Abrir menú
Cuentos

Sirko

El granjero echó de casa al viejo perro Sirko, y un lobo le ayudó a volver. Ahora Sirko tiene que dar las gracias a su amigo, ¡en plena boda!

  • Un poco de miedo
  • Un poco triste
  • Un poco peligroso
Para las familias

Había una vez en un pueblo un granjero que tenía un perro llamado Sirko. Mucho tiempo había servido Sirko: vigilaba el corral, guardaba las gallinas del zorro y por las noches ladraba tan fuerte que los ladrones ni se acercaban. Pero pasaron los años, y Sirko se llenó de canas, los dientes se le gastaron y las orejas ya no eran las de antes: oía como a través de una almohada.

Una mañana el granjero salió al porche y frunció el ceño:

—¿De qué me sirves ya, Sirko? Anoche alguien anduvo por el corral y tú ni ladraste. Vete adonde te lleven los ojos. No necesito un guardián así.

Sirko miró al granjero y movió apenas la cola: ¿estará bromeando? No, no bromeaba. El perro bajó la cabeza y salió arrastrando las patas por el portón, y de allí al campo.

Sirko se tumbó bajo un espino, apoyó el hocico en las patas y suspiró. Y de pronto, ¡frufrú, frufrú en la hierba!, salió un lobo. Gris, flaco, con el rabo caído.

—Buenas, Sirko —dijo el lobo—. ¿Qué haces tumbado bajo un arbusto en vez de estar en casa?

—Me echó mi amo —contestó Sirko—. Me hice viejo y ya no le sirvo a nadie.

El lobo se sentó a su lado, se rascó detrás de la oreja y entornó los ojos.

—Ay, Sirko, Sirko. Tú nunca me cerraste el paso por vuestro corral, como hacían otros perros. Yo no olvido el bien. Escucha lo que se me ha ocurrido. Pronto llega la siega. Tu ama irá al campo a segar y dejará al bebé bajo un montón de gavillas, para que duerma a la sombra. Yo me acercaré a escondidas, cogeré el hatillo, con mucho cuidadito, como un huevo, y me lo llevaré. Ella gritará, y tú corres detrás de mí y ladras con todas tus fuerzas. Yo dejaré el hatillo en la hierba y huiré. Y tú traerás al niño de vuelta.

—¿Y si se te cae? —se asustó Sirko.

—No se me caerá —dijo el lobo muy serio—. Lo llevaré como una loba lleva a sus lobeznos. Ni un arañazo tendrá. Palabra de lobo honrado.

Sirko lo pensó y lo pensó, y al final aceptó.

Llegó la siega. El campo está dorado, el centeno susurra, las codornices gritan: «¡Pit-pi-lit! ¡Pit-pi-lit!». Salieron el granjero y su mujer a segar. La mujer extendió una capa bajo las gavillas, puso encima a su hijito envuelto en blanco y cogió la hoz: ¡chas-chas, chas-chas!

Mientras tanto, el lobo estaba tumbado en el centeno, quietecito, solo se le veían las orejas. Sirko estaba un poco más allá y tampoco respiraba.

Entonces la mujer se alejó hasta el final del sembrado. El lobo, ¡zas!, saltó hasta las gavillas. Cogió el hatillo con los dientes por el borde de la capa, suavemente, como si fuera una flor, y se alejó trotando por el campo. El pequeño ni se despertó, solo chasqueó los labios.

—¡Ay, qué desgracia! —gritó la mujer—. ¡Un lobo se lleva a mi niño!

—¡Socorro! —gritó el granjero y salió corriendo detrás, pero ¿cómo iba a alcanzar a un lobo?

Y entonces del centeno salta Sirko:

—¡Guau! ¡Guau, guau! ¡Alto, bandido gris!

Corre Sirko, las patas se le enredan, las orejas le aletean, y ladra como si volviera a ser joven. El lobo miró atrás, le guiñó un ojo, dejó con cuidado el hatillo en la hierba blanda y se esfumó.

