiera tragado la tierra.
Y Mikita se pasó todo el día metido en el tonel. Allí estuvo, temblando, hasta que oscureció. Entonces saltó fuera y corrió con todas sus fuerzas hacia el bosque. Llegó a los arbustos, se dejó caer sobre el musgo y se durmió como un tronco.
Por la mañana se despertó, fue al arroyo a beber… y dio un respingo. Desde el agua lo miraba algo azul, azulísimo, de las orejas a la cola.
—Ay, ¿qué es esto? —susurró el Zorro—. ¡Pero si soy yo!
Se puso a lavarse a toda prisa. Se frotó con las patas, se revolcó en la hierba, se restregó los costados con arena. ¡Pero nada! La pintura era al aceite, se le había secado encima durante la noche y no había manera de quitarla.
Dio unas vueltas, se miró por todos lados… y en su cabeza despierta empezó a rondar una idea muy astuta.
La primera en verlo fue la Liebre. Salió de entre los arbustos y se quedó helada, con las orejas tiesas.
—¿Quién, quién es este? —preguntó temblando.
Mikita sacó pecho y dijo con voz grave:
—No temas, orejuda. Soy Gostromisl. Me han enviado desde detrás de las montañas azules para ser el rey de vuestro bosque.
La Liebre dio un brinco y salió disparada entre los árboles a todo correr.
—¡Animales! ¡Animales! —gritaba—. ¡Ha llegado Gostromisl! ¡Un rey! ¡De detrás de las montañas azules!
Pronto todo el bosque susurraba: «¡Gostromisl! ¡Gostromisl!». El Lobo se asomaba detrás de un roble; el Oso, detrás de un abeto; el Jabalí, detrás de un tocón. Y el Zorro se paseaba entre ellos, solemne y despacio, con la cola azul bien alta.
—¿Quién eres tú? —se atrevió a preguntar por fin el Lobo.
—Gostromisl —respondió el Zorro—. Nadie ha visto nunca un animal como yo, porque en el mundo no hay otro igual. Al que me obedezca le irá bien. Y al que no…
No terminó la frase; solo entornó los ojos. El Lobo tragó saliva del susto.
—Te obedeceremos, rey nuestro —murmuraron los animales, y se inclinaron hasta el suelo.
Y así fue como el Zorro Mikita se convirtió en rey.
El Oso le llevaba miel, el Lobo montaba guardia junto a su cueva, el Jabalí le amontonaba hojas blanditas para la cama y la Liebre corría por todo el bosque llevando sus órdenes. Y encima, cada mañana, le cantaban:
—¡Viva Gostromisl! ¡Viva!
Al Zorro aquello le encantaba.
Solo una cosa le daba miedo: que lo reconocieran los suyos. Así que lo primero que ordenó fue:
—¡Que todos los zorros se vayan del bosque! No me gusta su olor.
Los animales se extrañaron, pero no se atrevieron a discutir. Y los zorros se marcharon cada uno por su lado.
Gostromisl vivía bien comido, pero intranquilo. Cuando llovía, se escondía en la cueva: ¿y si se le desteñía la pintura? Al arroyo no iba a beber: el Lobo tenía que llevarle el agua en una hoja de bardana. ¿Bañarse? ¡Ni hablar! El rey ni siquiera se lavaba la cara.
—Qué rey tan limpio tenemos —se admiraba el Oso—. Ni una mota de polvo.
—Los reyes no se lavan —explicaba la Liebre—. Ya brillan solos.
Así pasó casi todo el verano. Hasta que una noche salió sobre el bosque una luna grande y redonda. Los animales se reunieron en el claro para sentarse junto al rey y escuchar sus sabias palabras. Y a lo lejos, en una colina, se pusieron a ladrar los zorros, los mismos que el rey había echado del bosque:
—¡Guau, guau! ¡Auuuu!
Al Zorro empezó a hacerle cosquillas algo en la garganta. Tosió. Se tapó la boca con la pata.
—¡Auuu! ¡Guau, guau! —llamaban los zorros.
Mikita apretó los dientes. Hasta se le saltaron las lágrimas. Pero la garganta le hacía cosquillas y más cosquillas, y la pata se le apartaba sola de la boca…
—¡Auuu! ¡Guau, guau, guau! —ladró el rey con una vocecita fina, como ladran los zorros.
En el claro se hizo un silencio total. Solo una lechuza parpadeó en su rama.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el Oso.
—Así solo ladra… —empezó el Lobo.
—¡El Zorro! —chilló la Liebre—. ¡Así ladra el Zorro!
—¡El Zorro Mikita! —rugieron todos a la vez—. ¡Ese es nuestro Gostromisl!
—¡Tramposo! —rugió el Oso—. ¡Y yo que te traía miel!
—¡Y yo que te traía agua en una hoja de bardana! —gruñó el Lobo.
—¡Y yo que te preparaba la cama! —resopló el Jabalí.
—¡Y yo que me inclinaba ante ti hasta el suelo! —pataleó la Liebre.
Y todos a la vez se lanzaron sobre Mikita.
El Zorro saltó por encima de un tocón, ¡hop!, y se metió entre los arbustos. Detrás de él crujían las ramas, retumbaban los pasos del Oso, gruñía el Jabalí y el Lobo hacía chasquear los dientes. Y Mikita corría como nunca había corrido en su vida: por el barranco, por el pantano, por las zarzas que le arañaban los costados. Solo se veía su cola azul brillando a la luz de la luna.
En las espinas de las zarzas se quedaron colgando mucho tiempo mechones de pelo azul.
Y al Zorro Mikita nadie volvió a verlo jamás en aquel bosque. Ni azul ni rojizo.





