El gorrioncillo y los dos cofres
Un abuelo busca al gorrioncillo que echaron de casa y recibe un cofre de tesoros; del cofre grande de la abuela codiciosa salen espantos.
- Da miedo
- Un poco triste
- Un poco peligroso
Muy, muy lejos, en una tierra donde susurran los bosques de bambú, vivían un abuelo y una abuela. El abuelo era dulce como el sol de la mañana, y la abuela, gruñona como un chaparrón de otoño.
Una mañana, el abuelo encontró un gorrioncillo junto a la valla. Tenía un ala herida, y el pobre pajarito solo piaba muy bajito.
—Ay, pobrecito mío —dijo el abuelo, y se lo llevó a casa en el hueco de las manos.
Le dio granitos de arroz y le dio de beber agua con una cucharita. Al poco tiempo, el ala se le curó. Pero el gorrioncillo no se marchó. Se posaba en el hombro del abuelo, le cantaba canciones y lo seguía dando saltitos por toda la casa: hop, hop, hop, hop.
—¡Pío, pío! —lo saludaba cada mañana.
—Buenos días, mi pequeño cantor —sonreía el abuelo.
Y la abuela refunfuñaba:
—Otra boca más que alimentar. No hace más que ensuciar y armar jaleo.
Un día, el abuelo se fue al monte a por leña, y la abuela coció un gran cuenco de papilla de arroz bien espesa. ¡Pero no era para comer, no! En aquella tierra, con esa papilla se almidonaba la ropa para que las camisas quedaran lisitas y tiesas. La abuela dejó el cuenco en el porche para que se enfriara y se fue a por agua.
El gorrioncillo miró el cuenco. La papilla era blanca, calentita, y olía tan bien… Picoteó una vez: ¡ñam! Picoteó otra vez: ¡ñam! Y, sin darse ni cuenta, de la papilla solo quedó el fondo.
Cuando la abuela volvió, ¡se puso a patalear de rabia!
—¡Ah, ladronzuelo con plumas! ¿Dónde está mi papilla? ¡Fuera de mi casa, y que no te vuelva a ver!
Sacudió el delantal, y el gorrioncillo, muerto de miedo, salió volando por la puerta y se perdió más allá de las montañas.
Al caer la tarde, el abuelo volvió a casa, pero nadie se le posó en el hombro.
—¿Y dónde está mi gorrioncillo?
La abuela se puso en jarras:
—¡Lo he echado, y punto! Así aprenderá a no comerse la papilla ajena.
El abuelo no dijo nada. Solo se quedó mucho rato sentado en el porche, mirando el cielo del atardecer.
A la mañana siguiente, cogió su bastón y salió a buscarlo. Caminó por el campo, caminó por el sendero, y llamaba:
—Gorrioncillo, gorrioncillo, ¿dónde está tu casita?
Le preguntó a la garza de la charca, pero ella solo cambió el peso de una pata a otra:
—No lo he visto, abuelo.
Le preguntó a la rana del estanque, y ella dijo:
—¡Croac! No lo he oído.
Ya se estaba poniendo el sol cuando el abuelo llegó a un bosque de bambú. Los altos tallos verdes susurraban: shhh, shhh, shhh. Y el abuelo volvió a llamar:
—Gorrioncillo, gorrioncillo, ¿dónde está tu casita?
—¡Pío, pío! ¡Aquí, abuelito, aquí!
De entre los tallos salió de un salto el gorrioncillo, sano y contento, y se posó en el hombro del abuelo, como antes.
Llevó a su invitado hasta su casa. Y qué casa tan curiosa era: una casita de bambú, con farolillos de papel junto a la puerta. Y dentro estaba toda la familia de gorriones: mamá, papá, hermanitas y hermanitos.
—¡Este es el abuelo bueno que me curó el ala! —pio el gorrioncillo.
Los gorriones sentaron al abuelo en un cojín blandito y le trajeron arroz, pastelitos dulces y té caliente. Y luego los gorrioncitos se pusieron en fila y se echaron a bailar: salto por aquí, salto por allá, las alitas arriba y abajo, las colitas de un lado a otro. El abuelo se rio tanto que se le saltaron las lágrimas.
Pero fuera ya había oscurecido, y el abuelo se levantó:
—Muchas gracias, queridos. Tengo que volver a casa, que la abuela me espera.