Sirko llegó, olfateó al pequeño: entero, calentito, bostezando. El perro agarró el hatillo por la capa y lo llevó de vuelta, despacio, para no zarandearlo.

La mujer arrebató a su hijito, lo abrazó, llorando y riendo a la vez. Y el granjero se arrodilló ante Sirko y le acarició la cabeza canosa.

—Ay, Sirko, Sirko —dijo—. Y yo te eché de casa. Qué tonto fui. Vamos a casa.

Y se fueron a casa todos juntos. Ya en casa, el granjero ordenó:

—Mujer, dale a Sirko pan, tocino y empanadillas con nata. Que coma todo lo que le quepa. ¡Ahora es lo más querido que tenemos!

Le pusieron a Sirko heno blando bajo el banco y cada día le llenaban el cuenco hasta arriba. Nadie volvió a regañarle. Sirko se tumba al sol, calienta sus viejos huesos y piensa: «Qué bien estoy. Pero ¿qué será de mi lobo?».

Y justo entonces el granjero casaba a su hija. Prepararon una boda para todo el pueblo: mesas en la casa y en el patio, empanadillas, salchichas, rollitos de col, los músicos tocan, los invitados bailan, y el suelo retumba.

Por la tarde Sirko fue al campo y encontró al lobo bajo el mismo espino.

—Ven, amigo, a mi boda —dijo—. Tú me hiciste un bien y ahora me toca a mí.

—¡Pero allí me recibirán a palos! —se estremeció el lobo.

—Tú ve calladito. Te metes bajo la mesa, donde el mantel llega hasta el suelo. Nadie te verá.

Se colaron al anochecer hasta el patio. El lobo, ¡zas!, se metió bajo la mesa, y solo se vio su rabo un instante. Sirko anda entre los invitados, moviendo la cola, y los invitados, contentos:

—¡Aquí está nuestro Sirko, el salvador! ¡Toma, Sirko, una empanadilla! ¡Toma, un trozo de salchicha!

Sirko lo coge y se mete bajo la mesa. Lo coge y se mete bajo la mesa. El lobo lo devora todo con las mejillas llenas: empanadillas, rollitos de col y hasta el hueso de la gelatina de carne. Se puso tan harto que los costados se le redondearon.

Y a un lobo harto siempre le entran ganas de cantar. Se amodorró bajo la mesa, cerró los ojos y pensó: «Los músicos tocan, la gente canta, ¿y yo qué, soy menos?». Levantó el hocico y se puso a aullar:

—¡Auuuuuu!

Los músicos callaron. Los invitados se quedaron quietos con las cucharas en la mano.

—¡Un lobo! —chilló una tía con un pañuelo de flores—. ¡Hay un lobo bajo la mesa!

¡Qué jaleo se armó! Uno agarró el atizador, otro el palo, otro la escoba. Los invitados gritaban, blandían palos, golpeaban los bancos, pero nadie le dio a nadie.

Y Sirko ya estaba allí. Se lanzó sobre el lobo, gruñendo terriblemente, el lobo se le echó encima y rodaron hechos un ovillo, levantando una nube de polvo. Pero en realidad ninguno mordió al otro: Sirko solo le susurraba al lobo al oído:

—Aguanta, amigo, enseguida te saco.

Entonces el granjero gritó por toda la casa:

—¡No peguéis! ¡No lo toquéis! ¡Que le daréis a Sirko! ¡Que lo eche él solo!

Los invitados bajaron los palos. Y Sirko gruñía, avanzaba y, como si ahuyentara al lobo, lo sacó por el portón y siguió hasta el campo, hasta el espino.

Allí se sentaron y recobraron el aliento. El lobo se relamió los bigotes y se rio:

—¡Vaya boda la tuya, Sirko! Me has dado de comer para una semana entera. Pero cantar allí no vuelvo a cantar.

—Ya lo creo —se rio también Sirko—. Canta mejor aquí, en el campo, hasta el amanecer si quieres.

Se abrazaron como hermanos y se despidieron. El lobo se fue al bosque, y Sirko, a casa, a su cuenco caliente y su heno blando. Y desde entonces, cada vez que de noche oía desde el campo un «auuuu», solo movía una oreja y sonreía: era su amigo dándole las gracias.

¿Te ha gustado el cuento?

Adaptado de: Cuentos populares ucranianos, 1869

Para las familias

De qué trata

El granjero echa de casa al viejo perro Sirko, y un amigo inesperado, un lobo, se ofrece a ayudarle. Los niños se ríen de su astuto plan en la siega y de la boda ruidosa, y de paso piensan en cómo dar las gracias a quien te hizo un bien.

Qué enseña

  • Amistad
  • Bondad
  • Ingenio

Preguntas para hablar con tu peque

  • ¿Por qué el granjero volvió a querer a Sirko? ¿Fue justo lo que hizo al principio?
  • ¿Cómo le dio las gracias Sirko al lobo y en qué estuvo a punto de acabar ese agradecimiento?
  • ¿Qué habrías hecho tú en el lugar de Sirko cuando el lobo se puso a cantar bajo la mesa?

En casa

Recordad juntos quién hizo algo bueno por vuestro hijo esta semana. Que decida cómo darle las gracias y hacedlo ahora mismo: un abrazo, una tarjeta o una galleta en un plato.

Una frase para recordar

«Tú me hiciste un bien y ahora me toca a mí.»

Este cuento en otros idiomas

Muy pronto: escribes un nombre y recibes un cuento sobre tu hijo. Haz clic si lo estás esperando.

Ya estás en la lista de espera

También te puede gustar

  • Blancanieves con un vestido bordado y una larga trenza oscura está junto a una casita del bosque

    Blancanieves

    Una madrastra envidiosa intenta librarse de Blancanieves tres veces, pero los enanitos buenos y un golpe de suerte salvan a la muchacha.

    6–8 años9 min de lecturaMagia

  • Un joven cisne blanco en un estanque, entre manzanos en flor, mira su reflejo

    El patito feo

    Un patito gris al que todos echaban del corral sobrevive al otoño y a un duro invierno, y en primavera ve en el agua que se ha convertido en cisne.

    6–8 años8 min de lecturaEmociones

  • Un Gigante sonriente sentado en un jardín en flor, rodeado de niños que juegan, y en una rama cercana un niño pequeño de pelo rizado.

    El Gigante egoísta

    Un Gigante no deja entrar a los niños en su jardín y allí se instala un invierno eterno, hasta que un pequeñín le derrite el corazón.

    6–8 años8 min de lecturaBondad

  • Un abuelo con un gorrioncillo en el hombro está junto a un bosque de bambú, y delante de él hay dos cofres, uno pequeño y otro grande.

    El gorrioncillo y los dos cofres

    Un abuelo busca al gorrioncillo que echaron de casa y recibe un cofre de tesoros; del cofre grande de la abuela codiciosa salen espantos.

    6–8 años8 min de lecturaBondad

  • Una niña en el balconcito de un faro saluda con la mano a un ballenato en el mar bajo el cielo del atardecer

    Un faro para un ballenato despistado

    La hija del farero inventa una canción de luz para que Blup, un ballenato muy despistado, encuentre el camino a casa incluso en la niebla espesa.

    6–8 años9 min de lecturaAmistad

  • La Mona, en una rama del manzano rosado, le sonríe al Cocodrilo, que está tumbado en la orilla del mar

    La Mona y el Cocodrilo

    La Mona invita al Cocodrilo a dulces manzanitas rosadas, pero cuando él la lleva por el mar hasta su astuta esposa, solo su ingenio la salva.

    6–8 años6 min de lecturaFábulas