—Espera, abuelito —dijo el gorrioncillo—. Queremos hacerte un regalo.
Los gorriones sacaron dos cofres. Uno era enorme: entre cuatro gorriones apenas podían hacerlo rodar. El otro era pequeñito y ligero.
—Elige el que quieras.
El abuelo se rascó la nuca.
—Yo ya soy viejo, y el camino es largo. Me llevaré el pequeño, que con eso me basta.
Se cargó el cofrecito a la espalda, se despidió de todos y volvió a casa.
Y en casa, la abuela se le echó encima enseguida:
—¿Dónde te habías metido? ¿Qué traes ahí?
El abuelo le contó lo del gorrioncillo y lo de los dos cofres, y luego levantó la tapa… ¡y toda la casa se iluminó! Dentro había oro, perlas brillantes como gotas de rocío y rollos de seda: azul, roja y dorada.
A la abuela se le quedó la boca abierta. Y enseguida le brillaron los ojos con picardía.
—¿Así que dices que había otro cofre, uno grande? ¡Pero qué poco seso tienes, viejo! ¡Seguro que allí había el triple!
Por la mañana, sin desayunar siquiera, se fue a paso ligero hacia el bosque de bambú.
—¡Gorrioncillo! —gritaba—. ¡Sal, que soy yo!
El gorrioncillo salió, aunque un poco asustado.
—Buenos días, abuela.
—No tengo tiempo para charlas —dijo ella, haciendo un gesto con la mano—. Dame el cofre. ¡El grande!
El gorrioncillo suspiró y señaló con el ala el cofre grande. La abuela lo agarró, soltó un gruñido, se lo echó a la espalda y se marchó a trompicones. Ni siquiera dio las gracias.
El cofre pesaba tanto que se le doblaban los hombros. La abuela anduvo un trecho y pensó: «¿Y por qué tengo que aguantarme hasta llegar a casa? Voy a echar aunque sea un vistazo».
Se sentó bajo un árbol y levantó la tapa: ¡ñiiic! Y del cofre salió un frío como de una bodega profunda. El sol se escondió tras una nube y los pájaros se callaron.
Y entonces del cofre empezaron a salir los espantos.
Primero saltó un paraguas viejo y roto con un solo ojo, enorme y amarillo. El ojo parpadeó y se clavó en la abuela. Detrás salió volando un farolillo de papel con una boca negra y ancha, que aulló: ¡uuuuh! Luego asomó, reptando, una cabeza pálida con un cuello larguísimo. El cuello se estiraba y se estiraba, serpenteando entre las ramas, hasta que la cabeza miró a la abuela directamente a los ojos. Y el último en salir fue un gigante rojo con cuernos y un garrote de hierro. Dio tal golpe con el garrote en el suelo que el árbol tembló, y retumbó:
—¿Quién quería llevárselo too-o-odo?
—¡Ay, madre mía! —gritó la abuela.
Soltó el cofre y echó a correr con todas sus fuerzas. ¡Y los espantos, detrás! El paraguas saltaba a la pata coja: plof, plof, plof. El farolillo volaba sobre su cabeza, aullando. El cuello largo la seguía serpenteando como una culebra, y el gigante pisaba tan fuerte que el camino temblaba: ¡bum! ¡bum! ¡bum!
La abuela corrió por el prado, por el puentecito, junto a los arrozales. Perdió una sandalia, perdió el peine, tropezó y cayó de lleno en un charco: ¡chof! Se levantó de un salto y corrió todavía más deprisa.
Solo al llegar al mismísimo porche se atrevió la abuela a mirar atrás. No había nadie. Ni paraguas, ni farolillo, ni gigante. Y el cofre tampoco se veía por ninguna parte, como si nunca hubiera existido.
Entró en casa empapada, despeinada y con una sola sandalia. Sin cofre, sin oro, sin seda. Con las manos vacías.
El abuelo le dio ropa seca. La abuela se lo contó todo y luego se quedó mucho rato callada. Al fin se dijo en voz bajita:
—Ay, mira que soy vieja, y qué poco juicio he aprendido.
Desde entonces, el abuelo fue muchas veces al bosque de bambú a visitar al gorrioncillo. Pero la abuela se quedaba en casa. Nadie volvió a ofrecerle cofres, y ella tampoco los pidió.





